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II Domingo después de Navidad

Angel Moreno -

 

(Ecco 24, 1-2. 8-12; Ef 1, 3-6. 15-18; Jn 1, 1-18)

Acabamos de iniciar el año nuevo, año de gracia del Señor 2011, todo está por llegar. El deseo está repleto de esperanza, el anhelo guarda todo el amor posible en esta nueva etapa de la historia. ¿Quién no proyecta lo mejor para un tiempo inédito?

Pero ¿cómo sobreponerse a la realidad cotidiana, a la que también enseña el lado recio, oscuro, doloroso, y que se convierte en fantasma y sirve pensamientos, hipótesis de acontecimientos que llegan a oprimir el corazón? ¡Cuántos por no soportar la fuerza de imágenes posibles caen en desesperanza!

La Liturgia de este domingo proclama textos sagrados que nos remontan al principio, antes de la creación del mundo, cuando sólo existía Dios, y el  Creador contemplaba su obra futura colmada de belleza, amada, desbordante de gracia.

La Palabra, dice el texto sagrado, estaba junto a Dios. Y Dios se deleitaba con la Sabiduría: “Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y no cesaré jamás”. El Creador del universo estableció todo con sabiduría.

Antes de los siglos, el Dios Creador ya nos tenía en su mente: “Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo”. Somos fruto de una voluntad divina amorosa, diseño de su sabiduría, proyecto e imagen del Hijo amado de Dios, con vocación de santidad, elegidos para ser irreprochables en Él por el amor.

Si el miedo se precipita al otear el futuro, y cabe que muchos sientan en las actuales circunstancias la dureza de la  prueba hasta correr el riesgo de perecer, al menos en la estabilidad del ánimo, al poner ante nuestros ojos el proyecto que Dios ha diseñado para la humanidad, y cómo lo ha llevado a cabo con su Palabra encarnada, llegando a desvelar la bendición que nos había preparado desde antes de la creación del mundo, es posible contrarrestar la presión de las imágenes negativas y atreverse a caminar con esperanza, al inicio de la nueva etapa, que se nos abre colmada de buenos deseos y de eficaces bendiciones: “Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría para conocerlo, ilumine los ojos de vuestros corazones, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama”.

El proyecto de Dios no se queda en su mente, se ha realizado ya, y a quien se abra a él se le da poder para ser hijo suyo. Quienes acogen la Palabra gozarán durante todo el próximo año del acompañamiento más comprometido, el que asegura Dios en el Emmanuel, y Dios es fiel y cumple lo que dice.

Pase lo que pase, no estamos solos. Desde el principio hasta la consumación del tiempo, Jesucristo, la Palabra por la que todo se ha hecho, está comprometido a venir a nuestro lado. Santa María ha asumido la misión entrañable en la travesía de la existencia.

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