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El perdón nuevamente

Ángel Aparicio Rodríguez, cmf -

    El discurso eclesial finaliza con la parábola del siervo sin entrañas (Mt 18,23-35). En el seno de la iglesia de los primeros tiempos se viven tensiones e injusticias semejantes a las que pueden vivirse en la iglesia actual. Ninguna parábola mejor que la del siervo inmisericorde para poner de relieve la conducta del cristiano ante los conflictos vividos en el seno de la comunidad eclesial. Cuantos formamos la Iglesia, Pedro y los demás discípulos, debemos evocar constantemente el perdón que nos otorga Cristo y las exigencias de la vida fraterna. Ésta es la finalidad que tiene la parábola del siervo sin entrañas.

    Al frente de la Iglesia, como señor de ella, está el rey, que simultáneamente es juez inapelable. Cuando se puso a ajustar cuentas a sus siervos, se encontró con uno que le adeudaba una enorme cantidad: «diez mil talentos», es decir, unos cincuenta millones de pesetas oro de las de antes. No sé la equivalencia en euros actuales; en todo caso, una cantidad exorbitante. No podrá pagar tan gran cantidad, por mucho que suplique: «Ten paciencia conmigo y todo te lo pagaré» (v. 26), aunque sean vendidos como esclavos él y todos los suyos, y sea despojado de sus pertenencias. El rey, con un gesto inesperado de compasión y de misericordia, vas más allá de lo que le suplica el siervo: le perdona todo. ¡Qué distinto el proceder del siervo perdonado con su hermano y consiervo! Se diría que el siervo perdonado se olvida inmediatamente de lo que acaba de suceder. Nada más salir de la presencia de su señor se arroja sobre su compañero que le debe una miseria: tan sólo cien denarios, es decir, unas ochenta pesetas oro. Pese a que el consiervo le suplica con las mismas palabras con las que el gran deudor se dirigió a su Señor, el siervo perdonado fue inmisericorde con su compañero. Los hermanos, compañeros, se sorprenden ante el comportamiento tan inhumano y tan poco agradecido del siervo sin entrañas. Se extrañan ante los conflictos existentes en la comunidad: «Al ver sus compañeros lo ocurrido –narra la parábola–, se entristecieron mucho y fueron a contar su señor todo lo sucedido» (v. 31).

    El siervo insolvente no había pedido que se le perdonase la deuda. El rey le concedió el perdón como gracia. Pues bien, así como el rey tuvo misericordia y compasión con el siervo insolvente, ¿no deberían haber sido éstos los sentimientos de ese siervo con su hermano? ¿No era la conducente haberle tratado como él fue tratado? Como el siervo insolvente no fue misericordioso con su hermano, como no le perdonó, el rey excluye de la gracia al siervo sin entrañas. El final y la finalidad de la parábola llega en el último verso: «Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano» (v. 35). La vida cristiana se asienta en dos pilares: la gratuidad absoluta del perdón divino y la exigencia solemne del perdón fraterno. Lo dirá Juan con palabras distintas unas décadas más tarde: «Si alguno dice: ‘Yo amo a Dios’ y odia a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (1Jn 1,20).

    Lo que importa, en definitiva, no son los bienes o la carencia de ellos, sino el perdón y la gratuidad abierta a todos, tanto en el aspecto espiritual como en el económico. El evangelista apuesta por una economía convertida en signo de perdón. Cuando las exigencias de la fraternidad nos toca el bolsillo, no huyamos, sino que estemos dispuestos a amar a Dios (al hermano) más que cualquier otra riqueza, por encima de toda riqueza.

Para Pensar:

Concuerdo plenamente con Moltmann, cuando dice que el Dios de Israel no es un Dios apático, incapaz de sufrir, que reina desde el cielo envuelto en su insensibilidad... En la literatura rabínica encontramos una variedad infinita de pruebas y de interpretaciones escriturísticas, que nos hablan de Dios como de uno que se ha humillado, que se ha hecho servidor de Israel y ha sufrido por su pueblo... Este modo de representar­se a Dios no tiene nada que ver con un rígido monoteísmo... Es un Dios que se comunica y que por lo tanto espera también, en su propia realización, en el hombre. Es un Dios que puede sufrir en su imagen creatural, hasta la muerte. Es un Dios que quiere 'cum-patire' y 'cum-amare', en el doble sentido de la simpatía. Un Dios que quiere proponer­nos, también en el sufrimiento, una 'imitatio Dei'+ (P. Lapide, Monoteis­mo ebraico, Brescia 1980, 48-49).
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