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Haití: un futuro incierto

Ramiro Pàmpols, sj. -

El terremoto de Haití no ha hecho más que manifestar de forma contundente las heridas
mortales que ocultaba el país desde su independencia en 1804, y que se han sucedido
en forma de guerras civiles, boicots, ocupaciones…

El atrevimiento de aquellos esclavos negros, fue considerado como un “mal ejemplo” por las potencias de la región, de manera que casi nadie reconoció ni ayudó a la nueva «república negra».

Incluso hoy, un famoso telepredicador estadounidense Pat Robertson, ha recordado que «miles de haitianos han muerto en el seísmo porque los esclavos de Haití hicieron un pacto con el diablo para obtener su libertad»
Ante esta historia no consolidada, ante la catástrofe que marca el trágico presente, el punto en que los interrogantes se hacen más punzantes hoy es el futuro inmediato.

¿Qué va a ser del país cuando se retiren las brigadas internacionales, los grupos de apoyo, las ayudas millonarias de estos días? De ello son conscientes los propios analistas haitianos, más lúcidos y crueles consigo mismos que lo que yo pueda serlo ahora. Nadie puede confiar, pues, en que unas heridas tan profundas sanen con la sola ayuda económica, dejando intactas aquellas cuestiones de fondo que nunca han sido realmente abordadas.

Una independencia dependiente

La primera grave carencia que está en la base estructural de todas las demás, es la excesiva dependencia económica del exterior.
En los años 70, Haití aún gozaba de soberanía alimentaria ya que sus agricultores producían el 90% de los alimentos que consumía la población. Pero con la supresión de los aranceles sobre la importación que impuso el Plan Reagan-Bush, el arroz estadounidense inundó el mercado local y arruinó a miles de campesinos que emigraron en masa a la capital.  Esta dependencia se extiende a otros productos básicos como el aceite, el azúcar y por supuesto el petróleo que ahora generosamente subministra Venezuela a precios políticos.
Pero ahí no acaba la dependencia económica.
Hoy muchas familias haitianas viven gracias a las remesas que llegan regularmente de la emigración. Lo demuestran las largas y diarias colas delante de los centros de recepción de Western Union o CAM. Los haitianos que viven en la República Dominicana o los EEUU, contribuyen en un porcentaje elevadísimo a los gastos diarios en alimentación, ropa o matrículas escolares de sus compatriotas y familiares.
Pero la emigración no genera solamente dependencia económica sino que representa una fuerte hipoteca de futuro. El éxodo masivo de profesionales haitianos supone una fuga de cerebros constante e imparable. Se habla de listas de espera tanto en la embajada canadiense como en la de los EEUU de más de 30.000 personas.
Sumemos a ellos los prácticamente tres millones de emigrantes haitianos por el mundo (800.000 en República Dominicana), tal vez los más fuertes y más decididos.
¿Cómo puede subsistir un país del que emigran los hombres y mujeres más dotados?

2. Unas desigualdades insalvables
De los grupos sociales que permanecen en el país, el más significativo por su poder económico, tal vez no alcance el 10% de la población. Estos “emprendedores” han puesto en marcha algunos negocios muy rentables, pero a cambio de apenas pagar impuestos y de contratar a los trabajadores por salarios casi miserables. No hay más que ver la lucha feroz de estos meses por subir un salario mínimo que había permanecido inalterable los últimos siete años en 70 gourdes (menos de dos dólares diarios).
Finalmente se llegó al acuerdo de que algunas empresas pagarían los 120 gourdes y el resto 125, aunque habrá que ver con qué rigor se va a supervisar estos acuerdos.
El resto de la población intenta sobrevivir a base del trabajo informal. Casi un 80% lo hace vendiendo frutas, legumbres y chucherías, aparte de algunos pequeños componentes para teléfonos móviles y complementos del automóvil o pequeñas herramientas. En mi opinión, Haití es uno de los países del mundo con menos productividad y valor añadido: millones de personas malviven al paso de los días con estas ínfimas ganancias.
Sin contar la multitud de niñas y niños que son enviados por sus padres a familias de acogida, y que viven hasta su adolescencia sufriendo toda clase de abusos. Son los pequeños sirvientes llamados “restavek” (del francés rest avec), una forma de «esclavitud moderna» tal como ha denunciado la misma ONU.
¿Cómo puede crearse en el país una incipiente clase media con estos trabajos y salarios de miseria?

