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Eugenio Zolli (1881 - 1956)

Ángel Sanz Arribas, cmf -
“Soy un mendigo a las puertas de Dios”

Querido Eugenio Zolli:

    He pasado la última hoja de tu libro 'Antes del alba' y me pregunto qué son exactamente estas 300 páginas que acabo de leer: ¿una confesión?, ¿un poema?, ¿un comentario escriturístico?, ¿un capítulo de teología narrativa? ¿O acaso todo ello a la vez? No es frecuente que un autor regale con tal verdad y transparencia, y a través de tantos registros, el secreto de su mundo interior. Tal vez sólo los místicos. Claro que a estas alturas cabe preguntarse si no eras tú uno de ellos.

    Te veo como un peregrino avanzando paso a paso hacia el encuentro del Dios vivo que te hace guiños desde el Antiguo Testamento y continúa llamándote hasta la plenitud de la revelación en Jesús, Señor de la Historia.

    Desde muy niño, el crucifijo es un libro abierto para ti. Con qué detalle cuentas tus visitas a la casa de Estanislao, amigo de colegio. Le ves todavía viviendo con su madre en una estancia humilde. “En un ángulo de la habitación había una banqueta de madera blanca. En medio de una de las paredes, un modesto reloj y, un poco más arriba, un crucifijo de madera sencillo, con una ramita de olivo al lado”. La madre era viuda y, por tanto, el hijo, huérfano de padre. “Parecía que en aquella estancia blanca y en presencia de aquel crucifijo, uno sólo podía estar sereno, ser bueno y amable.”
    Te imagino, mientras escribes, evocando aquellos recuerdos imborrables: “En algunas ocasiones levantaba los ojos, no sé por qué, hacia el crucifijo, y luego los fijaba en él durante largo tiempo”. Hablas de contemplación no exenta de “algo movido por el espíritu y el alma”. Y sientes que de ahí brota la pregunta: “¿Por qué este hombre fue crucificado? ¿Era malo? Entonces, ¿por qué Estanislao y su madre, seguidores y adoradores suyos, eran tan buenos?”. Y experimentas ante él una gran compasión, lo sientes 'inocente y doliente'.
    De la compasión surge el asombro y del asombro el estremecimiento. Porque ves que “no grita de dolor, no se agita en espasmos, no maldice... No se encuentra en su rostro ninguna expresión de odio ni de rencor...”  Y dejas que la conclusión  brote en tu espíritu como el agua mana de la fuente: “Este hombre, Jesús, empezó a ser para mí un Él, con E mayúscula”.

    El gusto por lo religioso, y en especial por la Biblia, te llega a través del padre; la sensibilidad hacia los necesitados es herencia de la madre. La síntesis de todo va a ser tu apertura al Siervo Sufriente. Por eso te hiere tanto el capítulo 53 de Isaías cuando dice: “Traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados..., en sus llagas hemos sido curados”.

    Pasan los años. La presencia de Cristo va cobrando mayor relieve en tu vida. “De la misma forma en que sé que soy, sé que existe la Verdad. En el Evangelio me golpean las palabras de Jesús: ‘Yo soy la luz, el Camino, la Verdad y la  Vida’.” Hay un tiempo en que eres docente y discente a la vez y los días de 24 horas se te quedan muy cortos. Es entonces cuando haces esta  sencilla confidencia: “En las poquísimas ocasiones en las que disponía de dos o tres horas libres, me llevaba el pequeño Evangelio y corría fuera de la ciudad. En medio del verde, solo, solito, leía el Evangelio y experimentaba un placer infinito.”

    Y adviertes que el Crucificado te descubre de forma nueva el amor. Qué sorpresa te llevaste en el prado verde leyendo la gran revelación de Jesús:  “Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos”. “En el Salterio -comentas- se pide a  Dios que caiga sobre los enemigos una lluvia de fuego y azufre”. Cierto que es preciso entender estas palabras desde la clave del amor, pero “el amor de la Ley prevalece a menudo sobre la ley del Amor, de tal manera que las minucias de la casuística rabínica eclipsan el principal mandamiento de la ley revelada por Dios a Moisés: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma...” Es Jesús, el Mesías, quien apunta hacia la plenitud del gran mandamiento. “Todo ello me causa estupor - escribes-: el Nuevo Testamento es, efectivamente, un Testamento nuevo”.

    Intelectualmente ya has construido tu argumento: “Cristo es el Mesías; el Mesías es Dios, luego Cristo es Dios”. Llegará luego el don de la fe. Y, con la fe, la conversión, “motivada por el amor de Jesucristo, un amor que derivó de mis meditaciones sobre las Escrituras”. Cómo impresionan tus palabras: “Soy un mendigo a las puertas de Dios”. O aquellas otras: “Pido el agua del bautismo y nada más. Soy pobre y viviré pobre. Confío en la Providencia”. El 13 de febrero de 1945, a tus 63 años,  entras, por el bautismo, en la Iglesia. Tu esposa Emma, te acompaña en este paso; Miriam, tu hija, lo hará depués.

    Nada extraño que tu vida esté signada y santiguada por la señal de la santa cruz. El madero horizontal es la persecución nazi. Tu cabeza es puesta a precio, vives nueve meses en la clandestinidad y, al final, logras escapar de la Gestapo. Pero te sientes responsable de tu pueblo y, a pesar de las precauciones, durante la noche del 15 al 16 de octubre, un millar de judíos romanos (de entre 8.000) son detenidos y deportados; la mayoría de ellos jamás regresará. El madero vertical es la reacción que provoca tu bautismo. Te sientes calumniado por unos, rodeado por otros de un espeso muro de silencio, incluso llegan a llamarte apóstata y traidor... a ti, que habías brillado siempre por tu honradez y coherencia; que habías sido el gran Rabino, además de prestigioso investigador, escritor, profesor universitario... “Los judíos que se convierten en la actualidad -anotas-, al igual que en la época de san Pablo, tienen mucho que perder en lo que respecta a la vida material, y mucho que ganar en la vida de la gracia”.

    Hasta que llega la fecha cumbre de tu historia. El viernes 2 de marzo de 1956, de madrugada, recibes la Comunión. A mediodía entras en coma y, a las tres de la tarde, entregas tu alma a Dios. Al final de tus memorias habías escrito: “Sólo podemos confiarnos a la misericordia de Dios y a la piedad de Cristo [...]. Sólo podemos confiar en la intercesión de aquella cuyo corazón fue atravesado por la lanza que perforó el costado de su Hijo”.

    Emociona leer este expresivo testamento: “Ruego a quien quiera ocuparse un día piadosamente de mi sepultura, que coloque sobre ella una simple cruz con la inscripción: Domino morimur - Domini sumus [Morimos para el Señor - somos del Señor]. Y después mi nombre y mi apellido”.
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