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He recibido una invitacion

Enrique Martinez, cmf -


    Cuando llega cada domingo, y cada día de fiesta, me quedo absolutamente sorprendido. 
El Dios del Universo, el Creador, el Dios que se hizo hombre, el Dios que conduce y se cruza en mi historia de salvación, me está esperando:  Me ha invitado a su mesa. ¡Precisamente a mí! ¿Cómo se le habrá ocurrido? ¿Qué habrá visto en mí para hacerme tal honor?
Sinceramente, no siempre tengo ganas de acudir. Es a veces la pereza, a veces darme cuenta que le he tenido un poco olvidado, que he vivido muchos momentos sin él, o que he tomado decisiones sin discernirlas en su presencia.  A veces el convencerme a mí mismo de que tengo otras cosas más importante y urgentes que hacer...

    Pero luego me quedo pensando: ¿Cómo voy a decirle a Dios, nada menos que a Dios, que «no tengo ganas de verme con él», que «no me interesa lo que quiera decirme», que no necesito esos alimentos tan especiales que tiene preparados para mí? Es Él quien tiene ganas de verme allí, con otros. Me lo pienso dos veces... y acabo acudiendo.

CON OTROS INVITADOS
Al llegar a la Iglesia, necesito sentarme con calma y observar mi alrededor.  No soy capaz de celebrar la Eucaristía en condiciones si no llego un rato antes.

    No me ha invitado a mí solo.  Aquí están un montón de hermanos, y el Padre ha querido verse conmigo en su compañía; el Hijo ha querido que yo sea de sus discípulos, junto con todos ellos.  Me los ha elegido él cuidadosamente. Y me esfuerzo por caer en la cuenta de que hay muchas vidas distintas con las que tengo algo importante en común:  Estará el estudiante agobiado por sus exámenes; estarán los abuelos diciéndole al Señor que tienen encima muchos achaques, que echan de menos a su lado a los hijos y nietos: «no consigo que vengan a Misa por mucho que les insisto, pero son buenos, Señor».  Estará esa mujer que ve que su matrimonio hace aguas, o que no sabe qué hacer para que sus hijos encuentren un trabajo o sienten la cabeza.  Estará el padre de familia con su cabeza llena de números, de asuntos de trabajo, de inquietudes por todos los suyos.  Están por ahí los catequistas y monitores que pelean cada día por ayudar  a madurar la fe de niños y jóvenes.  No faltan los que atienden a tantos pobres de nuestro barrio desde el despacho de Cáritas, los que pasan largos ratos de su horario visitando y acompañando enfermos, los que trabajan con los novios... Y esa persona que se siente tan sola y sin fuerzas para seguir peleando en su vida de cada día, aquella otra que no consigue encontrar un trabajo... Todos ellos y muchos más han recibido la misma invitación que yo.  Algunos no han podido venir, aunque quisieron. Otros, no han querido.  El Padre les echará de menos. A muchos no los conozco, ni siquiera sus nombres.  Pero son mis hermanos, y quiero sentirles como algo mío.

    Comenzamos, por fin, la Eucaristía.  En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo...  Al hacer ese gesto me recorre un cierto escalofrío. ¡Cuántas cosas he vivido desde la última celebración que no han sido hechas en su nombre!  La voluntad del Padre no ha estado presente en mi cabeza, cuando he hecho tantas cosas importantes o intrascendentes.  Me han faltado tantos momentos de actuar como un discípulo amado de Jesús, me ha faltado poner tanto amor en tantas personas que se han cruzado conmigo... he dado tanta importancia a muchas cosas que no la tienen, y me he olvidado de que le amo a Él sobre todas las cosas a la hora de hacer un hueco para mi oración, para reflexionar su Palabra...

    En definitiva, que no puedo seguir allí delante sin reconocer inmediatamente mi pecado, mi incoherencia y mi flojera.  Si yo hubiera sido de otra manera, a lo mejor mis hermanos hubieran fallado menos, se hubieran sentido estimulados a ser mejores.  Su pecado y sus fallos son también un poco míos: Nuestro estilo de vida, los escándalos que hemos provocado en quienes nos estaban mirando, nuestra falta de amor y de testimonio cristiano comunitario. Me brota desde dentro un «Señor, ten piedad», «Señor, ten misericordia de nosotros», «yo confieso ante vosotros hermanos»... Y Dios me contesta perdonando.

    Después puedo sentirme lleno de alegría, porque me ha dejado nuevo.  Me ha hecho una criatura nueva.  También porque ha habido muchos momentos de alegría, porque sigo siendo Hijo y hermano, porque me alegro de estar en «su casa». Y proclamo con alegría un ¡Gloria!  que me hace darme cuenta que estoy de fiesta, que esto es un banquete. Y me siento a escuchar su Palabra.

    Es una historia de salvación.  Un Dios que ha acompañado a los hombres desde el comienzo de los tiempos con aquel ‘Big-Banazo’ no de energía, sino de Amor que Dios produjo al comienzo de los tiempos. Voy descubriendo al Dios que conduce, educa y se revela en un Pueblo que fue semilla de la Gran Fraternidad que él siempre ha procurado construir con todos nosotros.  Escucho con cariño lo que Dios nos quiere, y procuro descubrir que esas Palabras que se proclaman tienen que ver conmigo y con mi historia.  Nuestro Dios no es un Dios mudo: dialoga conmigo, me dice sus cosas, sus sentimientos, sus deseos, su voluntad. ¡Me sorprendo de poder escuchar la Palabra de un Dios, y le respondo «Te alabamos, Señor», menos mal que nos has iluminado un poco en medio de nuestros desiertos, de nuestros destierros, de nuestras historias... Y sigo fijándome en su amor desbordado hecho discípulos, hecho Comunidades a través de las que me habla...

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