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El otoño de un cura

Josep Rovira -

“La vida del hombre son setenta años, / ochenta para los más robustos (...) / Oh Dios, enséñanos a contar nuestros días, / para que obtengamos un corazón sabio” (Salmo 90,l0.12). Así escribía el salmista de la Biblia hace unos tres mil años, y en un tiempo en que la mayor parte de la gente no llegaba probablemente a los cincuenta. Teniendo en cuenta cómo ha cambiado el tipo de vida, hoy en muchas partes se podría decir algo parecido, añadiéndole unos diez años más a disposición (“... ochenta, / noventa...”).

Dicho Salmo me ha venido a la mente leyendo un libro que acaba de publicar un sacerdote muy “salado”, que ha entrado ya en los ochenta ( A. Casati, “L’autunno del prete”, Assisi 2011). Ha querido poner por escrito cómo se siente a esta edad y dar algunos consejos a los posibles coetáneos que andan por ahí y a los que esperamos poder ir llegando poco a poco a dicha meta. Consejos válidos en buena parte –dicho sea de paso- para todo hijo de Adán y Eva. Y, si me permiten, a continuación voy a entremezclar mucho también de mi “cosecha”, dado que me estoy acercando a la edad del Salmo.

Un primer consejo es el que me dió hace años un muchacho en un campamento scout. En aquel momento estaba yo haciendo mi tesis doctoral, y los chicos lo sabían. Estábamos sentados en el prado; había hablado el “jefe”, y luego me tocaba a mí, el cura. Antes de que abriera boca, uno de los presentes me espetó: “Pepe, no nos hables de lo que estudias, ¡háblanos de lo que vives...!”. Sin pretenderlo, me recordó una frase de Pablo VI: la sociedad actual prefiere los testigos a los maestros. El maestro puede ser que hable de memoria, el testigo habla de lo que ha visto y oído; el maestro puede hablar de un modo y vivir de otro (Mt 23,1-7), el testigo no puede prescindir de lo que vive y ve (Jn 21,24; He 1,8; 2,32; 3,15; 5,32; 10,39-43...).

Otro consejo es el de aquel proverbio que dice: yo no soy responsable de la cara que tengo, sino de la que pongo. Dicho con otras palabras, nadie es culpable de no tener el cuerpo de Apolo o de Venus, porque no depende de él o de ella; pero sí somos responsables de lo que hacemos con él: hay gente fea la mar de simpática, y gente guapa que da pena; jóvenes envejecidos dentro, y ancianos que, sin ocultar la edad que tienen, saben mantener un “espíritu joven” que da gusto.

Llegados a una edad avanzada, una de las experiencias es que se tiene la impresión de que a lo largo de los años hemos ido cargando la mochila de cosas inútiles. Ya la vida ha hecho que dejáramos por el camino mucho fárrago; pero, aún así, nos damos cuenta de que las cosas esenciales son pocas, y que –valga la repetición- solamente las esenciales son tales. Y, aunque parezca banal, la primera cosa esencial de la que se da cuenta el sacerdote mirando hacia atrás es de lo que escribía san Pablo a su discípulo Timoteo: “... El momento de mi partida está ya cerca. He competido un buen combate, he llegado a la meta en la carrera, ¡he conservado la fe!” (2Tim 4,6-7). ¿Os parece poco? A lo largo de su vida, el sacerdote ha visto muchas fidelidades pero también muchos abandonos, por parte de otros y como tentación en la propia carne. Pero, en aquellos momentos se ha acordado de las palabras de Cristo a sus apóstoles en la sinagoga de Cafarnaún, al ver que muchos se iban: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6,67). Quizás en algún momento también nosotros quisimos irnos y un escalofrío corrió por nuestra espalda; pero, obtuvimos la gracia de susurrar, tal vez sin el ímpetu de Pedro, pero con la misma sinceridad: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69). Nos descubrimos entre aquellos de la última bienaventuranza pronunciada por el Maestro en el Evangelio, apareciéndose después de la resurrección a los Once: “Porque has visto Tomás has creído, dichosos los que van a creer sin haber visto” (Jn 20,29). Una bienaventuranza que encontramos también más tarde en la pluma de Pedro: “(Jesús) a quien amáis sin haberle visto; en quien creéis, aunque de momento no le veáis...” (1Pe 1,8). ¡Hemos conservado la fe! Llevamos rasguños y heridas, momentos de gozo y otros de “noche”; pero, ¡ahí estamos! Y, siguiendo de nuevo las palabras de Pedro, no hemos pretendido ni pretendemos imponer nada a nadie, sino testimoniar a Aquél que es el único que da sentido a la vida: “... Reconoced a Cristo como el Señor..., siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza. Pero hacedlo con dulzura y respeto...” (1Pe 3,15-16).

