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I Lunes de Adviento (Is 4, 2-6; Sal 121; Mt 8, 5-11)

Angel Moreno -

El don de ser Iglesia

“A los que queden en Sión, a los restantes en Jerusalén, los llamarán santos: los inscritos en Jerusalén entre los vivos” (Is 4, 3).

“Al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole -«Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho.»
Jesús le contestó: -«Voy yo a curarlo.»
Pero el centurión le replicó: -«Señor, no soy quien para que entres bajo mi techo”. -«Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe” (Mt 8, 5-10).

Recepción de la Palabra

Si gustas tu pertenencia a la Iglesia, si te sientes parte de ese resto que ha puesto su confianza en el Señor, y crees en la fuerza de la súplica, si no te avergüenzas de tu identidad cristiana, escucha la Palabra que hoy te dirige la liturgia.

Gózate de la bendición que supone habitar en el recinto sagrado de la nueva Sión, la ciudad santa. Quizá tienes motivos de escepticismo, de desánimo. Es momento de esperanza. Son muchos los ejemplos de quienes en tiempos recios permanecieron fieles.

Si un pagano, representado aquí por el centurión, es símbolo de fe, ¿qué deberemos ser los que hemos recibido el don precioso de pertenecer al grupo de los que han tenido noticia de la Encarnación?

Nuestro amigo Olegario González de Cardedal escribía hace un mes: “Es hora de alegrarse de la Iglesia en el mundo y de sus instituciones en España, de compartir su destino, de dejar de utilizarla como peana para ostentar nuestras grandezas o realizar nuestros deseos. Hora de no mirarla desde fuera en espectadores sino de serla dentro en protagonistas, compartiendo riesgos, rechazos y alabanzas. Cada creyente está llamado a ser una microiglesia. Ella no es una empresa, ni un sindicato, ni una sociedad anónima: es una familia, la de Cristo y la de quienes quieren ser como él. ¡Ya solo este querer merecería todo aprecio y elogio! (3ª ABC, 03-IX-2013).

No es un título de orgullo el sabernos Iglesia, sino de responsabilidad. Cada día, a la hora de comulgar, la oración del centurión nos hace conscientes de que no es mérito propio el habitar en la casa de Dios, sino gracia. “No mires, Señor, nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia”. Gracias a esta comunión con los que son fieles y santos, nos atrevemos a comulgar.

¿Sientes la bendición de pertenecer a la familia de los hijos de Dios?

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