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El ser humano y los yogures

Esther Cagigal, monja trinitaria en el monasterio de Suesa - (CANTABRIA) -
Esther Cagigal, monja trinitaria en el monasterio de Suesa - (CANTABRIA).

    ECLESALIA , 11/07/06.- No puedo evitar que mi mente, un poco juguetona, recurra a la imagen de los yogures cada vez que a nuestra hospedería se acerca alguien con la mirada prendida de un interrogante. Todos llevan un tiempo, más o menos largo buscando. Todos (y ahí viene la metáfora) siguen “consumiendo yogures”, “levantando la tapa” y deseando no encontrar la desalentadora frase de ”sigue buscando”. Por ese proceso hemos pasado muchas personas que ahora creemos, como mínimo, estar en un buen camino.
Yo no sé si el ser humano lleva adherida al alma la capacidad eterna de buscar, o la capacidad de buscar eternamente. Ni sé siquiera si alguna vez se deja de buscar. Pero lo que sí sé, por experiencia propia, es que durante la búsqueda es cuando el alma crece y se llena de deseo. Y es el deseo el que hace avanzar por el camino, el que pone en tensión el ser entero, buscando fuentes.
Tenemos sed y el estilo de vida que impera en la sociedad nos pone la botella de agua en el estante de arriba. Por eso el camino de búsqueda de “algo más”, de “Alguien más” es para personas esforzadas siempre y cabezotas las más de las veces.

Hace unos días llegaba a nuestra hospedería una mujer con el alma rebosante de sed. “Necesito anclar el alma”, me comentaba, “no puedo seguir así”. Y yo recordaba una frase (con trazos teresianos) que Flaubert coloca en su obra Madame Bovary: “No sabía que, cuando los desagües están atascados, la lluvia forma lagos en la terraza de las casa, y así habría permanecido en su seguridad, de no descubrir súbitamente una grieta en la pared”.
Cuando el alma duda, cuando se quita la bata y las zapatillas de la comodidad, entonces comienza un atormentado camino de desinstalación, de purificación, de crisis, en definitiva, de búsqueda de grietas por las que colarse y hacerse más ligera. Es necesario doblar la esquina y asomarnos a la otra calle, la que no frecuentamos, donde quizás encontremos alguna respuesta.
Estamos metidos de lleno en la búsqueda espiritual y se nos hinchan las velas del alma cada vez que sopla una pequeña brisa. Buscamos respuestas en múltiples caminos acudiendo a encuentros, talleres, conferencias,... cuando, tengo cierta sospecha, la respuesta está en el interior de cada cual. Quizás, si le dedicáramos más tiempo al sosiego, al descanso de cuerpo y espíritu, a la armonía con la creación (de la que tanto hemos de aprender sobre sus ritmos, sus esperas, su generosidad...), a los pensamientos positivos, o a la oración sencilla, quizás entonces descubriríamos el comienzo del premio debajo de alguna tapa de yogur. O quizás, sencillamente, no nos sentiríamos tan solos en la aventura de buscar; que iniciar este camino con otros-as conlleva la posibilidad de enriquecernos con la búsqueda y logros ajenos. Aunque la historia es de cada uno, de cada una, y no se puede traspasar.

    Pero... realmente, cuando Dios susurra en el oído deja, durante mucho tiempo, resonando, como un diapasón, su palabra.
Él sabe acercarse y cogernos de repente, cuando menos lo esperamos. Y, poco a poco, enamorado, va seduciendo nuestro corazón, si tenemos éste un poquito deseoso de amor, si, como dice una amiga, nos dejamos encontrar.
El susurro, espíritu de Dios, va envolviéndonos lentamente, como la niebla al subir un puerto, y en ese “no ver” se hace él más presente, o nos hacemos más conscientes.
Necesitamos urgentemente el silencio, y cerrar los ojos para desarrollar nuestro sentido de la espera y del encuentro, nuestro sentido de la intensidad. Todo es más intenso si nos hacemos conscientes. El alimento sabe, huele y se palpa distinto si lo saboreamos con los ojos cerrados, lentamente y centrándonos en ese acto. La conversación es más profunda si buscamos un lugar apartado y tranquilo. El susurro de Dios es un grito si pre-disponemos nuestro interior, sensibilizándolo en la calma, en la integración, en la inmersión en nuestro yo habitado.
Dios nos susurra continuamente. Desde el comienzo de nuestra existencia somos acunados en el susurro. Otra cosa es que seamos conscientes del balanceo de nuestra vida en las manos de Dios, en el regazo de la Vida.
Por eso son muchas las personas que experimentan ese interrogante, porque perciben una carencia en su vida.
Ojalá que desde nuestra fe podamos dar respuestas a esos anhelos, porque creo sinceramente que poseemos los medios adecuados, la tradición y la pasión necesarias para colmar corazones. Pero hemos de re-descubrir la intensidad.
Sigamos buscando, desde cualquier punto del camino en el que estemos.

Para más información: www.montrinisuesa.net
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