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EXIGIENDO EL RESPETO A LA VIDA HUMANA

Ángel -
Para todos los que cremos que la vida es sagrada y es un don de Dios, este sábado 6 de abril se ha constituido en unos de los días más trágicos y dolorosos para el pueblo hondureño, especialmente para la Ciudad de la Ceiba. Quienes pudimos, presenciar, casi en directo, por medio de los medios de comunicación locales aquellas imágenes de heridos, ensangrentados y de cuerpos humanos sin vida, como resultado de un violento enfrentamiento entre pandilleros, paisas (presos por delitos comunes en la jerga de nuestros presidios) y policías, me viene a la mente pensar que este día no puede ser olvidado por los hondureños. Es un día para que nos replanteemos tanto las autoridades civiles, eclesiásticas y organizaciones partículares nuestro aporte a una sociedad que ha ido perdiendo poco a poco el valor fundamental e inviolable que tiene la vida humana. En muchas ocasiones, he pensado que se nos ha hecho ya costumbre enterarnos con indiferencia que en nuestro país alguien y hasta muchos han perdido la vida. Y más aún cuando se trata de personas que por situaciones especiales se encuentran recluídos en un centro penitenciario. El respeto a la vida humana, no tiene nada que ver con la reputación de una persona. Todas las personas por el simple hecho de ser personas gozan de una misma dignidad. Tienen derecho a ser tratados como seres humanos. Cuando suceden incidentes lamentables como el del día sábado 6 de abril donde alrededor de 68 personas resultaron muertas (calcinados, descuartizados, decapitados, amputados de piernas y brazos y perforados por la balas ) y aproximadamente 32 heridas, nos resulta fácil juzgar y emitir análiis que no ayudan a hacer un alto a la violencia que ya se vive en nuestro país. Ya con esto estamos utilizando un lenguaje violento y haciendo más violencia en nuestra sociedad. Hace más de 4 meses los dos obispos junto al presbiterio de la Diócesis de San Pedro Sula nos hacían un llamada de atención con la Carta Pastoral ¡BASTA YA A LA VIOLENCIA!... En esta carta pastoral se nos hacía un llamado a nuestra conciencia proponiéndonos soluciones para el cese de la violencia en nuestro país, y para que nos uniéramos en una campaña continua para erradicar la violencia. Al mismo tiempo se nos señalaba las consecuencias dolorosas y trágicas que puede ocasionar la falta de preocupación por parte de los ciudadanos ante una problemática que nos tiene que afectar a todos los que vivimos en este país. Podría decir que, lo que hoy vivimos: la pérdida de los valores fundamentales como lo es la vida, es parte del pecado social que llevamos todos los que vivimos en Honduras. Todos somos responsables de estas situaciones de violencia e inseguridad que se vive en nuestro país. Recuerdo que esta misma Carta Pastoral causó gran impacto en muchos sectores de nuestra población, y en otros, ciertos reproches e incomodidad por las cifras escalofriantes de muertos que se presentó en dicha carta. Pero hoy podemos constatar que la Carta Pastoral ¡BASTA YA A LA VIOLENCIA! no deja de tener credibilidad y razón. Esta es la realidad que vivimos. Nos ha mostrado con hechos concretos que si no nos tomamos en serio el problema de la violencia en nuestro país, seguirán sucediendo hechos dolorosos como los que vivimos el sábado sangriento en la Granja Penal. Esta ha sido la gota que ha desbordado el vaso de una situación que se ha venido gestando desde hace algunos años de una manera galopante, y si no nos tomamos en serio el problema de la violencia cada vez más irá creciendo. Y la solución a este problema no es responder con más violencia por parte de las autoridades de nuestro país. Esa sería la solución más fácil que pueden adoptar nuestros gobernantes. Pero, ya en la práctica se están dando los resultados de la llamada “cero tolerancia”. ¿En qué medida ha resuelto el problema de la delincuencia en nuestro país? ¿Será que la cero tolerancia ha incrementado más la delincuencia particularmente la juvenil?. O también podríamos o considerar si la aplicación de la pena capital podría solucionar este problema, como se especula en nuestro país