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Ha estallado la Paz

Enrique Martínez de la Lama -

Ser constructores de paz nunca ha sido un plato fácil de digerir, Exige tener como actitud fundamental un amor incondicional, además de saber dirigirse a Dios como Padre. Por otra parte la paz que vino a traernos Jesús no supone la ausencia de conflictos y sufrimientos; no es como la del mundo. Pero merece la pena luchar por ella.

Jesús anuncia que los que trabajan por la paz, los que anuncian la paz, los que construyen la paz serán llamados «hijos de Dios». Para ver a quiénes se refiere Jesús, continuamos el Sermón del Monte, y encontramos dos claves importantes. En Mt 6,44-45 encontramos: «Amad a vuestros enemigos, rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos». Parece ser que los constructores de la paz tienen como actitud fundamental un amor incondicional, que es capaz de dar amor, aunque no sea correspondido, y más, que llegan a devolver amor a los que te brindan su rechazo y su odio.

La otra clave tiene que ver, está claro, con la oración de los «hijos», el Padrenuestro. Los que trabajan por la paz «aprenden» a dirigirse a Dios como Padre. Los pacificadores saben, en momentos de dificultad, que tienen un Dios que está ya de su parte, al que no tienen que convencer de nada porque les ama porque sí. Al comenzar a orar ésa es su primera palabra: ¡Padre!, y se saben acompañados y preferidos por Él. Aquí arranca la paz. Y luego se van haciendo conscientes de que se puede «averiguar» cómo es su Padre, cuál es su nombre, porque su santidad consiste en escuchar el clamor de su Pueblo, conducirlo por el desierto, alimentarlo, darle agua para beber, recibir ese regalo de la Tierra Prometida, sentirse en Alianza con Alguien que les protege y les da a conocer su Ley, su voluntad... que no es otra que la felicidad del hombre. La voluntad de Dios se puede llamar «paz», y esa paz consiste en saber que cada día tendremos el pan que necesitamos, que recibiremos la pacificación de su perdón cuando respondamos a las agresiones con el perdón, que no nos deja caer en la tentación de renunciar a lo más profundo de nosotros (nuestra vocación profunda) y nos protege del Malo.

EL DIOS DEL «SHALOM»

Desde hace muchos siglos se ha venido interpretando la paz, siguiendo la definición agustiniana, como «tranquilidad del orden». Afortunadamente los Padres Conciliares del Vaticano II reconocieron que esta definición era muy insuficiente. Demasiadas veces ese «orden» es tremendamente injusto, y se basa en la opresión y la represión, tratando de sostener y justificar las desigualdades sociales. Los que están especialmente interesados en que se mantenga ese «orden» son aquellos a los que les va bien. Goethe proclamó sin ningún disimulo: «Prefiero la injusticia al desorden». Allá en Egipto, como en Babilonia, el pueblo vivía con «tranquilidad de orden», pero estaba bien lejos de vivir en «paz», tal como esta palabra la entienden en la Biblia.

Por eso Dios asumirá el papel de «arbitro de las naciones» y se dedicará a ser «juez» de pueblos numerosos instaurando la justicia. Sólo cuando se ponga en práctica esa justicia, podrán coger las espadas para fabricar arados y convertir las lanzas en podaderas. Ni siquiera se adiestrarán para la guerra.

Según N. M. Loss, la raíz de la palabra hebrea «Shalom» indica el acto de completar o dar remate a una realidad deficiente, resarcir algún daño o cumplir un voto. Es decir: que implica bienestar total, la armonía del grupo humano y de cada uno con Dios, con el mundo material, con los grupos e individuos y consigo mismo, la abundancia y la certeza de la salud, la riqueza, la tranquilidad, el honor humano, la bendición divina, en una palabra: la vida. Por eso la paz es ante todo un Don de Dios (o como dirá el Nuevo Testamento: un fruto del Espíritu Santo).

DICHOSOS LOS PIES DEL MENSAJERO QUE ANUNCIA LA PAZ

Los repetidos anuncios del Antiguo Testamento considerarán al Mesías como «Príncipe de la Paz». Y este príncipe para San Lucas no es otro que Jesucristo que viene a «enderezar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1,79)- Su presencia en medio de nosotros es anunciada por los ángeles, que proclaman la «paz en la tierra a los hombres que Él ama». Esos «ángeles» serán luego los discípulos que, al entrar en una casa, saludarán para que entre en ella la paz; paz que si no se merece retornará a ellos (Mt 10,12).

