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Hace 33 años. La historia (¡no la novela!) de la muerte de Juan Pablo I

GIANNI GENNARI (J. Rovira, cmf, tradujo para ciudadredonda). -

Se acaban de cumplir los 33 años de la elección del Papa Juan Pablo I (el 26 de Agosto), y pronto vamos a recordar los 33 años de su muerte (el 29 de Septiembre): 33 días. Dado que se ha fantaseado y novelado mucho sobre su pontificado y en particular sobre su muerte, les ofrezco (traducida del italiano) el testimonio de primera mano de uno que conoció bien al personaje y aquellos hechos. Se trata del teólogo y periodista Gianni Gennari. Ahí va el texto.

Hace 33 años, el 26 de Agosto 1978, fue elegido Albino Luciani; durante 33 días, hasta el 29 de Septiembre, fue Juan Pablo I. Recordamos su sonrisa y la brevedad de su pontificado. A finales de Diciembre 1958 me encontraba yo en San Pedro cuando el mismo Papa Juan XXIII quiso consagrarlo obispo de Vittorio Véneto. Cuando venía a Roma, de buena gana le hospedábamos en el Seminario Menor, donde yo enseñaba; y así le encontré muchas veces desde el otoño de 1965, en primer lugar para la última Sesión del Concilio y luego como Patriarca de Venecia con motivo de los varios Sínodos convocados por Pablo VI. Después de la comida solía pasear mucho rato, debido a sus problemas de salud, especialmente porque se le hinchaban fácilmente los pies... Era un conversador amable y locuacísimo; le gustaba que se le acompañara, y frecuetemente me tocó también a mí pasear con él por el grande jardín. Me llamaba “mi Gennarino”... Se hablaba de todo: especialmente de fe, filosofía y literatura. A él el paseo le hacía bien a la salud, y a quien le acompañaba a las convicciones de fe y compromisos de la vida. Han escrito luego de él que era un progresista y quería una “revolución” en la Iglesia. No: era un hombre de fuerte tradición eclesiástico véneto-romana, óptimo conocedor de la literatura italiana y de la teología de la escuela tradicional y un gran divulgador de las verdades de la fe, sobre todo de cara a la gente sencilla y a los muchachos. Sonreía frecuentemente, pero también era capaz de firmeza y severidad: tanto en Vittorio Véneto como luego en Venecia se dieron cuenta de ello los sacerdotes y laicos durante sus veinte años de gobierno.

Vamos pues al 1978. A finales de Julio yo me encontraba en la zona montañosa llamada “el Paso de la Méndola” con motivo de un Curso anual del Secretariado de Acción Ecuménica (SAE), y conmigo se hallaba también Don Germano Pattaro, un sacerdote sabio y teólogo culto, de gran fe y al mismo tiempo gran apertura a la modernidad, conmjugándola con la tradición, profesor de teología ecuménica en la Facultad Teológica de Venecia, buen conversador, hombre de gran fidelidad y al mismo tiempo apertura a lo nuevo. Se sabía que Pablo VI tenía problemas de salud, pero el 6 de Agosto nos sorprendió la noticia de su muerte. Obviamente entre nosotros discutíamos sobre el futuro, el Concilio dejado en herencia y también la sucesión. El cardenal Pellegrino (arzobispo de Turín), el día antes del Cónclave, me confió explícitamente su pronóstico, evidentemente estaba bien informado de la realidad: “”Si no elegimos a un italiano, será Papa el cardenal Wojtyla”. Fue la primera revelación. La segunda no tardó en llegar... Aquel día -6 de Agosto 1978- en la Méndola, conversando con Pattaro, salió la hipótesis del cardenal Luciani como Papa, y él me dijo en confidencia que esperaba que no saliera. Le pregunté, un poco sorprendido, por qué, dado que a mí, que lo conocía de cerca, me gustaba de veras. Entonces me contó, sonriendo, que en ciertos momentos la sencillez y la franqueza del Patriarca le ponían en dificultad a él como teólogo y profesor de ecumenismo. Sucedía –me dijo- que a Luciani le gustaba verificar la preparación de los estudiantes de la Facultad, especialmente los seminaristas, y por lo tanto asistía amigablemente a los exámenes, en su caso sobre ecumenismo. Pues bien, el Patriarca escuchaba, pero a veces, cuando algún estudiante exponía voluntad de diálogo y reconocimiento de las riquezas de las otras Iglesias, llamadas también “hermanas”, el Patriarca se manifestaba sorprendido y suavemente intervenía preguntando al estudiante: “Pero, todas estas cosas ¿dónde las has leído?”. Luego, cuando aquél respondía que las había leído en los textos y apuntes del profesor Pattaro, presente, comentaba benévolmente: “¡Ah! Entonces está bien, pero a mí me parece una herejía”.

