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Hacia una Iglesia humilde

Timothy Radcliffe (The Tablet) -

La semana pasada publicamos la primera parte de una charla dada por el antiguo Director de los Dominicos a los sacerdotes de la diócesis de Dublín, en la cual resaltó el miedo y la rabia causada por las revelaciones de abusos infantiles. Aquí, se pregunta como puede librarse la Iglesia del clericalismo que la aqueja.

La amistad con Jesús - la intimidad - significa aprender a ser manso y humilde de corazón. Solo entonces encontraremos descanso para nuestras almas. Pero si uno piensa en la Iglesia Católica, la primera palabra que nos viene a la mente, puede que no sea "humilde".

He realizado seminarios para las diócesis de 15 países desde que terminé mi mandato como Director de la Orden Dominica en 2001. La gran mayoría de los sacerdotes y obispos que me he encontrado son personas sencillas  y sin pretensiones que sólo desean servir al pueblo de Dios. Pero esta humildad personal tiene que sustentarse en la base de una cultura clerical, común a todas las confesiones cristianas que ponen el énfasis en el  rango y el poder.

Esta terrible crisis de abusos sexuales está profundamente ligada a la forma en  que el poder puede corromper las relaciones humanas, por lo que atañe a todas las Iglesias, incluso sí parece que la iglesia Católica ha estado más en el candelero recientemente. El celibato no es, pienso yo, el origen de la crisis, ya que supondría  que los sacerdotes católicos tienen un mayor índice de  pecaminosidad, lo cual, no parece que sea así. Realmente  sólo podremos salir de esta crisis si aprendemos de Jesús, que es “manso y humilde de corazón” y encontramos maneras de dar forma a una autoridad que iguale la dignidad de todos los bautizados y se preocupe por el cuidado de los débiles y vulnerables.

Son necesarios una cuidadosa investigación de los antecedentes de los candidatos para el sacerdocio y  procedimientos para la seguridad de los niños, pero esto no nos llevará a la raíz del problema.

Cada institución siempre busca preservar y aumentar su poder, el filósofo Charles Taylor, en “Una Era Secular”, ha investigado la génesis de "una cultura de control" desde el siglo XVII en adelante. La sociedad es vista como un mecanismo más que como un organismo, que necesita ser ajustado y manipulado.

Los monarcas reclamaban poder absoluto incluso sobre la Iglesia. Los poderes imperiales se apoderaron del mundo, millones de personas fueron esclavizadas y tratadas como mercancías.  Una vez que la sociedad ha dejado de creer en un gobierno del mundo providencial y benévolo de Dios, entonces el estado  debe tomar su lugar e imponer su voluntad. Esta cultura de poder es quizás la única razón de la amplia extensión del abuso infantil en nuestra sociedad.  La Iglesia, por cierto,  ha estado a menudo infectada por esta misma cultura del control. Esto en parte ha sucedido porque la Iglesia ha luchado durante siglos por defenderse contra los poderes de este mundo  que quieren dominarla. Desde el Imperio Romano en el momento de su nacimiento, hasta el Imperio Comunista del siglo XX, la Iglesia ha luchado por mantener el control de su propia vida, y a menudo ha acabado imitando  aquello a lo que se oponía.

No vamos a tener una Iglesia segura para los jóvenes hasta que aprendamos de Cristo y comencemos de nuevo una Iglesia Humilde en la que seamos iguales a los hijos del Padre, y que la autoridad nunca sea opresiva.  

Al final de la Edad Media, el sacerdocio estaba en crisis. Era incapaz de responder a los desafíos de un nuevo mundo en el que la alfabetización se generalizaba. El clérigo de la parroquia estaba pobremente educado, a veces, apenas era capaz de celebrar la Santa Misa, a menudo viviendo con concubinas. La respuesta a esta crisis llevó a una extraordinaria renovación del sacerdocio, con una nueva espiritualidad, nuevos seminarios, una formación teológica más profunda, una disciplina nueva y estricta. Sin esto, la Iglesia habría encontrado difícil sobrevivir al surgimiento del Protestantismo.

Pero esta comprensión tridentina del sacerdocio está a su vez mostrando signos de crisis, de la cual el escándalo de los abusos sexuales es sólo un síntoma. Su fuerte clericalismo y el autoritarismo, quizás poco sorprendentes en el contexto de nuestras batallas pasadas, ahora no ayudan a la Iglesia a prosperar y ser un signo de la amistad de Dios con la humanidad. Por lo que necesitamos una nueva cultura de la autoridad, desde el Vaticano hasta el consejo parroquial, que eleve a la gente en el misterio de la igualdad  en el amor, que es la vida de la Trinidad.

Las crisis no son de temer. Es a través de repetidas crisis que Dios se acercó más a su pueblo. La peor crisis de Israel fue la destrucción del Templo y de la monarquía, y el exilio a Babilonia ... Israel perdió todo lo que le dio identidad: su culto, su nacionalidad. Luego descubrió a Dios más cerca que nunca antes. Dios estaba presente en la ley, en sus labios y el corazón, estén donde estén, no importa cuán lejos de Jerusalén. Perdieron a Dios sólo para recibirle más de cerca de lo que podrían haber imaginado.

