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Encarnación y globalización

Antonio Sánchez Orantos, cmf -

La humanidad está cayendo en una globalización que anula el enriquecimiento que siempre generó el diálogo intercultural. El deseo de imponer un único patrón de vida, pensamiento único, destruye la originalidad del ser humano. ¿Acaso no comprendemos que la pérdida de rasgos originales, también en la Iglesia, nos va haciendo aptos para la clonación? ¿Acaso no comprendemos que la gran necesidad del «único» del pensamiento o del «pensamiento único» son muchos ceros y siempre a la «derecha» (y cuantos más  ceros más crece el uno…)? Sí, deja de leer y mira, sin más, este sencillo esquema… e incrementa, más y más, hasta cansarte, los ceros (cuantos más ceros, repito y repítete tu, más crece el uno) y concluye, con libertad, quién tiene y quién quiebra la posibilidad de ser de verdad.

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 El poder se concentra y globaliza. Continentes en la miseria junto a niveles tecnológicos jamás soñados. Posibilidades asombrosas de vida y millones de hombres desocupados, sin hogar, sin asistencia médica, sin educación, sin agua y sin pan… Y los hombres y mujeres de nuestro tiempo -somos, también, nosotros- cada vez más temerosos de enfrentarnos a ese «único» que parece que es el «único» que «piensa»: miedo a peder el trabajo, miedo a ser expulsados, miedo a ser condenados, miedo, incluso, a perder la gracia de ser salvados.

 La total asimetría en el acceso a los bienes, socialmente producidos –no conviene olvidarlo-, está exterminando las clases medias y, por eso, el sufrimiento de millones de hombres y mujeres que viven en la miseria está permanentemente incrementándose -delan¬te de nuestros ojos, por más esfuerzos que realicemos para cerrar nuestros párpados-. Y no confundamos los términos. No es problema de izquierdas contra derechas, de rojos contra azules. Si el seguidor de Jesucristo no escucha el grito de los millones de hombres y mujeres que sufren injustamente y si desde este escuchar no busca alumbrar nuevos caminos de vida, ni será pobre, ni tendrá vida, ni será evangélico, ni tendrá futuro su aparente fidelidad. Gestos sacros que esconden la falta de fidelidad a lo Santo: el gran pecado del hombre y de la mujer que dicen profesar fidelidad a la voluntad de Dios. ¿En qué «dios» creen?

 Esta no es la crisis del sistema capitalista, como muchos imaginan. Esta es la crisis de toda una concepción del mundo y de la vida, basada en la idolatría de la «razón lógica», generadora de «mundos perfectos» desde el quehacer lógico/científico/técnico, pero incapacitada para la sensibilidad, para la estética, para lo verdaderamente humano. Guerras que unen la antigua ferocidad a su inhumana mecanización (¡¡¡bombas inteligentes!!!… y nos maravillamos), dictaduras, enajenación del hombre, destrucción catastrófica de la naturaleza, neurosis obsesivas e histerias generalizadas en búsqueda de enemigos a los que culpabilizar… ¿Qué ha sido de aquel proyecto ilustrado, de progreso, que daría solución a todos los problemas de la humanidad? No se ha trabajado desde la fidelidad a lo humano y desde la fidelidad a la tierra. El saber se convirtió en poder, el poder en apropiación y la apropiación en explotación de todas las regiones de la tierra.

 Siempre hubo ricos y pobres, grandes salas de baile y mazmorras, fastuosos banquetes y muertos de hambre… Y, por eso, siempre la profecía, entrega de la vida para que otros vivan, levantando su voz para anunciar un mundo nuevo y una vida nueva. Y nosotros, los seguidores de Jesucristo, somos herederos del Profeta de la fraternidad, del Profeta de los gestos humanos, del Profeta que supo renunciar a su categoría de Dios -sin alardes- para poder acompañar el sufrimiento de los hombres -pasando por uno de tantos- y generar, desde la pobreza, vida nueva y verdadera. ¿Cómo podremos hablar de los grandes valores, aquellos que justifican la vida, cuando nos descubren buscando una santidad que calla y hasta consiente  - porque quizá tenemos otras santas preocupaciones- que millones de hombres mueran sin dignidad? La falta de gestos, humanos y muy humanos, genera tal violencia, tal rechazo, que ninguna pastoral, ni siquiera la vocacional, podrá nunca remediar y, menos, salvar.
 

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