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Extremismos ibéricos en bioética

Juan Masiá en Revista Sal Terrae 1092 -


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Me llama la atención la intromisión de instancias eclesiásticas para dictar moralidad a la sociedad civil. En los debates recientes en nuestro país sobre la ley de reproducción asistida hay posturas exageradas: quienes consideran al cigoto humano intocable desde el mismo comienzo de la fecundación, por verlo dotado ya de la dignidad humana personal, y quienes, en el extremo opuesto, opinan que, por no haber comenzado aún dicha realidad humana individual, cualquier manipulación es permisible. Se añade, para mayor confusión, la etiqueta «a favor de la vida» para identificar la primera postura. Pero se puede estar a favor de la vida sin compartir las expresiones exageradas de la primera postura; así como se puede estar a favor de la investigación terapéutica sin identificarse con la postura opuesta. Decía hace unos meses, cierta personalidad eclesiástica que la obtención de células madre a partir de embriones preimplantatorios es una «matanza de inocentes». Expresarse así es originar confusiones científicas, éticas y teológicas. Para evitarlo hay que deshacer malentendidos.

Tan exagerado es apoyarse en la biología para justificar una legislación permisiva sobre el aborto en fases avanzadas de la gestación (por ejemplo, a los tres meses) como intentar deducir de la embriología la presencia de una realidad personal en cada embrión todavía no implantado en el útero materno. En ambos casos se está haciendo ideología y violentando la biología para justificar una toma de posición previa. Ambas posturas llevan a los extremismos correspondientes. Quienes afirman que, si no ha comenzado a existir todavía una realidad personal, no hay obligación ninguna de respetar los embriones preimplantatorios y quienes equiparan ese respeto al que nos exige un embrión ya implantado o un feto, caen en semejante fallo.

Una encina podría decir metafóricamente, pero con inexactitud: «Yo fui bellota». La espiga proviene de la semilla, y la encina de la bellota; pero si no siembro o planto, no tendré espiga ni encina. La encina puede decir: «Yo vengo de una bellota»; pero si dijera: «Yo fui bellota», le responderían: «Cuando esa bellota era, tú todavía no eras». La bellota no era encina, sino capacidad de serlo, a condición de ser plantada. La comparación está tomada de los escritos sobre el cuerpo humano de P. Laín Entralgo. Se puede aplicar a los pre-embriones toda-vía no implantados; su viabilidad no depende exclusivamente del ADN, sino del intercambio con el entorno celular, tras la anidación en el útero materno. Hoy se conocen mejor los pasos de formación del embrión y de desarrollo y crecimiento del feto. En las primerísimas fases aún no hay en ese embrión preimplantatorio toda la información que se requiere para que pueda completar el proceso posterior de desarrollo.

Sin embargo, no se deduce de aquí la negación de respeto a los preembriones. Hay grados en el respeto. Respetamos las rosas y no destruimos por capricho el rosal, ni pisoteamos sus flores por gusto. Respetamos las rosas, aunque no sean personas ni animales. Pero cor-tamos las rosas para llevar un ramo como obsequio de cumpleaños o para visitar a una persona enferma. El respeto a los bosques es compatible con cortar la leña. Respetamos a los animales en los laboratorios, y las experimentaciones están sometidas a condiciones estrictas. En el caso de las personas, no permitimos que sean objeto de experimentación sin su libre consentimiento. Aquí el grado de exigencia de respeto es mayor. Manejamos responsablemente los embriones sobrantes de fecundación in vitro, ya sea para investigar sobre procreación, o para probar fármacos, o con otra finalidad terapéutica. Pero no admitiríamos experimentar con fármacos en un feto de tres meses con la intención de abortarlo después para comprobar los resultados.

Otro ejemplo: la selección embrionaria tras el diagnóstico preimplantacional. En un reportaje de El País (12-II-05) se atribuye a un portavoz eclesiástico la opinión de que la selección embrionaria es como «tirar a la papelera» seres humanos que serían presuntamente «hermanos, con derecho a la vida», sacrificados a favor del embrión «criado en la probeta». Son expresiones científicamente inexactas, éticame\"\"nte incorrectas y estéticamente de mal gusto. Al mismo tiempo que evitamos estos excesos, hemos de ser conscientes del peligro de discriminación selectiva, en una sociedad que minusvalora las discapacidades y las dependencias. Sin llegar al extremo de las formulaciones exageradas que acabamos de criticar, se podrá denunciar la tendencia a convertir lo excepcional en habitual y a seguir criterios pura-mente utilitaristas en la valoración de la vida humana. Precisamente para que no pierdan credibilidad estas denuncias, hay que evitar las afirmaciones citadas.

Lo dicho acerca de la diferencia entre eliminar y seleccionar, vale para no confundir la donación con el sacrificio. Es un malentendido hablar de «sacrificio de vidas humanas para salvar otras», refiriéndose a la selección de pre-embriones con miras a una futura donación de células genéticamente compatibles. Leemos en el mismo reportaje citado que la selección embrionaria con finalidad terapéutica se compara a «sacrificar un cuerpo humano» y a «matar a un hermano para salvar a otro». Son expresiones igualmente exageradas que hacen un flaco favor a la postura defensora de la vida que pretenden apoyar.

Otra cosa es que puedan tenerse reservas acerca de la extensión rutinaria de esta práctica y de los abusos que, si no se guardan las debidas condiciones, podrían darse. Pero, como siempre que se acude al famoso argumento de la «pendiente resbaladiza», las posibles consecuencias que podrían derivarse del abuso de una determinada práctica no sirven para probar que ésta sea en sí misma rechazable.

Otro ejemplo: el debate sobre la investigación con células madre embrionarias. Si es cierto que se han exagerado las perspectivas terapéuticas, generando expectativas excesivas, también lo es que han sidodesmesuradas las reacciones opuestas por parte de moralistas o teólogos sin suficiente información científica, que han abusado de la retórica al hablar de «matanzas», «eugenesias» o «sacrificios humanos». Niuna ni otra exageración contribuyen a un debate sereno y riguroso.
Hay que seguir estudiando pros y contras de la investigación con células madre embrionarias y adultas. Sin polarizarse en el debate sobre el comienzo de la vida, hay que pensar las implicaciones éticas de intereses socio-económicos en el contexto institucional de las investigaciones. Es deseable que la investigación avance, regulada por una legislación biomédica coherente en su conjunto. Esperamos que se oriente así la legislación en vías de aprobación.
  
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