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Evangelio del domingo 8 de marzo, 2º de Cuaresma

Coordinadora de Evangelio Seglar -
Lee el Evangelio de este domingo
Elige el comentario que quieres leer: Matrimonio y familia, Tercer mundo, Enfermedad, Sindical, Educación de los hijos, Márgenes de la Justicia, Política, Inmigración, Ciencia, Social.
Reza con esta Oración a propósito del Evangelio.

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Marcos 9,2-10

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: "Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías." Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: "Éste es mi Hijo amado; escuchadlo." De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: "No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos." Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de "resucitar de entre los muertos".

Palabra del Señor

DESDE EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA
(matrimonio, padres de dos niños, trabajan ambos, pertenecen a comunidad cristiana)
Nos encanta estar juntos, nos encanta las vacaciones no porque no queramos trabajar, no porque seamos gandules, pero sí porque es la oportunidad de pasar mucho tiempo juntos,  nosotros dos y con nuestros hijos. Mientras, vamos haciendo encaje de bolillos para robarle un ratito al tiempo y tener un espacio para nosotros dos. Cuando estamos juntos, sin más aspiración que estar, sin otras ocupaciones que ronden nuestra cabeza, sin otros intereses aparte que mirarnos, aburrirnos incluso juntos, perder el tiempo entre nosotros, nos sentimos bien y deseamos que el instante se eternice, se haga imperecedero. Pero aunque no entendamos nada de lo que Dios pretende con nosotros, aunque nos sintamos en ocasiones atemorizados como sus discípulos, ¡qué bien estamos junto a El! ¡Cómo nos gusta estar juntos! De vez en cuando hay que subir a la montaña, sin olvidarse de lo demás, pero buscando nuestros montes y subiendo de tanto en tando, para disfrutar de la presencia privilegiada del otro y sobretodo, del Señor.

DESDE LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS
(matrimonio, él trabaja, con cinco hijos, pertenecen a comunidad cristiana de matrimonios)
¿Quién no ha experimentado la serenidad que da un paseo por el campo o por la montaña? La verdad es que estando más en contacto con la naturaleza sentimos más cerca los abrazos de Dios. Y estando serenos, o cuando rezamos en un lugar tranquilo, cuando hacemos meditación, estamos más predispuestos para la escucha de lo que nos dice Jesús. Hasta el silencio exterior es muchas veces difícil de conseguir: entre los ruidos de la calle, la tele, el sonido de la minicadena, los gritos de los juegos de los niños, el móvil que suena. Si estamos en casa podríamos experimentarlo de vez en cuando: apagamos todo, vamos a la habitación más tranquila, nos escuchamos, y orando con los niños leemos lo que nos dice Jesús. Y si nos es difícil ir de excursión, un parque cercano también nos sirve. Escuchar el sonido del viento entre los árboles, los pájaros, ver el movimiento de las nubes, nos predispone para hacer con ellos un rato de oración, y envolvernos con las caricias de Dios.


DESDE LOS ÁBUELOS
(Matrimonio, jubilados, ocho nietos, pertenecen a grupo de matrimonios)
El relato que nos hace Marcos de la transfiguración, en el Monte Tabor, nos incita a buscar con fervor, a través de nuestro vivir en cristiano, una “experiencia de Dios”, pues eso es lo que vivieron los discípulos Pedro, Santiago y Juan y los transformó, aunque al principio los confundió por las dudas que albergaron sobre la frase profética de Jesús: “No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos”.   
En este tiempo de cuaresma debemos meditar sobre lo que debió suponer para Jesús la transfiguración, de cara a los acontecimientos de los que él sabía sería protagonista.
Para cualquier cristiano, afrontar los fracasos, las tragedias y demás acontecimientos dolorosos por los que hemos pasado y pasaremos a lo largo de nuestra vida, sin esa experiencia de Dios, que fortalezca nuestra fe, es algo terrible y descorazonador. Pidamos que esa experiencia nos llegue y nos conforte.
Nosotros tratamos de inculcar a nuestros nietos la práctica de la oración fervorosa y la dedicación caritativa a los demás, a través de lo cual les pueda llegar ese encuentro vivificante con el Dios que nos acompaña y nos salva.

