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El mandato principal

Angel Moreno -

No nos suele gustar que nos hablen de mandamientos y de obligaciones, menos aún que nos amenacen si no los cumplimos. Vivimos una hora emancipada de normas y de valores objetivos. ¿Cómo presentar, entonces, la revelación y el mensaje de este domingo?

Si en vez de proponer el mandamiento como obligación, lo propusiéramos como respuesta agradecida, y como revelación de lo que agrada a quien amamos, quizá le daríamos distinta acogida. ¿Pero seríamos fieles a la verdad?

Lo cierto es que Dios no nos manda hacer más de lo que puede nuestra capacidad, que Él mismo nos ha dado, y si escuchamos como precepto: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser» y «Amarás a tu prójimo como a ti mismo», antes deberíamos recordar que hemos sido creados por amor y que existimos para amar. La medida del amor es la que Dios ha empleado con nosotros. “Pues el amor consiste no en que nosotros amemos a Dios, sino en que Dios nos amó primero”.

El Dios revelado es compasivo, misericordioso, se apiada de los débiles y de los pobres, de los huérfanos y de las viudas, y nos indica que tengamos esta misma actitud, la que nos pertenece a quienes creemos en Él. Mas el argumento que nos da el mensaje es de agradecimiento: “No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto” (Ex 22, 21).

Antes, Dios ha sido compasivo con nuestros padres. Y por pura correspondencia, debiera salir de nosotros un comportamiento similar. El salmista describe la experiencia del creyente: “Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte” (Sal 17). Si se ha llegado a reconocer hasta qué extremo el Señor nos ha salvado, acoger el mandamiento no hace agravio.

La clave nos la ofrece san Pablo, cuando se dirige a los cristianos de Tesalónica y  reconoce  el camino que han recorrido: “Abandonando los ídolos, os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero” (1Tes 1, 6). Este es el secreto, abandonar toda idolatría, hasta la que podemos tener de nosotros mismos, y seguir los preceptos del Señor, que no esclavizan, sino que alegran el corazón.

Ahora se comprende hasta qué extremo el amor nos une con Dios y con nosotros mismos, porque es el rebosamiento del amor recibido, por lo que nos convertimos en verdaderos testigos de la fe cristiana.

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