Cuánta gente, directa o indirectamente, en un momento u otro de la vida, dirige al sacerdote las palabras de aquellos peregrinos griegos que, no atreviéndose a acudir a Cristo, se acercaron a su discípulo Felipe y le rogaron: “Señor, queremos ver a Jesús”; y él junto con Andrés les acompañó hasta el Maestro (Jn 12,21-22). Quién sabe si, en vez de llevarles a donde Él, les hemos parado ante nosotros, o nos hemos limitado a hablarles de todas las normas que hay que cumplir, de los muchos documentos magisteriales, de la Iglesia como “imagen” que salvar, como espectáculo mediático más o menos impresionante, “poderoso”... Hace más de cuarenta años un tal, llamado Joseph Ratzinger, dijo: “La Iglesia es para muchos el obstáculo principal de la fe”. Es más importante lo vivido que lo hablado. Hace tiempo que leí que el momento más convincente en la vida de un sacerdote no es cuando habla bien, de manera solemne y culta..., sino cuando la gente lo sorprende de rodillas, en silencio, tal vez en un rincón oscuro de la iglesia que pocos visitan; cuando no se comporta como el sacerdote o el levita de la parábola, sino como el buen samaritano (Lc 10,30-37): pocas palabras, sólo las indispensables, pero sí gestos, hechos casi con rubor.

El sacerdote tiene que ser como Juan el Bautista. Cuando sus discípulos le dijeron: “Maestro, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, aquel de quien diste testimonio, mira, está bautizando y todos se van a él...”. El noble Juan respondió: “Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él... Yo no soy el esposo, sino solamente el amigo del esposo. Es preciso que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,25-30). También el sacerdote sabe que él no es el Mesías, pero trota contento sabiendo que su misión es la de ser el borriquillo sobre cuyo lomo Cristo entra en la Jerusalén de muchas vidas (Jn 12,12-20). No cede al falso celo de quienes –como el apóstol Juan- quieren impedir a alguien que actúe en nombre de Cristo porque “no viene con nosotros”, y Jesús le rependió (Mc 9,38-40); o aquellos que predicaban a Cristo para dar envidia a Pablo, y él en cambio se alegraba de que, fuera como fuera, se anunciase al Señor (Fil 1,15-18). Lo importante no es que se paren ante la figura del sacerdote, sino que por medio de él puedan llegar a Cristo y por Él al Padre; haciendo suyas las últimas palabras de María en el Evangelio cuando, ante la falta de vino en las bodas de Caná, los sirvientes se dirigieron a ella y ella les respondió: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5). Esto nos hará menos “sabios” según el mundo y más “carta de Cristo, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en los corazones” (2Cor 3,3); menos “padres” y “rabinos” y más hermanos (Mt 23,8-11); menos “jefes” y más servidores (Mt 20,24-28); menos “jueces” y más misericordiosos (Jn 8,11), con menos rigidez y más ternura (Mc 10,13-16), menos palabras  y más miradas afectuosas (Mc 10,21), menos discursos y más golpes de pecho (Lc 18,9-14), menos pretensiones de ser los primeros y más lavatorio de los pies los unos de los otros (Mt 20,27-28; Jn 13,2-17). Las cejas fruncidas atemorizan y alejan; la sonrisa no significa ni justificación ni burla del otro, sino disponibilidad, acogida, atención, comprensión, consolación, indulgencia, ánimo, apertura a la relación: “Suceda lo que suceda o haya podido suceder..., ¡tú eres bienvenido!”. 

