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El nuevo Papa ante los jovenes

Olegario Gonzalez de Cardedal, Catedrático de la Universidad Pontificia de Salamanca -
Olegario González de Cardedal, , es amigo personal de Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI. Teólogo, filósofo y escritor de acreditado prestigio, nació en Lastra de Cano (Ávila) en 1934, y es sacerdote de la diócesis de Ávila. Estudió en Munich, Oxford y Washington. Actualmente es Catedrático de la Universidad Pontificia de Salamanca, Académico de Número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, y autor de numerosos artículos y publicaciones. Entre 1969 y 1979 fue compañero del entonces teólogo, y después arzobispo y cardenal, Joseph
Ratzinger en la Comisión Teológica Internacional, con quien le une una fuerte amistad.

Por este motivo, "Supergesto" ha querido preguntarle: ¿Cómo va a ser la relación del nuevo Papa con los jóvenes? Su respuesta ha sido clara.

    "Conociendo su trayectoria, sospecho que les va a formular una invitación a la verdad, a la libertad, al seguimiento de Cristo, al servicio del prójimo y a la esperanza". Benedicto XVI se ha presentado ante la Iglesia y la humanidad con unas palabras evangélicas: "Yo soy un pobre y humilde trabajador en la viña del Señor". No tiene pretensiones personales sino la sencilla voluntad de cumplir la misión para la cual ha sido elegido. Por ello ha afirmado con explicitud: "Yo no tengo ningún programa personal". El Papa es un servidor de Cristo, incorporado a la tarea de anunciar el evangelio, suscitando comunidad de fe en torno a la eucaristía y comunidad de esperanza en el mundo.
    Pero a la vez ha anunciado algunas de sus primacías: el trabajo por la unidad de los cristianos, la atención a la juventud, la nueva proposición de la fe a la vieja Europa, el diálogo con las grandes religiones del mundo.

    ¿Qué relación ha tenido Benedicto XVI hasta ahora con la juventud? Su vida en Alemania estuvo dedicada a la juventud universitaria, ya que después de una breve estancia en una parroquia de Munich la mayor parte de sus años los pasó en la Universidad,  sintiéndose afectado de manera decisiva durante los años 1966-1970, por los movimientos universitarios, que desde California a París y Tübingen, se convirtieron en protagonistas de una revolución soñada, más allá del capitalismo reinante en Occidente y de la dictadura que subyugaba a los países bajo la dominación comunista.

    En su primer cargo pastoral se ocupó principalmente de los jóvenes y niños. "Todo el trabajo con los jóvenes recaía sobre mis hombros... El trabajo con los niños en la escuela, que también implicaba naturalmente la relación con sus padres, se convirtió en motivo de gran alegría y también con los diversos grupos de jóvenes católicos creció rápidamente un buen entendimiento", escribe en su autobiografía (Mi vida. Madrid
1977, pp. 76-77).

    Una personalidad decisiva en la vida de Benedicto XVI fue el guía espiritual de la juventud católica de Alemania, Romano Guardini, que en los años previos a la segunda guerra mundial e inmediatamente después de ella se convirtió en el gran pedagogo de una generación tentada por la desesperanza en un sentido y por el poder violento en otro. Eran los años de las democracias amenazadas por el olvido de la verdad, y de los
fascismos decididos a hacer de una idea, un mito, una raza o una utopía, el criterio de la existencia, convirtiéndolo en ídolo, que sustituía al Dios vivo y verdadero.

    Si Juan Pablo II era un hombre de masas, con su vocación de actor recuperada desde el evangelio y con una inmensa capacidad para encender los corazones y arrastrar adhesiones, Benedicto XVI prolongará su intención en formas nuevas. Menos
emocional y más analítico; menos personal y más objetivo, menos preocupado por sí mismo como mensajero y más preocupado por el mensaje que quiere transmitir, para que los oyentes no se queden prendidos de sus gestos sino que queden referidos al evangelio y atenidos a la persona de Cristo, al mensaje evangélico y a la tarea espiritual que tenemos por delante.

    ¿A qué va a invitar Benedicto XVI a los jóvenes? Yo no sé, pero
conociendo su trayectoria y su valoración de la cultura actual, sospecho que sus acentos irán en la siguiente dirección. Invitará:

A la verdad. Los hombres venimos de más allá de nosotros mismos. Estamos precedidos y excedidos por el Infinito de amor y gracia que nos funda, en el que como fuente viva, nos abrevamos. De ese hontanar tiene que saciarse nuestra sed de infinito, porque nuestro corazón es de una anchura que nosotros por nosotros solos no podemos llenar. La verdad ensancha y purifica, hace libres y engendra esperanza. Esa verdad para el creyente tiene un nombre: Dios. Y Dios tiene un rostro vivo: Jesucristo.

