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El ocio como valor humanizador

Por Macario Díaz Presa -
Como, en mayor o meno grado, hemos ve­nido siendo todos creadores, por una parte, y tributarios, por otra, de un mo­delo de sociedad tendente a valorar al ser humano -hombre o mujer- por su «utilidad», «rendimiento» o «productivi­dad». ¡Una -no sabemos si solapada o descarada- cosificación de la persona! Felizmente, hoy, parecen ser otras las categorías axiológicas por las que se ri­gen mentes y actitudes. Es más viva la conciencia de esa «gratuidad» o dimen­sión «gratificante» por la que se define al ser humano y desde la que éste fun­damentalmente ha de orientar y progra­mar su vida.

Ahí encontraría su «topos» antropo­lógico el denominado «tiempo de ocio» como tiempo «gratuito» y «gratificante». Lo cual está ya suponiendo que el au­téntico ocio no es un tiempo cuantitatívamente mayor o menor para «no hacer nada». Es más bien -por paradójico que pueda parecer- un nuevo estilo de crea­tividad, una nueva posibilidad en las re­laciones, una nueva vivencia de la liber­tad. Los padres de nuestra cultura -grie­gos y romanos- parecen haberlo enten­dido y practicado mejor que nosotros.

El «estresado» hombre de hoy nece­sita una profunda cura de ocio, para así restablecer la armonía de sus centros re­guladores; es decir, para armonizar la satisfacción de sus necesidades materia­les con las de sus más nobles y espiri­tuales aspiraciones, mediante el equili­brio entre trabajo y ocio, entre acción y contemplación, entre el homo fabery el homo ludíais: toda una «espiritualidad» que, si no parece de este mundo, no es porque pertenezca en exclusiva al más allá, sino porque se escapa su secreto al desviado hombre de hoy, que tan frivo­lamente está identificando el «ocio» con los «hobby», las vacaciones y diversiones, el consumo de placeres, la calidad de la vida, etc., olvidando dimensiones más profundas de su existencia.

Solamente una adecuada paideia -individual y corporativa- nos hará ca­paces de armonizar -en fecunda sínte­sis- la cultura del trabajo renditivo con la cultura del ocio re-creativo y gratifi­cante. Los cristianos somos los primera­mente llamados a comprenderlo, procla­marlo e impulsarlo.

NO A LAS MÁSCARAS DEL OCIO

Para no identificarlo demasiado fri­volamente con las que no serían más que sus máscaras, dejemos bien claro, desde el principio, que el ocio, como servicio a la expansión y florecimiento del ser humano, representa una funda­mental, positiva y deliberada actitud in­terior. Supone, pues, saberlo conquistar. No es mecánico resultado de simples hechos externos: pausa laboral, tiempo libre, fin de semana, permiso, vacacio­nes, diversión, etc. El ocio supone saber ejercitarlo. Los antiguos griegos hablaban de scholén águein, que, literalmen­te traducido a nuestro idioma, significa ejercitar o actuar el ocio.

La vagancia no sería, pues, sino una máscara del ocio. Cabalmente por no ser diametralmente opuesto al trabajo, el ocio no es tampoco un tiempo inocupa­do en el sentido de un no hacer nada. La inocupación sería parálisis de toda crea­tividad; conduciría al hombre a hacerse una cosa vacía, muerta. La vagancia es incapacidad para el ocio, en lo que éste lleva consigo de afirmación y de gozosa aceptación que el ser humano hace de sí mismo, del mundo en su conjunto, de Dios. La vagancia, diría Kierkegaard, es la desesperación de la libertad, el desesperadamente no querer ser uno mismo». Antropológicamente, el ocio significa, pues, que, tras toda su desasosegada, estresante y suicida actividad laboral, sabe el hombre encontrarse consigo mismo.

