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II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Angel Moreno -
(Isa 62, 1-5; Sal 95; 1 Cor 12, 4-11; Jn 2, 1-11)

Hoy, la elección de los textos bíblicos que nos ofrece la Liturgia de la Palabra para este domingo, nos permite descubrir uno de los sentidos más fascinantes que se pueden contemplar en el Evangelio de San Juan,  la esponsalidad, que a su vez desvela la identidad cristiana.

Dios ha manifestado en su Hijo hecho hombre el amor a toda la Humanidad. Del mismo modo que en el Antiguo Testamento, el pueblo escogido se presenta como el pueblo de la alianza, con el que Dios establece un pacto de fidelidad en clave matrimonial. Así, ahora, quienes son ungidos por el mismo Espíritu y constituyen el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, forman el mismo cuerpo con Cristo.

Las bodas de Caná de Galilea, más allá de un posible relato anecdótico de la vida de Jesús, que nos gusta evocar con ocasión de celebraciones matrimoniales, revela hasta qué extremo somos llamados a  pertenecer a Jesucristo.

La presencia de María, la madre de Jesús, en la boda; el título con el que su Hijo la llama: “Mujer”; el contexto bíblico que ha escogido la Iglesia para la liturgia de este domingo,  nos posibilitan la contemplación de nuestra identidad cristiana, llamada a la mayor intimidad con Cristo, a ser enteramente suyos.

El profeta Isaías anuncia: “Serás corona fúlgida  en la mano del Señor y diadema real en la palma de tu Dios. Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra «Devastada», porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá marido. Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo”.

Los desposorios, descripción que nos introduce en la relación más íntima con Dios, la que nos posibilita el bautismo, en el que hemos sido ungidos en el nombre de un mismo Espíritu, de un mismo Señor, de un mismo Dios, son la meta de la vida cristiana. La boda de Caná es el relato de nuestra vocación más esencial: “Somos del Señor”. Y  el texto sagrado lo afirma con la referencia matrimonial.

La boda fue el día tercero, resonancia  pascual, el día doblemente bendito desde la creación. Desde el enclave temporal de la escena, la referencia a la madre de Jesús, a quien Él llama “mujer”, y a sus discípulos; el marco en el que se desarrolla el primer signo, la boda, el agua convertida en vino, son elementos suficientes para celebrar con gozo nuestra pertenencia eclesial en torno al banquete de la Eucaristía.

El salmista nos invita a cantar las maravillas del Señor y a proclamarlas a todas las naciones. Es un verdadero privilegio saberse miembro del grupo de los que siguen al Señor y vivir en clave esponsal, sabiéndose amados de Dios, hechos una misma cosa con Él por el banquete eucarístico, identidad que compromete socialmente.
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