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El milagro de Liu Xiang

Josep Rovira, cmf -
    Se han apagado los reflectores que del 8 al 23 de Agosto han iluminado los Juegos Olímpicos de Pekín. Personalmente no he visto casi nada de los mismos porque me encontraba en una misión africana sin televisión ni periódicos. Sólo a la vuelta, el día 15, yendo del aeropuerto de Roma a casa, he preguntado a quien me había venido a buscar si los Juegos habían comenzado, como anunciado, y qué tal estaba yendo la cosa. Luego me he permitido seguirlos leyendo los títulos del periódico y algún que otro artículo o comentario.

    ¿Qué es lo que más me ha gustado? Dejo a parte las cosas que ya se sabían o se daban por descontadas: la fantástica técnica, organización, resultados y exhibición artística que China ha demostrado, la rivalidad entre países (una especie de “tercera guerra mundial” deportiva) a ver quién podía más o hacía menos el ridículo, el entusiasmo y la desilusión (no pocas lágrimas...) de atletas y público por victorias y derrotas cotidianas, etc.... El alegre Usain Bolt, jamaicano, apodado “el hijo del viento”, por su increíble velocidad: tres medallas de oro en esta sola vez. Michael Phelps, americano, que con sus ocho medallas de oro es el atleta más “dorado” en unos Juegos. La italiana Josefa Idem, casada y madre de dos hijos, apellidada por la prensa italiana –con su típica mezcla de sacro y profano- “Nuestra Señora de los Juegos Olímpicos”, que ha perdido esta vez la medalla de oro por un centímetro y cuatro milímetros (¡!), aunque lleva ya en su carrera cuatro medallas; Josefa que, cuando recibió la medalla de plata de canoa declaró en una entrevista que regalaba su “body” al Dalai Lama y dedicaba su victoria al pueblo tibetano en lucha por ver reconocidos sus derechos humanos y a cuantos sufren en China. A este propósito, otros italianos tuvieron la valentía de decir algo en favor del Tibet, en un momento en que los Juegos tapaban el problema (¿recuerdan?) y los políticos enmudecían para no echar a perder negocios con el gobierno chino: Clemente Russo, medalla de boxeo, dijo que iba a regalar al Dalai Lama sus guantes y bendas; Antonio Rossi, medalla de canoa, le regalaba también su “body”; y Margarita Granbassi, medalla de florete, le iba a dar su máscara.

    Pero, a lo que iba, a mí lo que más me ha gustado (y no quisiera pasar por masoquista) no ha sido una victoria sino un fracaso: el de un joven de Shanghai, Liu Xiang, estrella y mito del deporte chino, esperanza segura de uno de los cincuenta y tantos oros chinos. Estaba previsto que lo ganaría de sobras el día 18 en la carrera de ciento diez metros con obstáculos. Pues bien, como Uds. recordarán, apenas el joven se agachó para partir y quiso empezar a dar los primeros pasos una mueca de dolor se apoderó de su rostro: sus piernas, aseguradas por nueve millones de euros (trece millones de dólares) se negaron a seguir su voluntad. En el inmenso estadio “Nido de pájaro” hubo un momento de silencioso pánico, seguido por un quejido de dolor: la China no era invencible, el mito se desplomaba, el vaso de las ilusiones se rompía, aquel que para tantos era il icono del “rescate”, de la nueva China y sus éxitos, il ideal de ricos y pobres, estudiantes y obreros, el símbolo de la unidad emotiva nacional, no lograba levantarse del suelo y echar a correr. Hijo de familia pobre, sacrificios, estudios, poco a poco gloria... habían dado hasta este momento razón del significado de su apellido que –según leí- quiere decir: “buena suerte”. Sobre sus jóvenes espaldas llevaba el peso de sueños, fantasías, aspiraciones de su pueblo; las demás docenas de medallas ganadas iban bien, pero, ¡Liu no, representaba el oro de los oros, la flor y nata, la crema, no podía fallar! ¡él no!

    ¿Cuál ha sido el “milagro” de Liu Xiang, algo más importante incluso que su supuestamente matemática e infalible victoria en aquella carera? A mi modo de ver, ha sido el hecho de que haya perdido; no sólo, ni siquiera pudo empezar a correr. ¿Por qué ha hecho un “milagro”? Porque ha dado humanidad a un ambiente en el que parecía que todo tenía que ser “super”, nada podía fallar, ¡y menos Liu! Su gesto de dolor, las lágrimas en primer plano de su entrenador y de tantos otros en el estadio y en toda China, han dado peso y dimensión humana a estos días en que  -como digo- parecía que los atletas eran habitantes de otro planeta, diferentes de nosotros hijos de la Tierra.

    Gracias, Liu, por tus esfuerzos y sacrificios, por tus victorias precedentes (Atenas...) y por las que probablemente todavía vas a conseguir en el futuro (¿por qué no?). Tú mismo has dicho que no por lo sucedido en Pekín ahora te vas a retirar. ¡Ánimo! Pero, gracias sobre todo porque tu rostro dolorido y tu retirada sin aspavientos y sin exagerar la cojera, ha dado humanidad a tu grande pueblo y a todos nosotros, deportivamente mediocres. Si dependiera de mí te hubiera dado, no la medalla de oro atlética que sin querer has perdido y que el comité olímpico estaba ya dispuesto a darte, sino la medalla de platino de parte de nosotros, los de a pie. Porque nos has demostrado que, a pesar de todos tus esfuerzos y éxitos, no has dejado de ser uno como nosotros. Una medalla que –creo- vale más que la que has perdido. ¡Gracias, Liu!; o, como decís en tu lengua cantarina (y perdona si la transcripción no es exacta): Gsè, gsè!

Arrivederci!
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