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Fin de Año

Angel Moreno -

 

Estos días, la Liturgia de la Palabra nos propone como texto para meditar el cántico del anciano Simeón, que puede ayudarnos en la consideración del don que supone la Navidad como encuentro con Jesús, el Hijo de María, el Salvador, cuando rezamos: “Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos…”

El final del año deja gustar la caducidad, a la vez que nos permite saborear el tiempo de gracia, y la celebración del curso de los días como andadura que avanza hacia la meta del encuentro definitivo con Dios.

Una de las experiencias más señaladas que he tenido esta Navidad, ha sido el diálogo con una religiosa de clausura, en una de mis visitas a los monasterios. En la conversación con la hermana comprendí que estaba ante un testimonio extraordinario de confianza y abandono en manos de Dios, a la vez que palpaba la fuerza y la luz que concede el don de la fe.

Me decía la monja, que ante una perdida de estabilidad y equilibrio que percibía al andar, la acompañaron a varias consultas médicas. Un doctor consideró que se trataba de una situación nerviosa; otro que eran vértigos; por fin le diagnostican que tiene un tumor cerebral. Cuando se le dijeron se llenó de alegría.

“Tengo un tumor. Estoy muy contenta!

Ya escucho la voz: «¡Vente conmigo!»

¡Le quiero tanto!

Me voy contenta.

¡No esperamos otra cosa!

Lo único que siento es si doy quehacer a la comunidad.

Estoy muy bien, tengo un tumor. Estoy muy tranquila con la voluntad de Dios.

No tengo ningún remordimiento. Sólo deseo prepararme para ir con Jesús.

Me dicen que no va a ser tan rápido.

Estoy contentísima. ¡Qué será ver la majestad de Dios! ¡Es muy hermoso tener fe!

- «Así que esta Navidad está de castañuelas», le dije.

- «Se da cuenta. Toda mi vida la he pasado pensando en este momento. Estoy feliz». No deseo otra cosa que irme con Jesús y con la Virgen».

Que al palpar la fugacidad del tiempo y de la vida, no nos asalte la nostalgia, sino el gozo. 

Otra monja, ante mi consejo de que debíamos pensar en el futuro, me respondió: «¡No! Hay que pesar en el cielo». Pensemos en el cielo, como el anciano Simeón, como quienes vive abandonados en manos del que ha venido a salvarnos.

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