Por lo tanto, a Pattaro no le hubiera gustado la elección de Luciani: quizás el movimiento ecuménico y la realización del Concilio habieran podido sufrir las consecuencias... El curso del SAE acabó, y aquel 26 de Agosto salió elegido Albino Luciani, Juan Pablo I.

No nos habíamos encontrado más con Don Germano, y por lo tanto pensé que debía estar un poco desilusionado. En cambio, dos semanas después, alrededor del 10 de Septiembre, sucedió algo sorprendente: me llamó diciéndome que a la mañana siguiente iba a venir a Roma y me contaba que el Papa en persona le había telefoneado pocas horas antes, para pedirle que se trasladara a Roma para ser su “consejero ecuménico”. ¿La explicación? Hela aquí: el 5 de Septiembre durante una Audiencia había expirado entre sus brazos el metropolita Nikodim, número dos del Patriarcado de Moscú, y su muerte, con un acto de fe extrema y de oración cristiana, había sido tan edificante y conmovedora para Luciani –me dijo Pattaro- que el Papa sorprendido había sentido la necesidad de profundizar los temas del ecumenismo en su nueva misión de obispo de Roma: de ahí la exigencia de tener un consejero ecuménico experimentado, y precisamente él...

Por lo tanto, Don Germano comenzó a prepararse para el traslado, pero no tuvo tiempo de acabarlo debido a la muerte repentina de Luciani. Se quedó en Venecia, sencillo y sabio como siempre, cordial en humanidad y fe, dando ejemplo a todos hasta su muerte en 1986. Mientras tanto en otros encuentros habíamos hablado también de aquella muerte...

Efectivamente, Juan Pablo I murió improvisamente unos veinte días después de aquella llamada telefónica y sobre el hecho he recibido varias fuentes de primera mano, una la misma mañana del hecho, aún antes de que se difundiera la noticia; una versión precisa que he contado en otras ocasiones, incluso en Televisión al pobre Enzo Tortora y luego a otros, y que todavía me resulta la única verdadera y creíble. He aquí lo esencial: Papa Luciani murió en la noche entre el 28 y el 29 de Septiembre 1978 debido a un paro cardíaco, motivado probablemente por un error suyo en la dosis de una medicina calmante. Aquella noche no lograba dormir y por esto la había tomado, solo en su habitación, equivocando por exceso la cantidad. Había sido una tarde-noche particular. Poco antes de cenar había sentido un cierto malestar –con algún dolor-, pero no había querido alarmar a nadie, dejando libre a su secretario, Don Diego Lorenzi, para que se fuera. La jornada había sido como siempre muy fatigoca, llena de compromisos y de responsabilidades que sentía muy fuertemente y le pesaban mucho, no obstante que había reaccionado con su acostumbrado espíritu serenamente reductivo y casi alegre. Así pues, después de la cena el secreatario había salido del Vaticano y las Religiosas de la casa se habúan retirado. Pero, antes, había tenido lugar un encuentro especial. Juan Pablo I había recibido –quizás en un horario desacostumbrado- al Secretario de Estado Jean Villot, al cual quizás había confiado por primera vez su proyecto de hacer unos cambios en el Vaticano y en la Iglesia italiana.  Como siempre, cuando se elige a un Papa hay que ratificar o cambiar todos los cargos, y él pensaba en un plan múltiple. Así pues, Luciani había dicho a Villot que pensaba llamar a Roma, como Secretario de Estado, al cardenal Benelli, desde hacía un año arzobispo de Florencia debido al hecho de la posible “dimisión”, que luego no tuvo lugar, de parte de Pablo VI, y que quería enviar a Florencia, en lugar de Benelli, al cardenal Poletti, a su vez substituído como vicario de Roma por el cardenal Pericle Felici, gran amigo personal. Quizás había dicho también a Villot que quería enviar a Venecia, como Patriarca, al gesuita padre Bartolomeo Sorge, y que tenía intención de aceptar la dimisión del cardenal Giovanni Colombo enviando en su lugar, a Milán, a mons. Agostino Casaroli, incluso para evitar cualquier posible sombra sobre el largo pasado del nuevo Secretario de Estado Benelli. ¿Qué había respondido Villot? Que él era el Papa, y que por lo tanto tenía todo el derecho de decidir como mejor creyera, pero también que volver a llamar a Benelli al Vaticano  y los otros nombramientos podían parecer en contraste con la evidente voluntad de Pablo VI, que sólo quince meses antes había enviado a Benelli a Florencia...

