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Hijos del mundo

María Coll -
    Un guía explica a un grupo de turistas españoles las características del arte chino delante del magnífico Palacio de Verano de Pekín; pero ninguno de ellos muestra especial interés por el discurso. Los viajeros tienen una característica común: todos conducen un cochecito de bebé. Son recientes padres adoptivos y en estos momentos observan con más tensión los gestos y las miradas de sus hijas que acaban de conocer que las bellezas del arte imperial chino. Están a punto de volver a España con un bebé en brazos después de años de intentos y lentos procesos administrativos. La primera foto que recibieron de la pequeña que la agencia de adopciones les mandó ya está arrugado de tanto enseñarla continuamente a parientes y amigos. Pero esto ahora ya no importa, porqué ahora pueden ver al natural su sonrisa, su mirada curiosa y pueden escuchar su llanto.

Esta escena es muy frecuente a la capital china. Las solicitudes de adopciones de niños creció entre el 2000 y el 2005 un 84% (de 11.000 solicitudes a 5.800), datos que sitúan España en el primer país del mundo en recepciones de niños extranjeros, según la Secretaría de Estado de Servicios Sociales, Familia y Discapacitados. Las adopciones internacionales en España aumentaron en el 2004 un 40% respeto el año anterior, llegando a la cifra de 5.543 niños anuales. Cifra un poco superior a la del año pasado, cuando fueron 5.423. La mayoría de los menores adoptados provienen de Asia, especialmente de China, de donde cada año llegan a España dos mil niñas, concretamente 2.753 en el 2005. En segundo lugar, la mayoría de niños vienen de Europa del Este, sobre todo de la Federación Rusia (1.260 niños) y Ucrania (394 niños), y después África, concretamente Etiopia, y de América Latina, especialmente de Colombia. Ante esta situación, el gobierno español creó a finales del 2005 el Consejo Consultivo de Adopciones Internacionales con el objetivo de mejorar la coordinación de las administraciones implicadas en estos procesos.
 
Ningún niño de los que diariamente cruzan las fronteras de la mano de sus nuevos padres residentes en un país desarrollado ha solicitado existir. De hecho, ninguno de nosotros lo ha pedido. Los responsables de su engendramiento han sido, en primer lugar, sus progenitores, y en segundo lugar, el resto de la sociedad, la cual tiene la corresponsabilidad de subsanar el bienestar de todos sus ciudadanos, especialmente de los más débiles o desamparados.
 
Millones de niños en el mundo viven en lamentables condiciones de vida, encerrados en orfanatos y sin ningún tipo de afecto. Un día sus progenitores les abandonaron. Concebirlos había sido fácil, pero después de darlos la vida no habían sido capaces de ofrecerlos oportunidades, atención o una caricia. En este sentido, las adopciones internacionales son una destacada aportación a la paz. Un paso deseado, pero no exento de dificultades, que contribuye a dignificar la persona humana, especialmente aquellos miembros más inocentes de la colectividad, los niños. Se trata de una forma de entusiasmar a los recién nacidos en la alegría de existir y un paso firme hacía la construcción de un mundo mejor.
 
Los padres que pasean por Pequín, quizá hoy no están muy atentos a las explicaciones del guía, pero desde que han visto por primera vez a su hija llevan un poco de China dentro del corazón. En las últimas décadas las adopciones han acercado decenas de países y más aun lo harán cuando estas niñas sean mayores y sean ellas las que deseen ser madres. Los nuevos padres que pasean felices piensan que más adelante ya tendrán tiempo para admirar monumentos ya que quizá dentro de unos años, cuando su hija sea mayor, volverán a este Palacio de Verano para contarle cual es su verdadero origen.

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Artículo extraído de Columna de Paz

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