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En el encuentro con el otro, se produce la experiencia de Dios.

Manuel Espiau (economista) -
    La experiencia de Dios se produce desde mi punto de vista cuando tenemos un encuentro con Otro, con Otros y se produce la experiencia de una relación, que se sitúa «más allá» de la propia experiencia.

    Un ejemplo: Colas, de unos 55 años, es un taxista que habitualmente nos lleva a Murcia, cuando regresamos de hacer nuestro trabajo, en un pueblo que está unos 40 kilómetros de la capital. Colas nos cuenta siempre anécdotas y chascarrillos de su pueblo. Esta vez son las doce de la noche. Colas está callado mucho tiempo y de pronto empieza a sollozar. Nos dice que se ha separado de su mujer y que no sabe como hacer para seguir viviendo. Y sigue: «Ustedes, que tienen carrera y, sin duda, más conocimientos que yo, ¿saben si el desamor es la muerte? ¿saben si el desamor se puede superar?». Al llegar a Murcia seguimos hablando con él hasta las tres de la madrugada y no hemos sabido decirle nada. Sólo le hemos escuchado. Pero, ¿qué decir a quien ha intuido que el desamor es la muerte?

    Otro ejemplo: el cansancio moral ha hecho mella en el equipo que trabaja conmigo y, al celebrar una reunión, les propongo cambiar el orden del día y tratar de lo siguiente:
  1. lo cotidiano o nos aplasta o nos libera y enamora;
  2. los impulsos de nuestro corazón en esta situación nos llevaban a ser negativos ante las dificultades y obstáculos que se nos presentan, pero debemos tener la voluntad y la fe, realimentadas por nosotros mismos, de ser perseverantes en el logro de objetivos positivos;
  3. ¿entendemos que nuestra tarea de cada dio es un instante de la creación, que la providencia no nos va a dispensar de esfuerzo y dolor, que andar el camino de cada día, con los Otros, es la manera trascendente de crecer? Al final de la reunión me dicen que estoy loco. Pero todos tenemos conciencia de que hemos dado un paso juntos.
    Algo más. Memos concebido un proyecto en el que el objetivo es: «Ir hacia arriba y hacia adelante, con las personas y con las cosas». El proyecto es interrumpido y alguna de las personas que intervinieron en él desaparecen de mi entorno. Caigo en la soledad, la desesperación y el cansancio. Y tengo que vivir a la vez la experiencia de la mediocridad-mezquindad y la de la consistencia.

    El silencio y el esfuerzo me acompañan en esta larga andadura. Al final de este camino veo con claridad que «la amistad es una relación entre personas que construye el alma». Todo ha merecido la pena.

Me parece, pues, que si estamos atentos a la realidad de cada día dentro y fuera de nosotros mismos, ya sea para abrazarla, atacarla, ignorarla o para prestarle toda nuestra atención; y respondemos a esa realidad con una gran sensibilidad, vivimos nuestro espíritu cristiano. Y en esto de la sensibilidad hacia los otros, Jesús, el hijo de María, la de Nazaret, llegó a la plenitud.
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