DESDE LA CIENCIA
(matrimonio,trabajan ambos, pertenecen a grupo cristiano)
La mente de cualquier científico nada más leer el texto en el que se nos narra la transfiguración del Señor, trataría de buscar una explicación razonable a lo sucedido… algo que empíricamente lo pudiera demostrar. Y si esa explicación no es posible desde las leyes de la física, trataría inmediatamente de encuadrarlo en el terreno de lo psicológico (alucinaciones, delirios…).
Sin embargo la grandeza de Dios está precisamente ahí, en que no todo tenga explicación desde la mente humana, en que no todo pueda ser abarcado desde nuestra capacidad de explicar y conocer el mundo. Pero a la vez esa grandeza de Dios se hace presente en la propia mente del ser humano, capaz de desarrollarse hasta límites que todavía no conocemos… En esa capacidad del ser humano para razonar, conocer, investigar, inventar…”veo” presente de una manera misteriosa, el poder de Dios…No puede ser solo fruto de una complejísima “maquinaria” bioquímica, producto de una evolución que ha llevado millones de años.

DESDE LO SOCIAL
(hombre, casado, con tres hijos, trabaja, miembro y directivo de movimientos sociales, y de grupo cristiano)
No sé si a ustedes les pasará como a mí, que necesito de tanto en tanto de experiencias íntimas fuertes de luz para que la fe y la esperanza sigan echando raíces y creciendo en mí. Aunque sí conozco a algunos creyentes -como yo- de fe no demasiado fuerte, que de vez en cuando -sin saber bien cómo- "perdemos de vista al Señor", se nos escabulle, y más bien pronto nos encontramos perdidos, dudando, desconfiando secretamente de que Él es Dios. A pesar de todas nuestras experiencias pasadas, a pesar de tantas pruebas como ya hemos recibido.
Perdemos el norte, alejados de su presencia, y por ello la conversión -a la que en cuaresma se nos invita especialmente- se nos presenta como un esfuerzo ímprobo, una cuesta demasiado empinada que sólo algunos "superdotados" son capaces de subir.
Por eso me gusta el pasaje de hoy. La transfiguración se me asemeja a esas experiencias vivas de la presencia de Dios que todos -espero- hemos tenido alguna vez. Ellas nos recuerdan que Dios no quiere que lo releguemos a los templos, quiere estar cotidianamente vivo en nosotros, compañero continuo de viaje. Quiere que subamos a la montaña para estar con Él, y quiere que después bajemos para estar en el mundo.
Creo que los cristianos estamos llamados a hacernos presentes en los distintos ámbitos del mundo, en el laboral, en el cultural, en el social, en el económico... porque ésa es la encarnación que el Señor espera de nosotros. Pero nuestra presencia no puede tener otro sentido -pienso yo- que el de transformar esos ámbitos, radicalmente, impregnándolos de los valores del Evangelio y de ése estilo de vida distinto, alegre, humilde y austero, que Dios implanta en los que viven en sus brazos.
Y creo que para ello necesitamos, como los apóstoles, haber presenciado -alguna vez siquiera- la gloria y la ternura de Dios. Así no nos costará tanto asentir, y dejaremos que Dios haga en nosotros el milagro: morir al deseo de control y de seguridad, y resucitar como pobres de espíritu.
Yo le doy gracias a Dios porque Él siempre está a la espera de que nos volvamos de nuevo hacia Él, y le pido que, en esta cuaresma, nos ayude a ser capaces de detenernos por un tiempo, hacer silencio y escucharlo.

PARA REZAR
(hombre, casado, trabaja, con dos hijos)
Padre, quiero encontrar ese sitio donde estar Contigo sin prisas, sereno, sin tiempo…
Deseo subir esa montaña y estar a tu lado para experimentar tu presencia, para vivir tu esencia.
Quiero llenarme del silencio que rebosa tu Palabra, llenarme hasta esa plenitud que me haga ser testigo de tu mensaje, instrumento para tu obra…
Pero que no me acomode, Señor, ni en el silencio, ni en el tiempo, ni en el refugio de tu regazo…
Que no me esconda en tu Palabra sino que ésta sea mi fuerza, el camino de mi Espíritu…
Que suba la montaña, para bajarla pleno, rebosando tu testimonio, sintiendo tu Amor, convencido, fortalecido…
Que la oración alimente mis pasos, oxigene mi alma, recicle mis actos, me sitúe en clave de Dios…
Que la Oración me haga cierto en tu presencia en mi vida, en mi necesidad de ti…
Pero que la oración sea siempre principio y fin de mi camino, de mi fe activa, dinámica, apegada a tu rostro…
Que la oración nunca sea excusa de mi silencio, de mi quietud, sino aire fresco que impulsa mi ser y mi hacer, que limpia mis impulsos, que sopla
mis pasos…
Que la oración sea siempre el encuentro que mueva mi compromiso, que fundamente mi misión.

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