Y máscara del ocio sería, sin más y - sí sola, la diversión. Divertirse es, sin duda, muy humano y humanizante. Pero ¿se sabe, en un mundo deshumaniza­do, qué es divertirse humanamente? porque hoy hasta las mismas diversiones parecen deshumanizadas. Y deshumanizadoras, ya que sus «consumidores» no vuelven, tras sus enervantes labores, si­no a encontrarse con todos los factores de la fatiga nerviosa de sus diversiones, la diversión moderna tal vez encuentra su verdadero nombre en ese decepcionante y hasta desesperado ¡Bonjour, tristesse!, de los personajes saganianos. No deja de impresionar, por su escalo­friante cinismo, la frase de Baudelaire: «Hay que trabajar, si no por gusto, por desesperación, ya que, en resumidas cuentas, el trabajo es menos aburrido que el placer». Lo mismo que a los trabajos inhumanos hay que oponerles co­mo ideal un trabajo humanizado, también a las diversiones inhumanas de hoy habrá que oponerles como ideal unas aversiones útiles, formativas, fecundas, humanizadoras.

EL OCIO ACTIVIDAD «RE-CREATIVA»

No es el ocio negación de actividad. El problema, diría también hoy, como en su tiempo, Aristóteles, «es saber con qué clase de actividad hay que llenar el ocio, para convertirlo en fuente de verdadera felicidad». El ocio es una actividad libe­rada y liberadora, relajante y fruitiva. ¿Por qué no calificarla de actividad lúdica? Lo es, efectivamente. No deja de ser significativo que un Tomás de Aquino, por ejemplo, asocie el «ocio de la contemplación» y el «solazarse el alma ju­gando con el orbe de la tierra».

Frente al trabajo-esfuerzo, el ocio es la actitud de la contemplación lúdica y festiva, propia del que «huelga». Ajeno a toda negatividad, el ocio vive, pues, de la afirmación. De Dios dice la Escritura que, contemplando complacido su obra, vio que era muy buena (cf Gn 1,31). Aparece, incluso, Dios jugando con la bola del mundo (cf Prov 8,30). El ocio humano es contemplación aprobatoria de la mirada interior proyectándose lúdicamente sobre la realidad de la crea­ción en lo que tiene de más bello y más gratificante.

Frente al trabajo-fatiga, el ocio re­presenta la no-laboriosidad, el descanso: no como vacío, sino como actitud perceptivo-receptora, como inmersión ex­tática, intuitiva, contempladora, en el ser. Es la actitud de quien se libera, se relaja, se abandona. También es ésta, se­gún el viejo Heráclito, una manera de actuar y de cooperar al acontecer del cosmos. EL ocio sería ahora algo así co­mo el reconocimiento del misterio del mundo, la postura de quien, confiando en las cosas, deja que sigan éstas su cur­so. Es la actitud del silencio como con­dición para la escucha de la realidad. Sólo quien calla percibe el no por silen­cioso menos elocuente lenguaje de las cosas.

Frente al trabajo-función social, el ocio viene a cortar perpendicularmente la línea del trabajo. El sentido del ocio no es simplemente facilitar, mediante descanso corporal o recreo espiritual, nuevas fuerzas para seguir trabajando. El ocio persigue un posibilitar al hombre ser él mismo y autorrealizarse como tal. Es en el ocio donde, mejor que en cual­quier otro ámbito, se protege y se salva lo más auténtico y nuclear de nuestro ser. Precisamente porque en el ocio pue­de alcanzarse un cierto autotrascendimiento no con el titánico esfuerzo de quien pretende lograr algo, sino con un como arrobamiento inesperado y fruiti­vo. Aun sin implicar agotador y fatigan­te esfuerzo, tal arrobamiento es, sin du­da, más difícil que la extrema y fatigosa tensión del trabajo, por estar menos a nuestro alcance.

Como síntesis de lo dicho, podemos ya definir el ocio como ese conjunto de actividades a las que puede uno entre­garse con todo agrado, sea para reposar, para entretenerse, para desarrollar su información o su formación desintere­sada, su participación social voluntaria o su libre capacidad creadora, tras haberse desligado de sus trabajos profesionales o de sus obligaciones familiares y sociales.

