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ESPERAR (=AMÁN)

Severino María Alonso, cmf -

La Biblia nos habla más de "esperar" (verbo) que de "esperanza" (sustantivo). Nos revela, así, el carácter dinámico, vital, de la esperanza. No es un concepto, algo ya elaborado, sino la expresión de una vivencia personal.

Hay un verbo que recoge y traduce la experiencia del hombre que cree en Dios, que se apoya en él y que de él se fía. Es el verbo amán. No puede traducirse, sin más, por nuestro verbo "esperar". Desborda, con mu­cho, su contenido y la capacidad de sugerencia que pu­diera tener para nosotros. Lo primero que sugiere -en su raíz- este verbo hebreo es la idea de firmeza, de solidez, de seguridad. De él deriva nuestro "amén", que no significa "así sea", un simple deseo, sino que es una vigorosa afirmación, un acto de fe firme y de inconmo­vible esperanza. En su sentido más original implica "ser capaz de llevar, de sostener", como el padre lleva y sos­tiene en sus brazos al hijo pequeño. Es significativo -y sugerente- que el sustantivo femenino derivado de este verbo signifique precisamente "nodriza"1.

De esta misma raíz y conservando su sentido funda­mental, derivan unas cuantas palabras, sustantivos, adje­tivos o verbos como estable, sólido, verdadero, seguri­dad, fiel, creer, fe, etc. Dios es fiel, y guarda su alian­za y su amor por mil generaciones (Dt 7, 9). Es una de las afirmaciones más repetidas en toda la Escritura. Y sobre esta fidelidad de Dios se apoya la esperanza del hombre, lo mismo que se apoya su fe. Para un semita la fe implica esencialmente seguridad, firmeza. El verbo creer deriva de la raíz aman. Creer en Dios es apoyarse en él contar con él, fiarse de él. Y Dios es roca in­conmovible, fortaleza, escudo, baluarte. Apoyándonos en él, participamos de su estabilidad, de su firmeza, de su calma, de su equilibrio y de su seguridad.

Esperar en Dios es contar con Alguien que es infini­tamente fiel. La esperanza, lo mismo que la fe, es la respuesta del hijo, su "amén", al Padre que le lleva en sus brazos, que le sostiene y protege. Los salmos, que nos revelan el alma orante de Israel y que traducen en palabras las situaciones y actitudes del hombre frente a Dios, son, ante todo, la oración de la esperanza, de la fe inquebrantable y de la confianza en Dios.

"Mas tú, Yahwé, escudo que me ciñe, mi gloria, el que realza mi cabeza... Yo me acuesto y me duermo, me despierto, pues Yahwé me sostiene..." (Sal 3, 4.6). "Me acuesto en paz, y en seguida me duermo, pues tú sólo, Yahwé, me asientas en seguro" (Sal 4, 9). "Dios, el escudo que me cubre, el salvador de los de recto corazón" ( Sal 7, 11). "Sea Yahwé ciudadela para el oprimido, ciudadela en los tiempos de angustia. Y en ti confíen los que saben tu nombre, pues tú, Yahwé, no abandonas a los que te buscan" (Sal 9 10, 10.11). "Yo te amo Yahwé, mi fortaleza... Yahwé mi roca y mi baluarte, mi liberador, mi Dios, la peña en que me amparo, mi escudo y cuerno de mi salvación, mi altura inexpugnable y mi refugio... Me asaltaron el día de mi ruina, mas Yahwé fue un apoyo para mí... El es escudo de cuantos a El se acogen" (Sal 18, 1 3, 19.31). "Sé para mí una roca de refugio, alcázar fuerte que me salve; pues mi roca, mi fortaleza eres tú" (Sal 31, 3 4). "En Yahwé puse toda mi esperanza. El se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor" (Sal 40, 2). "Dios es para nosotros refugio y fortaleza, un soco­rro en la angustia siempre a punto" (Sal 46, 2). "Los que confían en Yahwé son como el monte Sión, que es inconmovible, estable, para siempre" (Sal 125, 1).

Jesús es el "Amén". Así se le llama en el Apocalip­sis. Es el gran "sí" del Padre. En cuanto Verbo y en cuanto Hombre. "Cristo Jesús, dice san Pablo, no fue sí y no; en él no hubo más que " (2 Cor 1,19). "Así habla el Amén, el Testigo fiel y veraz" (Apoc 3, 14). Su preocupación fue decir siempre "sí" al Padre. Ya Isaías llamaba a Yahwé "el Dios del Amén" (Is 65, 16). Como el salmista le llama "el Dios de la ver­dad" (Sal 31, 6). Cristo es la roca, la piedra angular, rechazada por los arquitectos2. Nadie puede poner otro fundamento que Jesucristo (cf 1 Cor 3, 11). El Apóstol Pedro, al ser establecido por Cristo como roca en que apoyar su Iglesia (cf Mt 16, 18), participa de la firmeza y de la solidez de Cristo y de su misión de ser fundamento y de asegurar a sus hermanos en la fe (cf Lc 22, 32).