    A la libertad. Ella es nuestra suprema necesidad a la vez que nuestra suprema dificultad. Anhelamos libertad; todos nos ofrecen libertad desde fuera, pero por nosotros solos no somos capaces de alcanzarla, ni podemos acceder a tantas propuestas exteriores que con productos, señuelos y ofertas pretenden comprar nuestra libertad a precio de escorias. Sólo donde un amor precede y en realismo acompaña, crece la verdadera libertad. Y sólo donde el Dios vivo se hace compañero y amigo del hombre, éste identifica los ídolos, es capaz de esquivarlos y dominarlos; es capaz de ser libre.

    Al seguimiento de Cristo. La homilía que pronunció en los funerales de Juan Pablo II era una repetición de las palabras de Cristo dirigidas a Pedro: "Tú, sígueme". Benedicto XVI va a ofrecer la figura de Jesús como exponente de luz y gracia, belleza y dignidad ante los jóvenes. En él refulge un fulgor de vida suprahumana; ésa que los mortales necesitamos. E invitando a seguirle les va a repetir uno de los textos más dramáticos del
evangelio: "Quien pierde su vida por mí, la gana; mientras que quien retiene su vida, la pierde". Cristo nos pide la vida, no para retenerla raptándonosla sino para arrancarnos a nuestros abismos y tentaciones, ayudándonos a ponerla en la luz y gloria de Dios.

    Al servicio del prójimo. La cultura moderna desde el siglo XVIII ha llevado a cabo las grandes conquistas en el orden de la justicia y de la emancipación de la persona respecto de los poderes subyugadores; cada sujeto ha visto afirmada su dignidad como fin y no como medio, aun cuando todavía millones de hombres y mujeres son esclavos bajo poderes degradadores. Esa libertad es una conquista irrenunciable, pero ella no puede ser el pretexto para el egoísmo, la insolidaridad y el olvido del otro; a la vez que debe ser extendida a todos. No hay individuo sin prójimo y no hay autonomía moralmente legítima sin responsabilidad social y comunitaria. El hombre se define como prójimo, responsable hasta encargarse y cargar con su hermano. Esa es su verdadera autonomía como persona. Esta es la real justicia interhumana, inseparable de la justificación divina. Cristo fue un servidor, como prójimo para cada hombre "por quien murió".

    A la esperanza absoluta. Lo real no se identifica con lo visible ni el tiempo que tenemos a nuestra mano con la posibilidad de vida del hombre. Somos superiores a lo que nuestras fuerzas alcanzan. La promesa de Dios llega más allá de nuestros deseos. Por eso no nos dejamos encerrar en lo que este mundo engendra, ofrece o promete.  Los futuros que nosotros podemos construir son a la medida de nuestra finitud y mortalidad. Pero estamos hechos a imagen de Dios para llegar a ser semejantes a él. Y Él es nuestro Futuro Absoluto. En la vida definitiva y glorificada que él otorgó a Jesucristo, tenemos un signo y anticipo de esa plenitud anhelada.

    La actitud del Papa ante los jóvenes dependerá también de la actitud de los jóvenes ante el Papa. Lo mismo que en una familia, también en la Iglesia la colaboración va de arriba a abajo y desde abajo hacia arriba. Hay que esperar de él y colaborar con él al servicio del evangelio. Esto se lleva a cabo desde unas bienaventuranzas realizadas, en la comunión eclesial y mediante la misión a los hombres. Esta abarca la presencia, el diálogo, la oferta, la solidaridad y la promesa, desde todo lo que el evangelio implica.

    Desde Platón al libro de la Sabiduría se ha repetido que la juventud es el tiempo de la verdad: "Busca la verdad mientras eres joven, pues de lo contrario se escapará de entre las manos, y cuando después la busques ya no la encontrarás". Sólo tenemos una vida; cada tiempo tiene su gloria y su gracia. La juventud es el instante donde todo lo bello, grande y bueno debe aparecer ante los ojos como posible y destinado. El Papa recordará que es glorioso ser hombre; que ningún señuelo debe empañar nuestra
ilusión, minorar nuestra grandeza, y sobre todo ninguna mentira, encubierta o descubierta, puede engañarnos ocultando o negando nuestra definitiva vocación divina.

Madurez de experiencia y juventud de esperanza son los dos ejes sobre los que debe avanzar el carro de la Iglesia, en el que todos vamos y del que todos tiramos, el Papa y nosotros.
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