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Hay gente que reza

Alejandro J. Carbajo, cmf -
Hemos tenido la suerte de poder irnos unos días de ejercicios espirituales. Y digo suerte, porque no todos pueden apartarse unos días del mundanal ruido, para pensar sobre la propia vida, la Comunidad y la vocación. Preparando el plan para el curso que empieza. Además, ha venido un “padre predicador” de España, a dirigirnos los ejercicios, vamos, miel sobre hojuelas. Da gusto así.

Nos hemos ido a la casa que tiene Cáritas San Petersburgo para encuentros, seminarios, cursos de formación y demás, en las afueras de esta bella ciudad. Allí nadie te llama por teléfono (si apagas el móvil, claro, pero hombre de Dios, ¿cómo hemos vivido tantos años sin móvil?), nadie te interrumpe, solos tú y Él. Antes, esta casita tenía alrededor un bosque muy hermoso. Ahora, está rodeada de bloques de edificios. En fin. El precio del progreso, quizá. Eso sí, parece que la zona se anuncia como una de las más “ecológicas” de San Petersburgo. Por ahora.

Otro detalle. Hemos participado juntos en los ejercicios. Me refiero a la Comunidad claretiana. Lo cual está bien. Alguna ventaja debía tener ser pocos (y bien avenidos). Está bien ver a los hermanos en otra dinámica, en otro contexto. Aunque sea comiendo en silencio. Y sin música. (Inciso: ¿Por qué siempre, cuando hay que comer en silencio, te ponen sopa? ¿Pura ley de Murphy? ¿Para que se oiga cómo sorbemos? En fin.)

En uno de los ratos de meditación, me fui a la capilla. Es un sitio bonito, pero frío. Hay que abrigarse bien, para sentarse en los bancos de madera, y pasar un ratillo en presencia de Dios. Allí me encontraba, bastante a menudo, a una de las señoras que trabajan en la casa. Hay mucha gente trabajando en esa casa, porque desde allí se llevan diversos proyectos de Cáritas, allí tiene su sede la Escuela de formación, hay un grupito de ancianos acogidos en un asilo, en fin, mucha gente. Y esta señora, también trabaja allí. No se dedica a las grandes cosas organizativas, ni a la dirección de seminarios, ni a la contabilidad de la Escuela. Se gana la vida limpiando.

¿Y por qué hablo de ella? Porque más de un día, y más de dos, me la encontré en la capilla, rezando. Sola, con la luz apagada, rezando. La cabeza gacha, las manos cruzadas, rezando. A mí me daba pena que, cuando me sentía entrar (a mí o a cualquiera) se fuera. Como si nos pudiera molestar. Al revés, ver a más gente siempre anima.

Yo estaba allí “para rezar”. Es mi “oficio”. Y más durante los ejercicios. Esta mujer lo hacía voluntariamente, antes del trabajo, después del trabajo, en los ratos libres, mientras iba de una parte de la casa a otra. A esta señora la veo cada domingo en una de las parroquias de mi ciudad. A partir de ahora, la miraré de otra manera. Porque esa señora sí que deja que Dios entre en su vida. Y sin que en su contrato de trabajo esté especificado.

Por supuesto, sé que mucha gente reza a lo ancho y largo del mundo. Lo sé, porque siento su apoyo y su presencia desde la lejanía. Algunos me lo dicen en verano, cuando me ven. Otros, simplemente, oran “por mí, y por todos mis compañeros”. Sin prisa, pero sin pausa. Sin contar las monjas que hemos conocido en estos años, y que siempre encuentran un huequecito en sus plegarias para rezar por nosotros, pecadores. Simplemente, me llamó la atención este ejemplo de una persona sencilla. Ella ha entendido muy bien eso de orar siempre, sin desfallecer. Quizá por eso su familia, que también “es de misa”, parece ser feliz. Todo influye.

Por cierto, no sé si será porque esta señora reza, pero la casa está muy limpia.
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