por gente que está a favor de esta. Éstas podrían resultar salidas fáciles inmediatas y simplistas para resolver esta situación; pero no las más correctas y humanas. Otro de los cuestionamientos que podríamos hacernos en este momento es que si realmente nuestros centros penitenciarios están habilitados para que sean un espacio de acogida y de rehabilitación para aquellos que han delinquido y tengan la voluntad y el tesón de poder cambiar sus vidas. ¿Cuáles son las políticas penitenciarias en nuestro país? ¿Qué se busca en definitiva cuando se recluye en un centro penal a las personas? Y si nos vamos al espacio físico que se viven en nuestros centros penitenciarios vamos constatar que se vive en un hacinamiento inhumano. Podría llegar a la conclusión que nuestros centros penitenciarios en nuestro país no son espacios para la rehabilitación del detenido. Por otro lado, estos acontecimientos acaecidos en la Granja Penal del Porvenir dejan a muchas familias con luto y dolor, y a otra parte de la población con sentimientos de consternación, dolor e indignación ante un hecho tan lamentable. Porque, los que allí murieron eran vidas humanas, eran seres humanos que necesitaban de una sociedad en la que pudiéramos ofrecerles la prevención ante el delito que hubiese evitado una existencia punible y, en todo caso, después de su condena, la oportunidad de reincorporarse a la misma, a través del cumplimiento de una pena, que, además de hacerle pagar la deuda social, facilitara el proceso de su superación personal en todos los órdenes. Las preguntas de hoy: ¿olvidaremos lo acaecido el sábado 6 de abril? , ¿olvidaremos que la Granja Penal del Porvenir se convirtió en una carnicería humana?, ¿qué nos toca hacer como ciudadanos responsables? Como ciudadanos responsables de esta patria exigimos con el mayor respeto posible al Señor Presidente de la República un informe minucioso de los acontecimientos acaecidos en la Granja Penal del Porvenir este sábado 6 de abril del presente año. La sangre derramada de estos hombres y mujeres que perdieron la vida en el Centro Penal, debe ser un desafío que rete y purifique nuestras conciencias y nuestra voluntad para ponernos todos juntos a trabajar en nuestro país por un alto ya a la violencia. Hechos como los del día sábado, no se pueden olvidar fácilmente. Si los olvidasemos, significaría que habríamos dejado de ser humanos, que habríamos incurrido en la relativización del valor fundamental de la vida, y esto puede ser peligroso para alcanzar la paz y la solidaridad entre los hondureños. Aunemos nuestras fuerzas para avanzar juntos en la construcción de una sociedad en la que impere el esfuerzo sincero y perseverante por el respeto de los derechos humanos. Acompañada por una viva conciencia de los cristianos que la conformamos por establecerla sobre el sólido fundamente de los valores evangélicos. Y cuando hacemos esta reflexión estamos pensando que el ciudadano hondureño no solamente se inspira en consideraciones meramente humanas, sino que por concebirlo fundamentalmente cristiano, esperamos de él que estas realidades las viva y las reflexione a la luz de la fe, de la Palabra de Dios y de la enseñanza de la Iglesia, que últimamente en nuestro país ha levantado con frecuencia su voz profética para iluminar estas condiciones sociales que caracterizan nuestro momento histórico actual. Y sobre todo si era oportuno en las vísperas de la navidad exigir un alto a la violencia como lo hizo la Carta Pastoral de los Obispos de San Pedro Sula, a las puertas de la semana santa del 2003 la sangre de nuestros muertos clama al cielo por el cese total de la violencia. Que la Pascua de la Resurrección del Crucificado que dio la vida por todos llene de vida y de luz las tinieblas oscurísimas del mediodía de este sangriento fin de semana y que esa sangre derramada de nuestros hermanos sea fecunda en frutos de justicia, de cambio, de una nueva sociedad, que sea un gran signo de esperanza. Entonces nosotros viviremos y daremos vida a unas generaciones que sean el fruto de esos granos de trigo que, habiendo muerto, se han vuelto fecundos y han dado mucho fruto.
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