3. Un gobierno inexistente
Una falta de liderazgo pleno y honesto marca, hoy por hoy, el actual Gobierno. El terremoto sólo ayudó a ponerlo de manifiesto: en las 24 primeras horas después del seísmo, el gobierno no había dado aún señales de vida ni había creado un gabinete de crisis para gestionar las primeras medidas de urgencia.
Sin una o varias nuevas generaciones de políticos, con nueva visión, tal vez al estilo del primer tiempo de Aristide (y por esto algunos gobiernos foráneos se preocuparon por desplazarle), y sin unas organizaciones cívicas, urbanas y rurales, y unos municipios con mayor autonomía, va a ser difícil dar un vuelco a una situación tan precaria y caótica.
Los partidos políticos mantienen este nombre pero apenas si puede decirse que lo son. Más bien son grupos de presión, con intereses muy particulares, por no decir personales, sin casi un programa que ofrecer a la ciudadanía y en ocasiones con candidatos que están bajo sospecha de haber cometido algún delito.
De nuevo, con esta “cultura política” ¿qué futuro nuevo puede ofrecerse al país?

4. Una sociedad civil muy tocada
La huelga de los estudiantes de Medicina y Farmacia está a punto de cumplir un año,
mientras siguen reclamando que ciertos cursos no se conviertan en simples seminarios.
Sin biblioteca, sin medios para el transporte, sin facilidades para el comedor y con pocas becas, los más decididos optan por ir a Cuba a estudiar medicina.
¿Qué clase de cultura puede generar esta forma de vida? ¿Qué calidad puede
tener la enseñanza universitaria, sin los medios más básicos?
La fuerte corrupción que afecta a todas las instituciones y en especial a la Justicia, a pesar del esfuerzo por reducirla, ha vuelto a reactivarse con la catástrofe. Pero no hablamos solamente de corrupción institucional.
El pueblo participa, incluso sin darse cuenta (y esto es lo más grave), de este juego peligroso que no permite ser transparente en la misma vida diaria. La pobreza misma, tan evidente en todas sus manifestaciones, llega a impedir el desarrollo de la propia libertad individual y lleva a reaccionar en la vida diaria a base de actitudes de autodefensa. Todos los medios se convierten en válidos para salir precisamente de una situación que pone en riesgo la vida personal, familiar o del propio clan o grupo humano.
No quiero acabar esta reflexión, sin referirme al papel que están ejerciendo las numerosas ONGs que pululan en el país, sin duda con buenas intenciones pero sin atender al fondo del problema. Mi convicción es la siguiente: sin unas ONGs lúcidamente politizadas, es decir, conscientes de las consecuencias políticas de sus actividades, es imposible que se ayude a Haití a valerse por sí mismo. Esta afirmación puede parecer dura e incluso injusta y acepto que se den algunas excepciones.
Pero permítaseme evocar un ejemplo bastante reciente del fracaso total de muchas ONGs: Nicaragua. En los años 80 y 90 fue el país que más ayuda solidaria recibió del exterior, especialmente de los países más sensibles a la nueva forma de sociedad que estaba intentando construir. En la actualidad es el segundo país más pobre de América Latina, después de Haití.
Claro que es preciso mencionar aquí el desgaste económico provocado por Reagan y
Negroponte, su embajador en Honduras, en una guerra interminable de baja intensidad, que arruinó además, las bellas esperanzas de un pueblo que deseaba ser nuevo y diferente. ¿De qué sirvieron tantos millones de dólares, de los que, por otra parte, nunca se rindieron cuentas públicamente?

