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...hasta la cocina!

José Miguel Capapé -
Llegaron a primeros de julio con dos mochilas y un montón de ilusiones para cumplir en este rincón del país cuya historia comenzó hace escasamente treinta años y que la mayoría de los brasileños no sabrían ni situar en el mapa. Las dos Saras, mi cuñada y una amiga de Alcañiz, se habían lanzado a la aventura de conocer dónde estoy y qué es lo que se ‘guisa’ por esta parte del mundo que forma parte de la tantas veces nombrada ‘Selva Amazónica’.
Aterrizaban en Ji-Paraná, una de las ciudades importantes de Rondônia, uno de los centros comerciales e industriales del Estado, con la intención de pasar cuatro semanas compartiendo con la gente sus conocimientos de trabajo con deficientes y sordos y sus propias vidas, a veces tan alejadas de las realidades con las que aquí uno se encuentra y otras veces tan semejantes.


Siempre he dicho a todos mis familiares y amigos de aprovechar la oportunidad de visitarme para poder tener la sensación que las dos Saras han tenido: de entrar hasta la cocina, sin pedir permiso, sin ningún pudor, para de repente darse cuenta de estar compartiendo con la gente de aquí algo más que un plato de comida, una charrada o una foto. Casi dos años conviviendo con tantas familias de pequeños agricultores me han convertido en amigo y compañero de muchos de los que hoy considero hermanos en la caminada por hacer realidad un mundo diferente, para hacer realidad un mundo más justo y solidario.
Las dos han sido capaces casi de seguir mi ritmo en este país en un día a día marcado por los encuentros formales e informales con muchas personas a las que me une la ilusión por hacer que las cosas cambien, la ilusión por implantar una nueva forma de cultivar orgánica y justa, la ilusión por hacer crecer los movimientos asociativos en un estado y en un país dominado por los grandes propietarios que son los dueños de la tierra, de las empresas, del alimento y de la política erróneamente llamada democrática.
Cuando alguien te viene a visitar en medio de tu actividad, aprovechas para organizar un poco las ideas en debates que se prolongan después del café (hacía seis meses que no tomaba café de sobremesa), en viajes con interminables charlas en español (casi olvidado para compartir experiencias)... y he sentido que lo que he hecho aquí, lo que he aprendido, lo que he vivido, es la semilla para conseguir hacer una socidad diferente.
Aquí aprendes que en la vida las cosas son muy relativas, que la felicidad no sólo se mide con nuestros parámetros, que en nuestro mal llamado primer mundo somos unos afortunados y que la mayor parte del desequilibrio mundial se debe a un injusto reparto de la riqueza no sólo material, sino también y sobre todo, educacional, sanitaria, científica... Tener la suerte de bajar al lugar donde están los agricultores familiares responsables de plantar y coger nuestro café de cada día, te hace crecer como ser humano y comprender algunos de los grandes misterios que se encierran en los hogares más humildes donde descubres que la felicidad bien puede esconderse en un plato de arroz, en un vaso de cafe, en un curso para hacer jabón, en una tarta de cumpleaños. Cada vez son más los que deciden invertir sus vacaciones en viajar por el mundo de otra manera, con otro estilo, haciendo hasta de Rondônia un lugar turístico y compartiendo la vida que cada uno tiene entrando... hasta la cocina del otro.

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