VALOR ANTROPOLÓGICO DEL OCIO

No es ninguna exageración afirmar que el ocio forma parte del destino y de la vocación del hombre, llamado a ser y a serificarse como tal. El ocio representa, pues, el retorno a la plena lucidez, un momento de desintoxicación, un espa­cio para volver sobre sí mismo y poder encontrarse, no con un yo solitario y mecanizado, sino con un yo en comu­nión con todo. Con un yo universaliza­do. Con yo en comunión: • Consigo mismo: saber convertir el ocio en ámbitos de soledad es prueba de sabiduría y de cultura. Quien vive el ocio como «soledad sonora» no es un solita­rio: dialoga espiritualmente consigo mismo, con el mundo, con los hombres de ayer, de hoy y de mañana, consciente de su más honda solidaridad con todos ellos.

• Con los demás: las horas de ocio son una excepcional oportunidad para ese gratuito y gratificante encuentro con «el otro» como igual y como diferente, a la vez, en respetuosa y gozosa convivencia del «nosotros» como «nos-uno» y vi­ceversa. Nunca ese carácter social del hombre se nos hace sentir tan al vivo como cuando entablamos tales relacio­nes gratuitas -afectivas, intelectuales, culturales- que nos permiten, en un dis­tendido clima de ocio, desarrollar nues­tras mejores aptitudes humanas y com­partir lo mejor de nuestra respectivo mundo interior.

• Con las cosas: ¿Queremos liberarnos de esa «fealdad» en que nos sumergen las pesantes horas del trabajo y de la vi­da cotidiana? Descubramos, reconozca­mos y saboreemos esa belleza encarna­da en las obras de la naturaleza, como resultado del juego de Dios con el mun­do, o del arte, como resultado del juego del hombre prolongando el juego de Dios. El acercamiento contemplativo a tales realidades no deja de ser un aspec­to capital de la cultura humanizante o del ocio «re-creativo». El mundo se nos presentaría entonces, no sólo como transformable mediante el trabajo, sino también, y sobre todo, como un espejo en el que se refleja la imagen de Dios, y hasta nuestra propia imagen. ¡Qué bien, desde tal intuición, pudo decir el poeta: «... sin vosotras, bellas fuentes, mí belle­za me sería incierta...!».

• Con Dios: Ya Aristóteles decía que «no puede el hombre vivir solamente en cuanto hombre, sino en cuanto algo di­vino mora en él». Y añadía ser, cabal­mente, el tiempo de ocio el que nos per­mite tomar más clara conciencia de esa divina trascendencia que nos habita y nos envuelve. El ocio se convierte así en una especie de «refontación religiosa». Porque, al permitimos un encuentro con la Fuente de donde procede -y con el Mar donde desemboca- el flujo de nuestra existencia, nos permite, a su vez, buscar y encontrar con más lucidez lo que Dios espera de nosotros como pro­ceso de humanización y humanización de la vida individual y colectiva: la mis­ma preocupación, sí, que la del increyente, pero con una perspectiva y pros­pectiva infinitamente más amplias, por más trascendentes.

CONCLUSIÓN

La cultura del ocio -entendida, an­tropológica y socio lógicamente, como el arte de ser humanos y de progresar ha­cia lo más humano y más humanizante no es, pues, como pudiera pensar nues­tro mundo pragmatista de hoy, un lujo superfluo o algo innecesario y no vital para el hombre. No, no hay por qué in­fravalorar el denominado espíritu cien­tífico-técnico del homo faber. Se trata, simplemente, de destacar la necesidad de una ciencia y técnica más cultas, es decir, más humanísticas; una ciencia y una técnica que sepan, por tanto, extra­er más humanismo de sí mismas. Y que aporten al humanismo unas posibilida­des y condiciones de desarrollo y creati­vidad más hominizantes y más humanizadoras.
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