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Espíritu de infancia o infancia espiritual

Severino María Alonso, cmf -
    La infancia de Jesús y de María no son sólo ni principalmen­te un dato cronológico o un hecho histórico, sino un 'aconteci­miento teológico', con una especial significación evangélico-espiritual. No abarca sólo los años propiamente 'infantiles' de su vida, sino su vida entera. La niñez y la infancia de Jesús y de María juegan un papel decisivo en la historia de la salvación y de la santificación: Son un 'signo' y un 'símbolo', una verdadera parábola evangélica, una profecía en acción y hasta una especie de 'sacramento' del reino. Son, por eso mismo, una lección permanente y permanentemente válida: Una lección de máxima actualidad.

    La infancia espiritual, en el sentido bíblico, equivale exactamente a la pobreza evangélica. Pero no tiene nada que ver con el 'infantilismo', ya que es  'consumada madurez'.

    Jesús afirma que, para entrar en el Reino, es condición indispensable "hacerse como niños" (cf Mt 18, 3). Pero, justamen­te, hay que recordar que ese como sugiere no sólo semejanza, sino también profunda diferencia. No se puede 'puerilizar' la noción de infancia espiritual. Cristo no pide que permanezcamos siempre 'niños', que sigamos siendo 'niños' toda la vida o que 'copiemos' todos los rasgos propios de la infancia o de la niñez terrena. De hecho, la infancia, mal entendida, ha llevado, en ocasiones, a los más graves excesos: a no cultivar la inteligencia ni el sentido crítico, a la falta de madurez intelectual, volitiva y afectiva, a la irrespon­sabili­dad en los compromisos y en la acción, al amanera­miento en el trato y en la expresión, es decir, al infantilismo. Ahora bien, este infantilismo revela, sencilla­mente, una grave inmadurez. Y esta inmadurez es siempre propicia a todas las posibles desviaciones.

    El niño es tomado por Jesús -y él mismo fue Niño- como ejemplar y modelo de un conjunto de actitudes. Niño y pobre se identi­fican, pues ambos son los candidatos al Reino de los Cielos. No se considera, pues, al niño como modelo en todo su comporta­miento o en todas sus actitudes, ya que el niño suele ser voluble, inconstante, caprichoso, egoísta, irresponsable. Por eso, San Pablo dirá: "No seáis niños en el juicio. Sed niños en  mali­cia, pero hombres maduros en juicio" (1 Cor 14, 20).

    El niño se convierte en verdadero modelo para la vida espiritual por una serie de actitudes, que son normales en él, cuando aún no ha dejado de ser 'niño'. Por ejemplo:
  • la sencillez, que es candor transparente, ausencia total de doblez, de  toda complicación y de segundas inten­ciones; si no se entendiera mal, como ya hemos insinuado, podríamos hablar de 'simplicidad';
  • la sinceridad, que es franqueza y espontaneidad: el niño dice lo que siente y siente lo que dice, no falsea las cosas ni sabe de protocolos ni de diploma­cias, etc.;
  • la confianza en las personas mayores, sobre todo, en sus padres, a quienes se abandona fácilmente y en quienes confía sin cálculos;
  • el asombro y la curiosidad, ya que todo le sobrecoge y le admira, todo para él es 'nuevo'; por eso, no se aburre nunca, etc.;
  • la disponibilidad, pues está abierto a todo, sin condicio­namientos y sin resabios;
  • el sentido filial, que embarga toda su vida y que se transforma en conciencia de ser amado, protegido, ayudado y en dependencia amorosa con respecto a sus padres, sabien­do que tiene absoluta necesidad de ellos y que en ellos está más 'seguro' que en sí mismo; etc.
    El niño es debilidad y, por eso mis­mo, dependencia, falta de autonomía, ausencia de méritos propios (=gratuidad), alegría, etc. El niño -si no ha 'perdido' prematuramente su verdadera 'infancia'-, no se desalienta nunca, no se descorazona y ni siquiera se aburre. Es capaz de entretenerse con cualquier cosa y de reemprender mil veces, sin desánimo, el mismo juego.

