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El Secreto de una Celda Monacal

Ron Rolheiser (Traducido por Carmelo Astiz, cmf) -
Los monjes guardan secretos dignos de conocerse, aunque a veces el valor de un cierto secreto no se hace inmediatamente evidente.

Un secreto así tiene que ver con la celda de un monje y con la importancia que los escritores espirituales clásicos dieron al monje que permaneciera en su celda. Por ejemplo, Abba Moisés, uno de los grandes Padres del Desierto, de color, aconsejaba a sus monjes: “Andad, sentaos en vuestra celda, y vuestra celda os enseñará todo”.

Otros Padres del Desierto acuñaron frases como éstas: “Anda, come, bebe, duerme, no trabajes, pero no abandones tu celda”. O “No ores, en absoluto; sencillamente, quédate en tu celda”. Tomás de Kempis, en su libro “Imitación de Cristo”, escribió acertadamente: “Cada vez que abandonas tu celda, regresas menos hombre”.

Un consejo como éste seguramente nos chocará, por desequilibrado, enfermizamente monástico, enfermizamente ascético, enfermizamente de “otro-mundo”, o simplemente desquiciado. Por lo menos, y como mínimo, nos chocará como algo que tiene muy poco o nada que ver con nuestras propias vidas normales, ajetreadas, complicadas, viriles… ¿Qué nos puede brindar un consejo como ése? ¿Acaso no debemos vivir con otros en comunidad?

Entendido correctamente, el consejo de permanecer en nuestra celda, y que la misma celda nos enseñe todo, ofrece algo de la sabiduría espiritual de los siglos, de los maestros espirituales. Permanecer dentro de nuestra celda es una de las claves de nuestra aventura humana y espiritual. Pero hay que comprender esto en su contexto. A saber:

Se da este consejo a monjes, a contemplativos profesionales, a personas que viven dentro de la clausura monástica, a personas cuya única vocación es vivir en soledad, a personas cuyo deber primario de estado es orar en silencio. En tal contexto, la palabra “celda” se convierte en una palabra codificada, que encapsula la vocación entera de un monje y sus obligaciones de estado. Entonces, cuando Abba Moisés dice: “Andad, sentaos en vuestra celda, y vuestra celda os enseñará todo”, está aconsejando en efecto la debida diligencia y la fidelidad. ¡Haced aquello para lo que vinisteis! Permanecer en la propia celda es sinónimo de fidelidad.

Y ése es un sensato consejo espiritual válido para todos, no solamente para monjes. Nuestra “celda” es una palabra alternativa que significa nuestro conjunto de responsabilidades, nuestros deberes de estado, nuestra debida diligencia y fidelidad dentro de nuestras vocaciones, relaciones, matrimonios, familias, iglesias y comunidades. “Abandonar la propia celda” es descuidar nuestras responsabilidades o ser infiel. Propiciar que “nuestra celda nos enseñe todo” es tener fe en que, si permanecemos fieles dentro de nuestros valores morales y nuestros propios compromisos, la misma virtud y fidelidad nos enseñarán entonces lo que necesitamos para saber lograr madurez y santidad.

Así entendida, la advertencia de Tomás de Kempis de que cada vez que abandonamos nuestra celda regresamos “menos-persona” se convierte en un consejo práctico: “Cada vez que coqueteamos con la infidelidad y cada vez que descuidamos nuestras responsabilidades, por eso somos menos-persona”. Es semejante, creo, a lo que los evangelios quieren decir cuando relatan que Pedro, inmediatamente después de traicionar a Jesús, “salió afuera” (llorando amargamente). Con palabras monásticas diríamos: Pedro “abandonó su celda”.

Dentro de la espiritualidad cristiana y de las espiritualidades de todas las grandes religiones del mundo, existe el paquete común de principios en torno a este tema: Estad atentos a vuestras responsabilidades legítimas, a vuestros deberes de estado. Haced con entusiasmo y fidelidad lo que el deber os pide, y eso os va a enseñar lo que necesitáis para saber llegar a Dios. La fidelidad a las exigencias de vuestra vida puede ser una forma profunda de oración. La fidelidad exige que sudéis sangre, a veces; que no abandonéis vuestros compromisos justamente porque son difíciles o porque el pasto parece más verde a la otra parte. Y especialmente existe el principio: “¡No seas infiel! Fidelidad a lo que Dios te ha llamado es la virtud fundamental. Quien persevere hasta el fin se salvará”.

Así pues, nuestra “celda monacal” es nuestro matrimonio, nuestro hogar, nuestro nexo de relaciones, nuestro trabajo, nuestro conjunto privado de cargas y tensiones, nuestra verdad, nuestra virtud, y nuestra integridad personal. Las obligaciones diarias son “nuestra celda”. La tarea espiritual consistirá en permanecer dentro de “esas celdas”, para que puedan enseñarte, para que lleguen a ser una forma de oración, para no coquetear con lo que “está afuera” de ellas, y para hacer de la fidelidad a ellas tu vocación. ¡Permanece en tu celda!

Después del funeral de Martín Lutero King, cuando las cámaras de televisión iban saliendo del cementerio, uno de los equipos de filmación enfocó a un anciano, que de pie, solo, al lado de la multitud, lloraba y rezaba . A la televisión en directo le gustan las lágrimas reales, y así enseguida un micrófono y una cámara se abrieron paso, dando empujones, en la aflicción personal de aquel pobre hombre: “¿Por qué está usted triste? ¿Qué significa para usted Martín Lutero King?”, le preguntaron.

Y él respondió: “El hombre que estamos enterrando hoy era un gran hombre, porque era fiel; creía en nosotros, incluso cuando nosotros dejamos de creer en nosotros mismos, y él permaneció siempre con nosotros aun cuando no fuéramos dignos de ello!”

Si este anciano apesadumbrado hubiera sido un Padre del Desierto o un Tomás de Kempis, hubiera dicho sencillamente: “¡Martín era un gran hombre – él permaneció dentro de su celda!”
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