Quizás Luciani había quedado un poco sorprendido por aquella resistencia... Quizás esperaba una respuesta más rápida y dócil. Pero, esto no era todo lo que sucedió aquella noche. El Papa después de la cena había telefoneado también al cardenal Colombo, de Milán, para comunicarle el proyecto de substituirlo con Casaroli... Y también Colombo había reaccionado con una resistencia explícita: también a él el proyecto le parecía en contraste con las orientaciones de Pablo VI, y con otras muchas perspectivas que a él le parecían por descontado de cara al futuro...

Luego vino la noche. El Papa ya solo se preparaba para descansar...

A la mañana siguiente, 29 de Septiembre 1978, la Hermana de confianza, Sor Vincenza Taffarel, que formaba parte de la “familia” de Luciani ya desde los tiempos de Venecia y quizás de Vittorio Véneto, habiendo quedado sorprendida al encontrar el desayuno todavía intacto ante la puerta, después de haber llamado en vano sin obtener respuesta, abrió una rendija y descubrió el drama: Juan Pablo I estaba muerto, sentado todavía en la cama, con la luz de noche encendida, una hoja entre las manos, las gafas puestas, ninguna señal especial de sufrimiento visible y un vaso en la mesilla de noche... ¡Alarma! En primer lugar llega mons. John Magee, secretario, que llama al que, cuando muere un Papa, es el primer responsable de todo, es decir, al camarlengo, en este caso Villot.He ahí pues al camarlengo frente al cadáver todavía caliente del Papa con el cual la noche anterior había tenido un contraste, y al personal de la Casa Pontificia que alrededor del Papa muerto siente el peso de no haberse dado cuenta antes. ¿Qué hacer? Explicar todo como un rayo imprevisto e imposible de prever por parte de todos: infarto fulminante. ¿Que ha sido una mujer la que se ha dado cuenta en primer lugar? No puede ser. Sor Vicenza Taffarel recibe la orden de callar, y lo hará siempre, trasladada a su Véneto natal. Don Lorenzi no puede fácilmente decir que no estaba, y que si había un timbre de alarma no lo ha oído. ¿Y aquella hoja entre las manos? No era una hoja, sino la “Imitación de Cristo”. ¿Autopsia? Nada, y si la habrá la diágnosis debe ser aquélla. Quizás desaparecidas las gafas, desaparecido el vaso, desaparecida también, si estaba, la medicina... ¿Comprensible? En cierto sentido sí. Pero, por otra parte, iba a ser motivo de equívocos y de calumnias que duran desde hace 33 años, dando lugar a calumnias y a acusaciones infundadas.

La noticia de la muerte me la dió por teléfono un amigo aquella mañana, aún antes de las siete; y me añadió estos particulares que, dado que se han callado, han provocado tantas discusiones e hipótesis falsas, como la idea de un complot contra Luciani llevado a cabo hasta el delito.  Nos encontrábamos en un momento especial de la vida italiana, pocos meses después del asesinato de Moro. Apenas recibí la noticia, comuniqué la muerte del Papa -¡el “nuevo”!- tanto a Tonino Tatò, secretario de Enrico Berlinguer (jefe del Partido Comunista Italiano), como al amigo Benigno Zaccagnini (jefe de la Democracia Cristiana).

¿Y las leyendas negras? Sobre todo cuestión de falsas prudencias y reticencias eclesiásticas han dado lugar a libros como “En nombre de Dios”, de David Yallop, con la falsa tesis del asesinato para eliminar a un Papa progresista y revolucionario, que ha existido solamente en la mente de inventores astutos y malandrines.