Creo que el sacerdote, en su otoño, está llamado a ser cada vez más en el hombre de la misericordia y la ternura; misericordia y ternura que no son ante todo cuestión de palabras o documentos, sino de miradas y de cómo ponerse al lado de los demás, de cada uno, como Cristo miró al joven rico (Mc 10,21), a Zaqueo el publicano (Lc 19,1-10), a la mujer adúltera que querían apedrear (Jn 8,1-11), a la pecadora despreciada por el fariseo Simón y sus comensales (Lc 7,36-50). Cuántas veces una mirada o una actitud dicen y valen más que una larga conversación...

El sacerdote es el hombre en paciente espera, sediento de ofrecer la misericordia de Dios, disponible a encerrarse en aquel armario raro que llamamos “confesonario”; siempre dispuesto a escuchar, a perdonar en nombre de Dios, a dar un buen consejo, a distribuir a manos llenas comprensión, aliento, estímulo... y, contrariamente con cuanto sucede en la sociedad, a hacerlo gratis, porque le desborda del corazón y de la experiencia. Feliz cuando puede dar, sin obligar a recibir (2Cor 9,7; Rom 12,8; Sir 35,8). Teniendo siempre fijo en la mente que él es la imagen visible del buen pastor que: “... recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y conduce lentamente a las paridas” (Is 40,11); “... buscaré a las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas, a las gordas y fuertes las guardaré; las apacentaré como es debido” (Ez 34,16), y del padre que aguarda paciente, escucha y acoge (Jn 10; Lc 15). ¡Cuán diverso del escriba y el fariseo! (Mt 23,1-33). Y no sólo cuando está en el templo, en el trabajo o en el despacho parroquial, sino también por la calle, en la parada del autobus, sentado en el banco del parque, apoyado en la barra del bar o jugando a cartas..., a los pies de la cama del enfermo, en casa de quien se siente solo, dando una mano al joven inexperto o extraviado, sonriente ante la cotidiana maravilla del niño que descubre la vida o de la joven pareja que se abre al amor... Sin pretender hablar por fuerza, imponer, atosigar con consejos cuando nadie se los pide..., pero sí como la fuente del pueblo que ofrece su agua a todos, sin horarios fijos, sin cobrarles, ni obligarles, ni pidiéndoles antes la documentación...  Palabra de Dios hecha palabra y gesto humano; archivo de historia pasada siempre abierta al futuro. Un hombre que ve al mundo actual, no como el mundo de “los otros”, nostálgico de los tiempos que fueron, sino todavía y siempre como “su” mundo; sin absolutizar cuanto no lo merece, pero gozoso de vivir también hoy. Hombre que sabe que en sus homilías la gente fácilmente se cansa de escuchar; que cuando habla del mal y del pecado no usa el “vosotros” sino el “nosotros”, porque es consciente de que también él necesita contínuamente el perdón de Dios y ser evangelizado (Mt 6,12-13; Rom 7,14-25; 1Cor 9,27), y que acaba su reflexión siempre en positivo... Que sabe ser padre, hermano y amigo de cualquiera, practicante o no, católico o no, creyente o no; porque sabe que, más allá de cualquier etiqueta, todos somos igualmente hijos de Dios, y de alguna manera –sabiéndolo o no- estamos en camino hacia Él (Lc 19,9-10). No es pan expuesto para ser contemplado, sino ofrecido sobre la mesa, la de todos, a disposición de todos, dispuesto a ser comido por quien sienta hambre, quebrado y distribuido como el de la Eucaristía.