Después de que ese hombre difícil, Jesús, se levantara, quebrantando la ley amada, comiendo en sábado, tocando la suciedad, saliendo con prostitutas, parecía que iba a acabar todo lo que amaban, la forma en que Dios estaba presente en sus vidas. Pero sólo era porque Dios deseaba estar presente de forma más íntima, como uno de nosotros, con una cara humana. Y en cada Eucaristía, recordamos como tuvimos que perderle en la Cruz, pero sólo para tenerle de nuevo más cerca, no como un hombre más entre nosotros, sino como nuestra verdadera vida.

En el Oficio de Lectura para la primera semana de Adviento, oímos: "Porque el día del Señor de los ejércitos vendrá  contra todo lo que es soberbio y altivo, contra todo lo que es enaltecido, contra todos los cedros del Líbano, altos y crecidos, y contra todas las encinas de Basán, contra todas las altas montañas, y en contra de todos los montes altos, contra toda torre alta, y contra todos los muros fortificados "(Isaías 2:12-15). Pero esto fue para que Dios pudiera vivir nuevamente en medio de su pueblo humillado: "Entonces el Señor creará sobre todo el Monte Sión y sobre toda su reunión nube y humo por el día,  y el resplandor de un fuego llameante por la noche. Y por encima la gloria del Señor será toldo y tienda para sombra contra el calor diurno  y para abrigo y reparo contra el aguacero y la lluvia"(Isaías 4:5-6).

Dolorosamente, el Señor es la demolición de nuestras altas torres y de nuestras pretensiones clericales de gloria y de grandeza para que la Iglesia pueda ser un lugar en el que podamos encontrar a Dios y a los demás más íntimamente. Jesús promete descanso para nuestras almas. A menudo, nosotros, los sacerdotes somos consumidos por un activismo destructor en nuestro servicio a las personas. De hecho, esta crisis de abuso sexual puede agravar la tentación de mostrar que nosotros al menos somos sacerdotes maravillosos, incesantemente dedicados a nuestro trabajo, siempre disponibles en nuestros teléfonos móviles. Esa es la salvación por el trabajo y no por la gracia.
 
Thomas Merton creía que esta hiperactividad  estaba en connivencia con la violencia de nuestra sociedad: "El apuro y la presión de la vida moderna son una forma, quizás la forma más común, de su violencia innata. Permitir que uno se deje llevar por una multitud de problemas en conflicto, rendirse a demasiadas demandas, a comprometerse en demasiados proyectos, querer ayudar a todos en todo, es sucumbir a la violencia. Más que eso, es la cooperación con la violencia ".

Si dejamos que esta violencia implícita infecte nuestras vidas, esto de alguna forma va a surgir. Puede desbordarse en palabras violentas. Podemos dañarnos  a nosotros mismos con la bebida. Podemos caer en la violencia sexual, y quedar atrapados en el horror del abuso de los vulnerables.

Así que si nos enfrentamos a esta terrible crisis de abusos sexuales con valentía y fe, entonces se puede precipitar una profunda renovación de la Iglesia. Podemos descubrir los mandamientos de Jesús no como una pesada carga que aplasta a la gente, sino como una invitación a su amistad. Podemos ser liberados de la forma dañina de usar el poder en la Iglesia, que son en última instancia la raíz de su secularismo, y convertirnos más en  ese Cristo sencillo y humilde de corazón, y así hallaremos descanso para nuestras almas.

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Comentarios

Julio Daniel Nardini Julio Daniel Nardini
el 15/1/10
La fraternidad y la oración es el poder que Cristo quiere que usemos. La experiencia de ser un Cuerpo, una comunidad, nos perimite mirar a todos los que nos rodean con esa dimensión. No habrá abusos si existe esa mirada. Si el Esp-iritu de Dios puede circular libremente entre nosotros, rejuvenecerá a la Iglesia y podrán surgir comunidades fraternas entre los sacerdotes, religiosos y laicos. Allí surgirán más vocaciones sacerdotales y no antes. Cuando el laico tenga su lugar junto a sus hermanos sacerdotes y religosos. En el atardecer de la vida, sólo se juzgará como fruto el poder del amor. Ese amor fraterno que nos dejó San Francisco y que nos dejó para creyentes y no creyentes.

Un abrazo fraterno para ustedes. Gracias
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Lucy Gonsalez Lucy Gonsalez
el 15/1/10
Todo lo dicho es plenamente cierto, dolorosamente cierto.
Lo estamos viviendo en nuestra parroquia. Tanto autoritarismo, hasta en la pose y en la mirada...
Los fieles se van alejando; es una de las consecuencias.
Yo misma he empezado a acudir a una parroquia franciscana.
Recuerdo: "Dios escuchò el clamor de su pueblo" y trato de renovar mi esperanza en cada Eucaristìa.
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