¿Entonces? Por lo que se refiere a mí y todo lo que he sabido, todo habría sucedido de la siguiente manera: el Papa no lograba dormir aquella noche, estaba inquieto por las resistencias de Colombo y Villot, y pensó tomar un calmante; luego se metió en la cama y esperó que llegara el sueño, teniendo entre las manos, sobre las rodillas, con las gafas puestas, aquella hoja con el proyecto de los nombramientos en la Curia y en Italia. Pero la dosis de calmante fue excesiva, y la disminución de la presión fue tal que causó el paro cardíaco... Elemental, pero la fantasía del mundo quería, y ha querido, otra cosa...

Yo colaboraba, entonces, desde hacía poco tiempo con el grupo de la Rai (Radiotelevisión Iitaliana) dirigido por Sergio Zavoli, y con el vaticanista de aquel tiempo, el bravísimo Gregorio Donato, que me llamó inmediatamente para una entrevista directa en el noticiero de la radio de las 8. Fue así que, en el diálogo con el que dirigía la información y con los otros, la noticia ya la había yo de alguna manera “digerida”, mientras que los demás, y sobre todo los oyentes, estaban todavía emocionados. De ahí una equivocación curiosa: cuando Gregorio Donato me preguntó qué debía haber sucedido, me sucedió que recordé con calma un proverbio popular romano: “muerto un Papa se hace otro” (“morto un Papa se ne fa un altro”)... Yo hablaba, evidentemente, con espíritu de fe, según la cual el fundamento de la Iglesia no es este o aquel Papa, sino Jesucristo  en persona , y todo sucesor de Pedro como tal se funda en Cristo... Pues bien, sucedió un desastre: muchos oyentes telefonearon escandalizados, e incluso al día siguiente en el periódico “Corriere della Sera” apareció un artículo del conocidísimo escritor Goffredo Parise escandalizadísimo, cuyo significado era precisamente éste: ¿Cómo puede ser que, con el cadáver del Papa todavía caliente, cómo puede ser que un sacerdote, un teólogo, un creyente diga cínicamente: “muerto un Papa, se hace otro”, y así salir del apuro alegremente? De ahí un artículo explicativo mío, también en el “Corriere della Sera”... Me contaron que en las centrales telefónicas de la Rai hubo quejas contra la crueldad de mi afirmación...

Sin embargo, es precisamente así, a pesar de comprender plenamente el desconcierto y la emoción por la muerte de un Papa, renovada y revivida de una manera absolutamente original toda vez que muere un Papa. Vuelvo a pensar en lo que sucedió a las 21’37 del 2005, cuando “aquella” noticia llegó al mundo perturbado por la muerte de Juan Pablo II, pero para quien cree en la realidad profunda de la fe dice precisamente esto: Cristo encarnado, crucificado y resucitado, vivo a la derecha del Padre para toda la eternidad, es la piedra angular sobre la cual se funda la Iglesia y el sucesor de Padro es su vicario durante un cierto tiempo... Juan Pablo II lo ha sido durante 26 años y medio, con sus características humanas y personales, y ahora lo es Benedicto XVI a su manera; pero, en el fundamento de la fe, de la esperanza, de la alegría de vivir en el tiempo la caridad eterna que nos ha sido dada , está el Señor de la historia, está el don del Espíritu Santo, es decir, del amor de Dios “derramado en nuestros corazones”, como dice san Pablo (Rom 5, 5). Si no fuera así, si la fe se apoyara en las dotes humanas o, incluso, en las dotes cristianas de cada Papa, dada la historia de los 2000 años pasados, la Iglesia se habría acabado haría siglos. Existe todavía  la Iglesia, y hoy el Papa se llama Benedicto XVI, sucesor de Pedro y vicario de Cristo; pero, la “Piedra” angular es Él, Jesucristo. Los Papas mueren -¡que viva mucho Benedicto!-, han muerto más de 200, pero Él vive siempre, garantía a lo largo de los siglos. Recordando  la memoria santa y fraterna también de Albino Luciani que durante 33 días, hace ahora 33 años, fue para siempre el Papa de la sonrisa...

GIANNI GENNARI, teólogo y periodista.

(J. Rovira, cmf, tradujo). 

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