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Horizonte de sentido

Angel Moreno -

I Martes de Adviento

(Is 11, 1-10; Sal 71, Lc 10, 21-24)

Horizonte de sentido

La historia no se inventa, todo sucede porque existe una realidad precedente, hasta llegar a las manos del Creador. El Adviento nos abre a la perspectiva esperanzadora de las promesas divinas, enraizadas en las profecías que desde antiguo anunciaban los tiempos mesiánicos.

El tocón del árbol bendito del pueblo de Dios, que parecía secarse por todo lo que había sufrido  Israel en el exilio, sigue manteniendo su vigor, y la promesa divina se cumple: “De su raíz florecerá un vástago”. “La raíz de Jesé se erguirá como enseña”. “Que en sus días florezca la justicia y la paz”.

Lo que parecía destinado a la ruina, al exterminio, resurge, por la providencia de la mano del Señor, y se reaviva la esperanza. Gracias a la fe, somos testigos del cumplimiento de las promesas, y se nos puede aplicar la bendición del Evangelio: “¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis!”

Si desde la perspectiva de la historia podemos afirmar que las promesas divinas se cumplen, el tiempo de Adviento no es solo un recuerdo o representación, sino una permanente llamada a la confianza, porque lo que ha dicho el Señor se cumplirá.

No estamos destinados a la destrucción. El mundo puede pasar, como le sucedió a Israel, por situaciones que llevan al límite, pero ahí siempre cabe apostar por el sentido providente de los acontecimientos, que nos darán razón para no desfallecer.

Una mirada limitada al presente, sin ayer y sin futuro, perece en la inestabilidad del momento actual, a veces dramático, y siempre limitado en relación con el deseo de plenitud. Si el pequeño resto del pueblo de Dios superó el riesgo de exterminio, deberemos mantener la esperanza, sostenida por la fe, de que también nosotros subsistiremos, según el plan de Dios.

Atrévete a confiar, es la actitud de los pequeños, de los humildes, de quienes, como niños, se abandonan en los brazos de su madre, y saben que la mano paternal los conduce por caminos seguros. Jesús da gracias a su Padre del cielo: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien”.

A veces con nuestros razonamientos sensatos, realistas, pragmáticos, perecemos por perder la visión trascendente y por perder un horizonte de luz.

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