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El pueblo de la noche

José Rovira cmf -
Me encontraba hace unos días hablando y discutiendo con un amigo sobre las características, las ventajas y los problemas de nuestro momento actual, ya sea en Roma, o en Italia, Europa, el mundo... Y, como no podía ser menos, a un cierto momento nos enzarzamos con dos típicas realidades que nos envuelven y comprometen: la de “el pueblo de la noche”, y “la generación @”. Vamos a dejar la segunda para otro momento. Parémonos en la primera, por hoy. Vivimos una verdadera “revolución cultural”, sobre todo en el mundo occidental; pero no estará de más recordar que, nos guste o no, esta revolución está afectando a todo el mundo, en particular al mundo juvenil, gracias a los medios técnicos y de comunicación social. Constatamos, por ejemplo, que en nuestra sociedad está disminuyendo rápidamente el influjo del político (la política está en crisis, la han desprestigiado muchos de sus mismos representantes) en favor del técnico, del grande empresario. Está desapareciendo una “mística” en favor del pragmatismo y de los intereses personales o de grupo. Mucha gente ha perdido la confianza en las ideas y lo que quiere es solucionar su problema económico, disponer de más dinero; lo demás, como se suele decir con aire desilusionado, es “música celestial”... Vemos y sufrimos el superdominio de los medios de comunicación: quien los posee, domina la sociedad, escoge las noticias que nos quiere dejar saber, insiste sobre las que a él le parecen y hasta que a él le parece...; nos hace pensar y desear lo que a él le interesa, haciéndonos creer (¡ahí está el colmo!) que es lo que a nosotros nos interesa... Es, además, la victoria del aparecer sobre el ser, el reino de la televisión, del Internet: existe lo que aparece en la pantalla; lo que no vemos, no existe. Hoy, por primera vez en la historia (¡!), podemos ver y asistir en directa a todo lo que sucede en el mundo, e incluso intervenir “chateando”. ¡Una maravilla que nuestros antepasados, incluidos los de la última generación, ni siquiera podían imaginar!; pero, como no nos armemos de suficiente sentido crítico, nos van a plagiar y a colonizar el cerebro y los sentimientos como tampoco nunca se había hecho..., convenciéndonos, además, de que no es plagio ni colonización, sino pura libertad nuestra... Ante este diluvio, la persona no tiene tiempo (¡ni ganas, muchas veces!) de entender realmente, discernir, profundizar...; es un alud irresistible, imparable. El individuo se siente impotente y fácilmente cae en la tentación de no resistir, de pretender a lo más aguantarse a flote, acabando por tomar una actitud puramente pasiva: “Hoy día es así”, “Hago lo que hacen todos”; consolándose con que “No soy el único”, y “Hay que vivir al día”... El sujeto vive en capítulos o bloques separados, como se quita o se pone una parte o una pieza de un electrodoméstico cuando se estropea: no se la arregla, se sustituye. Le cuesta ver una unidad en su vida, un proyecto global, una “vocación”. De ahí deduce que tampoco es necesario aquello que algunos llaman o llamaban “coherencia”, ni encuentra dificultad en ser contradictorio entre ideas y comportamientos: puede cambiar continuamente, cada día...; una parte puede ser de una “marca” y otra de otra, como sucede en el montaje de una computadora... No es que la adolescencia y juventud actual no busque y no ame algo así como “valores”; frecuentemente los busca, pero rechaza ciertas estructuras y crea otras: viste de una cierta manera, come o bebe tal o cual cosa y en tal o cual local, se tatúa, se pone uno o varios pendientes en los sitios más inverosímiles (y no bajo a detalles que Uds. ya conocen). Lo que rechaza es la “tradición” como realidad indiscutible que hay que aceptar en bloque; al joven le gusta, en cambio, escoger “su” menú en la variadísima carta que ofrece nuestro restaurante. Otra característica es el hecho de que la velocidad de los cambios se multiplica hoy día de manera exponencial, debido a lo cual –por ejemplo- la distancia entre las generaciones aumenta rápidamente. Antes se decía: “Viejo es todo el que tiene quince años más que yo”; pero, ahora vemos que para un quinceañero son ya “viejos” los que pasan de veinte o veinticinco años. (¿Quién sabe cómo nos juzga a los que pasamos de sesenta: simplemente, como dinosaurios de un interminable “Jurassic Park?). Parémonos ahora en uno de los aspectos quizás más significativos de la vida de nuestros jóvenes y adolescentes de hoy. Para los “mayores”, el día estaba hecho para trabajar y vivir, y la noche para dormir y descansar; según la nueva generación, el día es para trabajar lo indispensable y descansar, y la noche para disfrutar. No es simplemente un cambio de horario, sino de cultura. Efectivamente, los jóvenes se han convertido en “el pueblo de la noche”, como dice un libro que acabo de leer (C. Climati, “El pueblo de la noche. Discotecas, éxtasis y alcohol: ¿nuevas soledades u oscuridad que hay que iluminar?”). La noche les da un tiempo y un espacio en el que encontrarse con los coetáneos, lejos del mundo de los adultos (“viejos”) que mientras tanto duermen. Vuelven a casa a la mañana siguiente. Después de todo, el mundo de los adultos, no sólo es demasiado cerrado para ellos, demasiado inflexible, sino incluso demasiado caro..., y mucho joven no dispone de grandes recursos económicos. Se sienten atraídos por quien les permite hacer una experiencia u obtener algún tipo de certeza o calor (un cantante, para algunos incluso Juan Pablo II...), si bien esto no quiere decir que luego sigan lo que dichos personajes dicen o hacen (por ejemplo, el Papa). La Iglesia no les gusta porque, por una parte, desconocen los contenidos de fondo de la fe (¡hay que ver la sorpresa de no pocos cuando se les habla con seriedad!; se da un analfabetismo religioso increíble en nuestros países “cristianos”); y, por otra parte, ven a la Iglesia como una estructura pesada, envejecida, cerrada..., en un mundo (¡el suyo!) hecho de flexibilidad, emergencia, experiencias puntuales y cambios incesantes. Siempre me ha dado que pensar la frase que me dijo un muchacho cuando yo era asistente de un grupo scout: “Pepe, no nos hables de lo que sabes, sino de lo que vives”. Entre el todo y la nada, la Iglesia exige el todo (toda la moral, todos los mandamientos, toda la vida...), mientras que ellos quieren probar, dejar, volver..., “usar y echar”; no un menú ya preparado, sino una variedad infinita de tapas y entremeses (de “pica-pica”); no el plato completo, nutritivo, cocinado a fuego lento..., sino los bocadillos, las patatas fritas, el “fast-food”. Y si participan casualmente en alguna celebración religiosa organizada especialmente para ellos, muchos juzgan que: “Ha sido una experiencia interesante”, que quizás les haya dejado algo; pero, luego pasan a otra cosa. Así sucede frecuentemente con la “Jornada Mundial de la Juventud”, un campamento, un retiro, un encuentro con un personaje “curioso”, sin excluir que pueda tratarse de un sacerdote o religioso entregado a los pobres: tal vez lo admiran, se conmueven..., pero acaban pensando: “Esto no hace para mí, no es mi caso...”. Esta es una realidad humana, familiar y eclesial lejísima de la del mundo de los adultos, de muchos padres, creyentes practicantes. La incomprensibilidad intergeneracional es obvia e inevitable. En la mejor de las hipótesis se respetan a distancia; pero, la mayoría no se entienden. Los adultos, por su parte, se consideran impotentes para continuar imponiendo su mundo, el “justo y verdadero”. Sucede a nivel de familia, de parroquia, de diócesis, de Iglesia. Muchos mayores en el fondo esperan que con el tiempo sus hijos empiecen a razonar, es decir, cambien de mentalidad y acaben pensando como ellos; mientras que sus hijos están convencidos de que el tiempo juega en su favor, y que a los mayores basta dejarlos en paz: total, van por delante y envejeciendo...; ya se irán. ¿Quiere decir esto que se justifica una visión totalmente negativa de la nueva generación? No, absolutamente. Tiene sus defectos, como los tiene toda generación. Pero, no podemos negar en muchos jóvenes (¿la inmensa mayoría?) un deseo sincero de abrir horizontes, ensanchar puertas, superar hipocresías, tabúes, perezas mentales y anquilosamientos en los que muchos adultos nos movemos como peces en el agua. Nos ponen en crisis, nos obligan a repensar, quisieran rejuvenecernos. ¡Gracias! La única cosa que les pediría, por mi parte, es que no dejen nunca de lado su espíritu crítico, y que sepan enfocarlo también de cara a sí mismos, a sus cosas, modas y tabúes también intocables...; que no olviden que la juventud es un período breve de la vida que también ellos poco a poco van a desertar, y que su generación no es la última: se la van a criticar dentro de pocos años sus propios hijos. De ahí que en la sociedad, en la familia, en la Iglesia, no basta que más o menos nos toleremos: ¡tratemos de acogernos!; saldremos ganando todos.. En conclusión, visto todo, hay que reconocer que vivimos en un mundo que, además de sus riesgos y fallos, ofrece posibilidades fantásticas. Yo no quisiera volver atrás, a tiempos idos. Ya me está bien el 2004; al menos hasta el próximo 31 de Diciembre... Acabemos volviendo la mirada a la Palabra de Dios. Ojalá se cumpla una vez más aquello que leímos durante la pasada Navidad y Epifanía: “El pueblo de la noche vio una grande luz... Hiciste grande su alegría, Señor. Alegría por tu presencia...” (Isaías 9, 1-2); en efecto, “... al verla, ellos se llenaron de inmensa alegría” (Mateo 2, 10). Arrivederci!
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