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Fortaleza

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1. «¡Ven, Espíritu Santo! ». Esta es, queridos hermanos y hermanas, la invocación que hoy, solemnidad de Pentecostés, brota con insistencia y con fe desde toda la Iglesia: ¡Ven, espíritu Santo, ven y «dona a tus fieles, que sólo en ti confían, tus santos dones»! («Secuencia de la solemnidad de Pentecostés »). Entre estos dones del Espíritu hay uno en el cual quiero detenerme esta mañana: el don de la fortaleza. En estos tiempos muchos exaltan la fuerza física, llegando hasta a apoyar las manifestaciones extremas de violencia. En realidad, el hombre hace todos los días la experiencia de su propia debilidad, especialmente en el ámbito espiritual y moral, cediendo a los impulsos de las pasiones internas y a las presiones que sobre él ejerce su entorno. 2. Para resistir a estos numerosos impulsos se hace necesaria la virtud de la fortaleza, que es una de las cuatro virtudes cardinales sobre las cuales se basa el edificio de la vida moral: la fortaleza es la virtud de los que no ceden en sus compromisos a la hora de cumplir con su deber. Esta virtud encuentra poco espacio en una sociedad en la que está difundida la práctica de ceder ante las dificultades y de acomodarse a las situaciones, como la práctica del endurecimiento e imposición en las relaciones económicas, sociales y políticas. Tanto el miedo como la agresividad son dos formas que manifiestan la falta frecuente de fortaleza en la conducta del ser humano. Ahí está el triste espectáculo de quien se vuelve débil y vil ante los poderosos y airado y prepotente ante los indefensos. 3. Tal vez nunca como hoy necesite la virtud moral de la fortaleza ser sostenida por la fortaleza-don del Espíritu Santo. El don de la fortaleza es un impulso sobrenatural, que da vigor al alma no sólo en los momentos dramáticos como el del martirio, sino también en las normales situaciones de dificultad: en la lucha para ser coherentes con las convicciones personales; en el aguantar ofensas y ataques injustos; en la perseverancia valiente, aunque entre incomprensiones y hostilidad, en el camino de la verdad y de la honestidad. Cuando experimentamos, como Jesús en Getsemaní, «la debilidad de la carne» (Cf. Mt 26,41; Mc 14,38), o sea el de la naturaleza humana sometida a la enfermedad física y psíquica, debemos invocar al Espíritu el don de la fortaleza para mantenernos firmes y decididos en la vía del bien. Entonces podremos repetir con S. Pablo: «me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte» (2Cor 12,10). 4. Muchos son los seguidores de Jesús – pastores y fieles, presbíteros, religiosos y laicos, empeñados en todo campo del apostolado y de la vida social – que, en todos los tiempos y también en el nuestro, han conocido el martirio del cuerpo y del alma, en íntima unión con la «Madre dolorosa » al lado de la Cruz. ¡Todo lo han superado gracias a este don del Espíritu! Pedimos a María, que ahora saludamos como «Regina Coeli», que nos consiga el don de la fortaleza en toda vicisitud de la vida y en la hora de la muerte.
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