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Entrando en Cuaresma

Ronald Rolheiser (Trad. Carmelo Astiz, cmf) -
A veces nos puede ser útil la etimología de una palabra. Lingüísticamente, la palabra inglesa por Cuaresma es “Lent”.  Este vocablo “Lent”  se deriva de una antigua palabra inglesa que significa primavera. En latín, “lente” significa lentamente. Etimológicamente, pues, la palabra Cuaresma (“Lent”,  en inglés) apunta a la llegada de la primavera y nos invita a aminorar el paso de nuestras vidas para ser capaces de evaluarnos a nosotros mismos.

Eso capta algo del significado tradicional de la Cuaresma, a través de la mentalidad popular. Ésta entiende la Cuaresma principalmente como un tiempo en el que se nos pide ayunar de ciertos placeres normales, en orden a disponernos mejor  para la fiesta de la Pascua.

Una de las imágenes utilizadas para esto es la idea bíblica del Desierto.  Se nos dice que Jesús, para prepararse para su ministerio público, se adentró en el desierto durante cuarenta días y cuarenta noches. Durante ese tiempo ayunó, y, como nos dice el evangelio de Marcos, fue puesto a prueba por Satanás, estaba con animales salvajes y era cuidado por los ángeles.

La Cuaresma se ha entendido siempre como un tiempo para que imitemos esto, para pasar metafóricamente cuarenta días en el desierto como Jesús,  sin la protección de alimentación normal,  de forma que confrontemos a “Satanás” y a los “animales salvajes”, y veamos si los “ángeles” vienen de verdad a cuidarnos cuando alcancemos el punto en el que ya no podemos cuidarnos a nosotros mismos.

Para nosotros, “Satanás” y los “animales salvajes” significan, o se refieren especialmente, al caos en nuestro propio interior, que normalmente o lo negamos o simplemente rehusamos afrontarlo.  Éste es nuestro caos: nuestra paranoia, nuestra ira, nuestros celos, nuestro distanciamiento de los demás, nuestras fantasías, nuestro creernos grandiosos, nuestras adicciones, nuestras heridas sin cicatrizar, nuestra complejidad sexual, nuestra incapacidad para orar realmente, nuestras dudas de fe y nuestros secretos morales. El alimento normal que comemos, en la distraída vida ordinaria, funciona para sellarnos del caos más profundo que se esconde bajo la superficie de nuestras vidas.

La Cuaresma nos invita a dejar de comer lo que nos protege de tener que afrontar el desierto que hay dentro de nosotros. Nos invita a  sentir nuestra pequeñez, a sentir nuestra vulnerabilidad, a sentir nuestros miedos y temores, y a abrirnos al caos de nuestro desierto,  de forma que podamos finalmente dar a los ángeles una oportunidad para alimentarnos. Ése es el ideal cristiano de Cuaresma, afrontar nuestro caos.
Para complementar esto, me gustaría ofrecer tres ricas imágenes míticas; cada una de ellas explica un aspecto de la Cuaresma y del ayuno:
  • Primera imagen: La ceniza. En cada cultura, hay historias antiguas, mitos, que nos enseñan que todos nosotros, a veces, tenemos que sentarnos sobre las cenizas.  Todos sabemos, por ejemplo, el cuento de la Cenicienta. El nombre mismo significa literalmente, la muchachita (puella, en latín) que se sienta sobre las cenizas (cinders). La moraleja de la historia es clara: Antes de que llegues a ser hermoso/a,  antes de que te cases con el príncipe o princesa de tus sueños, antes de lograr asistir a la gran fiesta, tienes primero que pasar algún tiempo solitario en las cenizas, humillado,  manchado, ocupándote del deber y de lo no atrayente, esperando. La Cuaresma es esa época, tiempo para sentarse sobre las cenizas. No es casual el que comencemos la Cuaresma marcando nuestras frentes con ceniza.
  • La segunda imagen mítica es la de sentarse bajo Saturno, de ser un hijo de Saturno. Los antiguos creían que Saturno era la estrella de la tristeza, de la pesadez del corazón, de la melancolía.  Según eso, ellos no siempre se asombraban cuando alguien caía hechizado por Saturno,  es decir, cuando alguien se sentía triste o deprimido.  Efectivamente, ellos creían que todos tenían que pasar algunas temporadas de sus vidas siendo hijos de Saturno, es decir, sintiendo el corazón pesado, apesadumbrado por la tristeza, esperando pacientemente mientras algo interior importante se desarrolla dentro del alma.  Algunas veces, los mayores o los santos se pondrían voluntariamente bajo Saturno, es decir,  como Jesús yendo al desierto. Se someterían a una tristeza auto-inducida, con la esperanza de que esta melancolía fuera un medio eficaz para alcanzar alguna nueva profundidad de alma. Ésa es también  la función de la Cuaresma.
  • Finalmente tenemos la rica imagen , encontrada en algunas mitologías antiguas, de dejar que nuestras lágrimas nos reconecten con la corriente del agua de vida, de dejar que nuestras lágrimas  nos vuelvan a conectar con los orígenes de la vida. Las lágrimas, como sabemos, son sal y agua. Ahí tenemos un profundo significado. También los océanos son sal y agua y, según sabemos también, de ahí toma sus orígenes toda vida. Por eso logramos la idea mística y poética de que las lágrimas nos vuelven a conectar a los orígenes de la vida, que las lágrimas nos regeneran, que nos limpian de una forma que nos dan vida, y que  las lágrimas profundizan el alma dejándole gustar literalmente los orígenes de la vida. Dada la verdad de esto, y todos la hemos experimentado, las lágrimas son también un desierto en el que hay que entrar como una práctica cuaresmal, un vehículo para alcanzar  nuevas profanidades del alma.
La necesidad de la Cuaresma se siente en todas  partes: Sin sublimación nunca podemos alcanzar lo que es sublime. Para entrar verdaderamente a una fiesta tiene que haber primero un ayuno. Para llegar propiamente a la Pascua, tiene que haber primero un tiempo de desierto, cenizas, tristeza y llanto.
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