Dos últimos aspectos, típicos de la madurez humana y espiritual del sacerdote “otoñal”, son, en consecuencia: la paciencia, saber dar tiempo al tiempo, porque las personas corremos siempre pero en realidad necesitamos tiempo para las cosas serias y profundas, las de dentro de nosotros mismos, las de tejas para abajo. El sacerdote sabe que el Dios, del cual es servidor, es un Padre paciente, que espera y respeta el ritmo de cada uno; sabe que necesitamos poder desahogarnos, incluso cuando es para quejarnos (Is 40,11; Lc 15,11-32); necesitamos que a veces Dios finja no vernos, dándonos así tiempo para aprender o arrepentirnos (Sab 11,23-26). Aún después de concebido, el bebé necesita nueve meses de silencio y lento desarrollo para nacer sano; una vez sembrado, el grano necesita meses, viento, sol y lluvia, para nacer, crecer y madurar, no todo depende del labrador (Mc 4,26-29); y mientras nosotros corremos siempre, minados por la prisa, “Dios es clemente y compasivo, / lento a la cólera y lleno de amor” (Sal 103,8), prefiere la misericordia al sacrificio (Os 6,6; Mt 9,12-13). El sacerdote es  consciente de que tiene que perdonar si quiere ser también él a su vez perdonado (Mt 6,12; 18,23-35). Y el segundo aspecto de la vida de este cristiano es que no deja de alegrarse cuando alguien le da gracias por algo recibido de él, aunque él continúe haciendo lo que tiene que hacer sin esperar ni hacerlo depender del hecho de que se lo agradezcan (Lc 17,11-19; 2Cor 9,7; Rom 12,8); agradece una merienda preparada con afecto por Marta, la ternura de la unción de María, la franqueza de Lázaro, en casa de los amigos de Betania, aunque lo más importante para él no sea la merienda ni el perfume derramado, sino la amistad sincera de los tres (Lc 10,38-42; Jn 11,1-54; 12,1-8). 

Aplica a su vida la miniparábola de la sal, porque sabe que su presencia es como la de este mineral. Cuando en una comida falta sal, nos quejamos: “¡Está sosa!”; cuando hay demasiada, nos quejamos de nuevo: “¡Está salada!”. Cuando la sal está presente, pero en modo equilibrado, cumpliendo su “misión”, comentamos: “¡Qué rica está la sopa!...”. Olvidándonos de que es porque tiene sal. Sólo alguien tal vez piensa o dice: “Es gracias a la sal...” (Mt 5,13; Mc 9,50; Lc 14,34-35; Col 4,6). La sal, como la levadura, no las comemos solas, pero son imprescindibles para dar sabor y hacer fermentar (Mt 5,13; 13,33).

¡Eso sí que es haber vivido y continuar viviendo sin aspavientos pero con intensidad una vida “a la grande”, que vale la pena, aunque no salga en el periódico del día siguiente o en el telediario de la noche!

J. Rovira, cmf.
   

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icono comentarios 6 comentarios

Comentarios

Julius Julius
el 3/6/11
ENHORABUENA, pero echo de menos algo que no se dice de forma explícita: tuviste tiempoi para todo el mundo, porque tu tiempo es eterno.
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ama de casa ama de casa
el 4/6/11
Gracias por compartir tus vivencias: Ternura, comprensión, madurez... He puesto el adagio, de música de fondo y me ha sabido a Gloria.
Esto no va como el periódico al cubo de la basura, sino que queda como un bálsamo para animar al caminante.
¡Dios te bendiga!
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viartola viartola
el 5/6/11
Es la segunda vez que lo leo, y no será la última. Felicidades por todo lo que siente y vive este cura otoñal. Gracias por compartirlo.
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Fernando Fernando
el 6/6/11
Enhorabuena, Josep, por este comentario. Voy a ver si con el paso de los años me voy ajustando, me hago más misericordioso, más paciente y tantas cosas. Vamos que espero ser mejor cura, al menos para cuando llegue el otoño.
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Belmonte Belmonte
el 5/3/12
Caro Rovira, hace unos años vengo leyendo algunas cosas tuyas en Ciudad Redonda. Lo del otoño de un cura también me toca a mi, aunque sea, como tú sabes, "sui generis". Te felicito por lo haces y lo que escribes y sigue evangelizando con los dones que Dios te dió. Un grande abrazo desde el Brasil.
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Belmonte Belmonte
el 5/3/12
Caro Rovira, hace algunos años que vengo leyendo lo que escribes en Ciudad Redonda. Lo del otoño de un cura lo he vuelto a leer por estos días y me he decido a comentarlo porque también me ha servido a mí, aunque, como tú sabes, de una manera diferente. Te felicito por lo que haces y lo que escribes. Y continua evangelizando con los dones que el Señor te ha dado. Un grande abrazo desde el Brasil.
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