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El Misterio de Dar y Recibir Espíritu

Ron Rolheiser (Traducido por Carmelo Astiz, cmf) -
Hay diferentes maneras de estar presentes o ausentes unos de otros.

Por ejemplo, cuando Jesús se despide de sus discípulos trata de explicarles algunas de las más profundas paradojas dentro del misterio “presencia-ausencia”.

Les dice que es mejor para ellos que se vaya, porque, si no lo hace, no podrá enviarles su espíritu. Les asegura también que la tristeza y el dolor que sienten por su partida es realmente como un dolor de parto, y que ese pesar se tornará finalmente llevadero y confortante, y les dará un gozo interior que nadie nunca les podrá arrebatar.

Ese es el lenguaje de la Ascensión y de Pentecostés (cuyas fiestas acabamos de celebrar), no sólo por lo que respecta a Jesús, que deja este mundo y nos envía su Espíritu, sino también por lo que respecta al misterio mismo del dar y recibir espíritu, en todos nuestros adioses.

Entre otras cosas, indica que esa experiencia desconcertante que tenemos, en la que sólo podemos comprender y apreciar plenamente a los otros después de que se van, exactamente de la misma manera como los otros pueden comprendernos plenamente  a nosotros –y cómo les bendecimos copiosamente-  después de irnos. Como Jesús, sólo podemos enviar realmente nuestros espíritus después de haber partido.

Y experimentamos esto en todos los momentos de la vida: Una hija crecida tiene que dejar el hogar antes de que sus padres puedan comprenderla y apreciarla cabalmente tal como ella es en realidad.  Llega un día en la vida de una persona joven en el que se planta ante sus padres y, del modo que sea, les dice: “¡Es mejor para vosotros que me vaya! Si no me voy, nunca sabréis realmente quién soy yo. Sentiréis alguna angustia ahora, pero ese dolor se hará finalmente llevadero, porque volveré a vosotros de una forma más profunda”. --- Los padres moribundos, cuando están agonizando, dicen lo mismo a sus hijos, en su última despedida.

Comprendemos realmente la esencia del otro sólo después que ha partido. Cuando alguien nos deja físicamente, tenemos luego la oportunidad de percibir y acoger su presencia de un modo más profundo.

Y el dolor y la congoja que sentimos en la despedida son efectivamente dolores de parto, exigencias que lleva consigo el dar a luz. Cuando algún ser querido tiene que dejarnos (por un viaje, por comenzar una nueva vida, o por separarse de nosotros arrebatado por la muerte), al comienzo nos va a ser penoso, algunas veces cruelmente doloroso. Pero  cuando esa partida se hace necesaria por un deber ineludible o por ley de vida, por muy difícil que sea, incluso si se trata de que la muerte nos arrebata a nuestro ser más querido, al fin él (o ella) regresará a nosotros de una forma más profunda, con una  presencia que es cercana, afectuosa,  reconfortante, e inmune a la fragilidad de las relaciones normales.

Sospecho que muchos de nosotros hemos experimentado esto a la muerte de alguien a quien queríamos profundamente. A mí me ocurrió así a la muerte de mis padres. Mi madre y mi padre murieron sólo con tres meses de diferencia, cuando yo tenía 23 años. Eran jóvenes, demasiado jóvenes en mi percepción, pero de todos modos la muerte se los llevó, contra mi voluntad y contra la de ellos mismos. Al principio experimenté su muerte como muy dolorosa, tremendamente amarga. Mis hermanos y yo queríamos con añoranza que estuvieran todavía presentes de la misma manera como siempre les habíamos sentido: con  una presencia física, tangible, corporal, real.

Con el tiempo, el dolor de su separación fue desapareciendo, y sentimos que nuestros padres estaban todavía con nosotros, con todo lo mejor de ellos, siendo todavía nuestra “mamá” y nuestro “papá”, salvo que ahora su presencia  era más profunda y menos frágil de lo que había sido cuando estaban físicamente con nosotros. Estaban con nosotros ahora, reales, ayudándonos y confortándonos, de una manera que nadie ni nada puede jamás arrebatarnos.

Nuestra presencia física entre nosotros, por medio del tacto, de la vista, y del habla, es sin duda la más profunda maravilla de la vida, a veces la única cosa que podemos apreciar como real. Pero por maravilloso que eso sea,  es siempre algo limitado y frágil. Limitado, porque depende de tener que estar conectados todavía físicamente de alguna manera, y frágil ya que la separación (física o emocional) puede en cualquier momento arrebatarnos a alguien lejos de nosotros. Con respecto a todos los que amamos y a todos los que nos  quieren  (padres, esposos, hijos, amigos, conocidos, compañeros), no estamos más que a un paso   -un viaje, una incomprensión, un accidente, un infarto de miocardio-  de perder sin remedio su presencia física.

Ésta fue la angustia exacta y el temor  que los discípulos sintieron cuando Jesús les decía adiós; y ése es  el pesar y el temor que todos sentimos en nuestras relaciones. Podemos partir fácilmente y dejarnos unos a otros inesperadamente.  

Pero hay una presencia que no se nos puede quitar, que no sufre por su fragilidad. Es la presencia sutil del espíritu que vuelve a nosotros siempre que, a causa de algunos dictados interiores del amor y de la vida, nuestros seres queridos tienen que dejarnos o nosotros tenemos que dejarlos a ellos.  Un espíritu regresa y es profundo y permanente, y deja sentir una presencia cercana, cálida, gozosa y real de la que nunca nadie nos puede despojar.
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