Esperar es contar con Alguien que es infinitamente Fiel. Fiel a sí mismo, a su Palabra y fiel a nosotros. Nos ofrece todas las garantías. El no puede fallar. Y toda la pedagogía de Dios se orienta a que el hombre prescinda de todo otro apoyo, para apo­yarse exclusivamente en él. Las pruebas las calamida­des, los fracasos tienen este sentido pedagógico. Dios se sirve de ellos para purificar de toda escoria la fe y la esperanza del hombre. Cuando todo falla, puede brotar la auténtica confianza en Dios, libre ya de toda apoyatura humana.

Dios hace vivir a su pueblo una experiencia nómada y pastoril. Esta experiencia le irá haciendo comprender muchas cosas. El pastor organiza su vida en función de su rebaño. Vive para él. A merced de sus necesidades. Se traslada de un lugar a otro en busca de pastos abun­dantes. Conoce a sus ovejas y las ama. Corre en busca de la extraviada y cura a la enferma. Tiene para con ellas una solicitud verdaderamente maternal. Y las ove­jas se fían de él: se dejan guiar y alimentar por él. Desde esta experiencia, Dios quiere hacer compren­der a su pueblo una espléndida lección. Así como tú -viene a decirle- eres pastor de tu rebaño, te cuidas de él y tus ovejas conocen tu voz y te siguen, dejándose conducir por ti, así yo -Yahwé- soy tu Pastor. Y de­bes fiarte de mí, dejarte guiar y alimentar por mí.

El verbo amán tiene también este significado: dejarse guiar y alimentar por ese Alguien que es infinitamente Fiel. El pueblo de Israel tiene conciencia viva de esta realidad. Y se dirige a Yahwé como a su Pastor, llevando la metáfora hasta sus últimas consecuencias.

"Yahwé es mi Pastor, nada me falta. Por prados de fresca hierba me apacienta. Hacia las aguas de reposo me conduce, y conforta mi alma... Aunque pase por valle tenebroso, ningún mal temeré; pues, junto a mí tu vara y tu cayado, ellos me consuelan" (Sal 23, 1-4). "Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como un rebaño" (Sal 80, 2). "Así dice el Señor Yahwé: Aquí estoy yo. Yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él. Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas"3.

Jesús mismo se presentará como el buen Pastor. Y llevará hasta sus últimas consecuencias -en su palabra y en su vida- la alegoría. "Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas... Yo soy el Buen Pastor, y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo al El, y doy mi vida por las ovejas" (Jn 10, 11.14-15). Y San Pedro: "Erais como ovejas descarriadas. Pero ahora habéis vuelto al Pastor y guardián de vuestras almas" (1 Pe 2, 25).

Para suscitar una esperanza contra toda esperanza (cf Rom 4, 18), como en Abrahán, Dios suele colocarnos, a veces, en situaciones desconcertantes, más que como ‘prueba’, como eficaz pedagogía: para enseñarnos a fiar­nos infinitamente de él, sin más garantías que él mismo.

Más firme y segura todavía que la fe y la esperanza de Abrahán, fueron la fe y la esperanza de María. Se le anuncia un Hijo, y es Virgen. Un Hijo que es Dios, y le ve nacer en un pesebre, perseguido desde la cuna. Y vive el mayor escándalo -que hizo vacilar a todos-, el escándalo de la cruz, firme y erguida, de pie ante el mayor dolor, segura e inconmovible en su fe. La única que creyó en la resurrección de su Hijo. Por eso fue bienaventurada y bienaventurada la proclamarán todas las generaciones. Por haber creído4.

María condensa y resume en sí misma las esperanzas todas y toda la esperanza de Israel y de los demás pueblos. Por eso, su nombre propio es Esperanza: María de la Esperanza, María-Esperanza. Prenda y realización de las promesas de Dios y de las esperanzas de los hombres.

 

1    Cf Is 49, 23; 60, 4; 63, 8-9; Dt 32, 10 s.; Os 11, 4; Sal 68, 20; etc.

2    Cf Sal 118, 22; Mt 21, 42; etc.

3    Ez 34, 11-12.13-16.

4    Cf Lc 1, 45.48; cf Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 114, 148 y 149.


Fotografía por Ferran.
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