5. La “solidaridad” internacional
El esfuerzo de imaginación, creatividad y coraje político que Haití ha de desarrollar a partir de ahora es tan grande, que temo corra el peligro de caer una vez más en los brazos de ciertas “solidaridades internacionales” que éstas sí tiene muy claro cuál es su objetivo “ayudando” a la “reconstrucción” de un pueblo que merece otro destino. La lección dada por el tsunami asiático del 2004, no podemos olvidarla. Los gobiernos prometieron grandes cifras que luego no han aportado en buena parte.
Y lo que es peor: la mayoría de esa ayuda se ha destinado a construir grandes hoteles para turismo de lujo, dejando inermes (u obligando a desplazarse) a los pobres pescadores que vivían en aquellos lugares: de modo que del maremoto aquel se han beneficiado más las multinacionales del turismo que sus auténticas víctimas. Algo parecido puede repetirse en Haití, tras la innegable generosidad inmediata a la catástrofe. Pero en nuestro mundo no estamos obligados sólo a ser generosos, sino a controlar el destino de nuestra solidaridad.

6. Tres o cuatro pinceladas de esperanza
Creo, sin embargo, que existe una verdadera capacidad organizativa desde las bases populares demostrada en un pasado no demasiado lejano, en los años 60 hasta los 80 que luego desaparecieron. Los actuales movimientos populares espontáneos (a causa de la hambruna), si se logran canalizar, podrían ser una fuente de energía y de cambio político y social, desde la base misma de la sociedad.

  • Como observador atento a la vida diaria, contemplo en las horas “punta”, cómo circulan numerosos vehículos que aun medio destartalados, llenan las calles y avenidas principales de la capital y la zona metropolitana.
    Sin duda son una señal de una emergente clase media. También cada mañana, multitud de niños y jóvenes se dirigen a la escuela con sus variopintos uniformes y en las dos universidades más importantes de la República Dominicana estudian más de seis mil jóvenes haitianos.
  • El mundo cultural haitiano (historia, literatura, poesía, pintura, novela, música) es de una riqueza extraordinaria. Falta, a mi entender, una inquietud política de fondo, una denuncia y una pasión implacables de aquello que observan a su alrededor. 
    Faltan Jaques Roumain apasionados por su país.
  • Pero presiento que los cimientos de Haití van a temblar cuando hombres y mujeres de las nuevas generaciones, se pongan honestamente al servicio de su pueblo. Basta con leer las palabras pronunciadas por Colette Lespinass del Groupe d’Appui aux Rapatriés et aux Réfugiés (GARR), el 31 de marzo en las Naciones Unidas, durante la Conferencia de donantes: “No habrá desarrollo en Haití, sin el pueblo haitiano. No habrá desarrollo sin las mujeres”.
  • Mientras escribo, en estos días de reconstrucción y entrega de alimentos indispensables, se están celebrando reuniones en nombre de la sociedad civil, para reflexionar sobre cómo enfocar la vida del país en el futuro. He asistido a dos de estas iniciativas y he comprobado que su lenguaje, sus perspectivas políticas, sus reivindicaciones sociales son de un tono absolutamente nuevo. No es exagerado pensar que está emergiendo un nuevo país.


Queda, pues, sin lugar a dudas, la hermana pequeña, la esperanza, como solía decir Charles Péguy. Ella seguirá acompañando a quienes amamos a este pueblo, a pesar de su historia y de acontecimientos tan devastadores como el terremoto que acabamos de padecer.

Ramiro Pàmpols, sj.
Director adjunto de las escuelas rurales
Foi et Joie (Fe y Alegría).
Port-au-Prince, abril 2010.


  1. Christian Broadcasting Network, 14 de enero de 2010
  2. Ignacio Ramonet Le Monde Diplomatique febrero 2010, Núm 172
  3. Ver el capítulo 18 (“Despejando la playa”) del libro de Naomi Klein: La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Barcelona Paidós 2007.
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icono comentarios 1 comentario

Comentarios

Conchita Conchita
el 8/7/10
Mwe reme u Haiti Cherie.
Al abrigo de Dios, siempre llega el nuevo día.
Dios le guarde P. Ramiro
En Los Corazones de Jesús y de María.
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