«Paz» será el saludo del Resucitado, porque su entrega al Padre hasta la Pascua ha puesto en paz a los hombres entre sí y con el Padre, al ser destruidos el pecado y la muerte; ha eliminado todas las fronteras y divisiones entre los hombres, y se han puesto los cimientos de la Nueva Jerusalem (la «ciudad de la paz»). Pero no hay que perder de vista que la paz de Cristo no es nunca vivir tranquilos: «¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No paz, os digo, sino división» (Le 12,51). El mensaje pacífico y pacificador de Jesús hace
que se vuelvan contra él todas las fuerzas hostiles que sostienen la injusticia de este mundo y acabe en la cruz. No hay que engañarse pensando que la paz de Cristo supone ausencia de conflictos y sufrimientos, porque su paz no es como la del mundo (Jn 14,27). Esa paz, pasa por el reconocimiento de las propias «enfermedades» y pecados y sólo entonces podremos escuchar de labios del Señor su «vete en paz».

LOS HIJOS DE LA PAZ

Los discípulos hemos recibido el encargo del Señor Resucitado de sembrar la paz de Dios, el evangelio de la paz (Ef 6,15). Ante este encargo, yo mismo necesito pedir ese don para mí mismo. No me siento un hombre pacificado ni pacífico: me falta mucha paz interior. Ando a menudo, como los discípulos, encerrado en mi cenáculo, porque no me termino de aceptar a mí mismo, porque siento desasosiego, complejos y envidias. No me he reconciliado con mis limitaciones y constantemente me castigo: quisiera saber más, ser más, poder más, ser de otra manera, Quisiera eliminar mis limitaciones y debilidades. Me reconozco en guerra conmigo mismo. Quiero que el Dios de la Navidad me ayude a descubrir que la paz comienza por hacerme niño, por presentarme limitado e indefenso ante mí mismo y ante los demás. Un niño necesitado de ayuda y ternura desarma y amansa al agresor y llena de paz. Es lo que necesito hacer conmigo mismo... para poder luego despertar en los otros los sueños de la paz.

Luego podré asumir el reto de la paz entre los míos, aquello de «sed uno» para que el mundo crea. Vivimos muy nerviosa y agresivamente; por cualquier motivo gritamos, nos amenazamos, enfurecemos e insultamos. En el tráfico y en el deporte, en la política y en las programaciones, a la hora de elegir el canal de televisión o de ponernos de acuerdo en criterios de austeridad...

Me hacen falta, como dice M. Délbrel, ojos benévolos, para que mis compañeros de camino se reconforten en ellos como al amor de la lumbre. Ojos que no encuentren motivo para combatir, porque yo quiero ser un «contable de la paz» y la paz no se define con batallas. Sé que la división de un solo átomo puede desencadenar guerras cósmicas, y entre los humanos hay una cadena que, cuando se desgarra por un enfado, un rencor o una amargura, el fermento de la guerra puede repercutir hasta en el extremo opuesto del universo. Quiero creer en la difusión del amor, porque allí donde nace un poco de paz (como en Belén), se establece un contagio pacífico lo bastante fuerte como para invadir la tierra entera.
Puedo ser feliz y bienaventurado porque tengo la alegría de que el Señor nos ha traído la paz, y porque escucho una voz inefable que dice «Padre» en el fondo de mi corazón.

Para dialogar y orar

  1. ¿Qué significa para nosotros «ser instrumentos de su paz» en nuestros contextos más habituales?
  2. Hacer una lectura orante del salmo 121 y a partir de ahí escribir la oración de fa Iglesia, o de la comunidad, como la «Ciudad de la Paz».
  3. Habitualmente ¿qué me hace perder la paz? ¿En qué necesito trabajar más para ser un «hijo de paz»?
  4. Reconocemos nuestras violencias, nuestras semillas de división, nuestro malestar personal... y los llevamos a una celebración comunitaria del perdón.
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