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Evangelización.

Maxím Muñoz, cmf -

    Significa literalmente «anuncio de una Buena Noticia». Se trata de la misión que la Iglesia ha recibido de su Señor resucitado: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda creatura» (Me 16,15). El contenido del mensaje no es ningún conjunto de verdades, sino el acontecimiento de Jesucristo, en quien el Dios Amor ha asumido nuestra humanidad e inaugurado en ella su Reino. Se trata de una noticia que concierne a todos los hombres y a todo el hombre. La Iglesia encuentra en Jesucristo el contenido y la forma de su misión evangelizadora. En El todo es evangelizados no sólo sus palabras, sino también su misma encarnación, sus gestos, sus opciones y solidaridades, su relación íntima con el Padre, su denuncia de la manipulación de Dios, y finalmente, como consecuencia de todo ello, su muerte y resurrección. Por eso la evangelización no puede reducirse a un sólo aspecto o dimensión, por muy importante que sea (anuncio, catequesis, promoción humana, instauración de la Iglesia, etc.), sino que debe constituir un proceso dinámico en el que los diversos elementos se relacionen y enriquezcan entre sí.

Esos diversos elementos o formas que configuran la evangelización pueden resumirse en cuatro:

  1. el anuncio explícito de Jesucristo, Evangelio del Dios hecho hombre, único Señor y Salvador;
  2. el testimonio de vida con el que, como personas y como comunidad, demostramos que la fuerza del mensaje que proclamamos es ya una realidad en nuestra vida;
  3. la acción transformadora de la sociedad (promoción humana, lucha por la justicia y la paz, etc.), realizada codo a codo con otros hombres de buena voluntad, en la que demostramos que el Reino que anunciamos, aunque encuentra su plenitud más allá de la historia, incide ya en toda realidad humana; y
  4. la denuncia profética, mediante la cual, en un mundo de pecado e injusticia, ponemos en evidencia los planes y estructuras que se oponen al Reino, es decir, al respeto total de la dignidad de cada hombre y de cada pueblo.

Así es como, por la fuerza del Espíritu, la Iglesia realiza su «dicha y vocación propia», su «identidad más profunda», ya que ella «existe para evangelizar» (EN, 14), dirigiéndose a la libertad de cada hombre para que, por su adhesión de fe y su ingreso en la comunidad, encuentre su plenitud en Jesucristo. Todo cristiano debe sentir la dicha y la urgencia de llevar adelante la misión recibida por la Iglesia. Sin embargo, no se es evangelizador a título individual, sino como enviado por el Padre a través de la Iglesia y en comunión con ella. Al evangelizar, la Iglesia siente asimismo la necesidad de ser continuamente evangelizada en la escucha atenta de la Palabra, que se expresa también en los interrogantes y estímulos que recibe de los hombres a los que se dirige.

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