    El niño tiene un extraño y profundo sentido de 'justicia'. Por eso, le duele tanto, sufre tan desconsoladamente y experimen­ta una decepción tan grande, cuando se le castiga sin merecerlo, cuando se ve sometido a la arbitrariedad de las personas mayores, principalmente, su padres, a quienes creía modelos acabados de justicia y de equidad. Es oportuno, a este propósito, recordar la pregunta y las recomendacio­nes de Azorín: "¿Sabéis lo que es maltratar a un niño? Yo quiero que huyáis de estos actos como de una tentación ominosa. Cuando hacéis, con la violencia, derramar las primeras lágrimas a un niño, ya habéis puesto en su espíritu la ira, la tristeza. la envidia, la venganza, la hipocresía... Y, entonces, con estos llantos, con estas explosiones dolorosas de sollozos y de gemidos, desaparece para siempre la visión riente e ingenua de la vid, y se disuelve poco a poco, inexora­blemente, aquella secreta e inefable comunidad espiritual que debe haber entre los que nos han puesto en el mundo y nosotros los que venimos a continuar, amorosamente, sus personas y sus ideas".

    Por otra parte, se ha podido hablar -quizás, no sin razón-, de la soledad de los niños. "Los niños están mucho más solos de lo que creemos, porque están solos en medio del cariño. Rodeados por oleadas incesantes de ternura y de reproches, anhelan el día en que puedan vivir sin que se les quiera tanto. Estar solo en medio de los que nos aman, es más misterioso que estar solo cuando somos nuestros propios dueños. Los niños no llevan diarios íntimos. Están perdidos en un mundo de personas que los agobian con su autoridad, su prudencia, que les comunican temores estúpidos, que se portan con ellos con una inconsciencia infantil".
    
    La máxima realización y la mejor 'profecía' de la infan­cia espiritual y de la pobreza  evangélica son, indudablemen­te -y conviene repetirlo para recordarlo siempre- Jesús y María en el miste­rio de su infancia y de su niñez, que comprende -como hemos dicho- no sólo los primeros años de su vida, sino toda su existencia.
    
    Efectivamente, Jesús y María vivieron un misterio de infancia a lo largo de toda su vida, porque toda su vida fue obediencia filial, confianza ilimitada, sumisión amorosa e incondicional a la voluntad del Padre, dependencia total, apertura, disponibili­dad, humildad y sencillez.
    
    Jesús, con el testimonio de su vida entera, y también con su palabra, nos dijo:"Yo os lo aseguro, si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos" (Mt 18, 3‑4). Lo mismo nos ha dicho María‑Vir­gen, con su vida humilde, sencilla, abierta, disponible, con su fiat de total adhesión a la voluntad divina y con su magnificat de reconocimiento  y de alabanza agradecida a Dios por todos sus dones.

    Romano Guardini (1885-1968) ha estudiado y expuesto, con su habitual lucidez y precisión, lo que es la verdadera infancia espiritual, como "norma de la vida cristiana", según las enseñanzas de Jesús, purificándola de múltiples adherencias y resonancias extrañas, que no tienen nada que ver con el auténtico mensaje del Evangelio. Y nos ofrece, entre otras muchas, esta reflexión: "El niño es joven. Posee la sencillez de la mirada y el corazón. Al llegar lo nuevo, lo grande, o redentor, el niño lo mira, se acerca y entra en ello. Esta sencillez... es aquella infancia de la que nos habla la parábola... Ser niño, en el fondo, significa lo mismo que ser creyente. Es la actitud natural de la fe. En ella actúa libremen­te lo que viene de Dios... La infancia espiritual consiste, según Jesús, en vivir de la paternidad de Dios... La infancia espiritual, en el sentido de Jesucristo, es lo mismo que la madurez cristiana".
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