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Humildad y humillación (III Martes de Cuaresma)

Angel Moreno -

III Martes de Cuaresma

(Dn 3, 25. 34-43; Sal 24; Mt 18, 21-35)

Humildad y humillación

Los textos sagrados de este día nos permiten ver las dos caras de una moneda: por un lado la bondad de Dios, que siempre perdona y acoge la súplica humilde de quien está angustiado, y por el otro lado, el posible cinismo, actitud humillante, de quien, habiendo sido perdonado, no tiene entrañas de misericordia para quienes conviven con él, y malversa el don del perdón recibido.

El pueblo de Israel, deportado a Babilonia, viéndose a punto de desaparecer, eleva súplicas al cielo: “Señor, somos el más pequeño de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados” (Dn 3,37).  Daniel, la reina Ester, Tobías, son ejemplos orantes y testigos de la misericordia divina.

Una constante en los salmos es apelar a la bondad de Dios y a su ternura, exponiéndole la necesidad que aflige, la circunstancia aciaga que conduce a desesperanza, tanto a nivel colectivo como personal. “Señor, recuerda tu misericordia” (Sal 24).

En el Evangelio, se narra el contraste entre la actitud del rey hacia el súbdito que pide clemencia: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo." El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda” (Mt 18, 22). Y el comportamiento del súbdito, para con su compañero: “Él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía” (Mt 18,30).

Escandaliza ver la doble vara de medir, la que a veces se desea para uno mismo, y la que podemos emplear con los demás. Es axioma “la medida con la que midieres serás medido”. Aunque nada más sea para que tenga el Señor misericordia, deberíamos ser misericordiosos.

Santa Teresa de Jesús

La santa se admira y hasta se espanta del amor que nos tiene Dios, por causa de su Hijo, y de cómo nos perdona. “¡Oh Hijo de Dios y Señor mío!, ¿cómo dais tanto junto a la primera palabra? Ya que os humilláis a Vos con extremo tan grande en juntaros con nosotros al pedir y haceros hermano de cosa tan baja y miserable, ¿cómo nos dais en nombre de vuestro Padre todo lo que se puede dar, pues queréis que nos tenga por hijos, que vuestra palabra no puede faltar? Obligáisle a que la cumpla, que no es pequeña carga, pues en siendo Padre nos ha de sufrir por graves que sean las ofensas” (Camino de Perfección 27, 2).

Bien distinto es lo que dice la maestra, en caso de que podamos sufrir algún agravio, o que alguien nos deba algo. “Mas esta fuerza tiene el amor, si es perfecto, que olvidamos nuestro contento por contentar a quien amamos. Y verdaderamente es así que, aunque sean grandísimos trabajos, entendiendo contentamos a Dios, se nos hacen dulces. Y de esta manera aman los que han llegado aquí, las persecuciones y deshonras y agravios. Esto es tan cierto y está tan sabido y llano, que no hay para qué me detener en ello” (Fundaciones 5, 10).

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