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El humor de Dios, de los santos y de los otros

Josep Rovira, cmf -

No hace mucho que publiqué un artículo en una revista italiana sobre “La Vida Religiosa y el sentido del humor”. Cuando se lo ofrecí al Director casi me daba vergüenza; pensaba que podía parecer un tema poco serio e incluso ridículo. Pero, cual fué mi sorpresa cuando, a vuelta de e-mail, me respondió: “Al contrario, se lo publicamos enseguida. ¡Necesitamos tanto sentido del humor...!”. Por eso no me da miedo volver hoy a hablar del humor de los cristianos. ¿No decían los antiguos maestros de espíritu: un santo triste es un triste santo?

La idea me ha venido leyendo este verano un libro que acaba de salir. El autor es un tal F. Castelli, y se titula “A la salida del túnel” (2009). Tiene un capítulo sobre el humor de los santos. A él me voy a referir, entre otras cosas.

El famoso dramaturgo E. Ionesco (1912-1994) decía que sólo el humorismo pueda darnos serenidad, envueltos como estamos entre el sufrimiento y la muerte, el misterio y el absurdo. Ahora bien, el humorismo puede ser desesperado, cruel, amargado, corrosivo..., o benévolo, abierto a la trascendencia, fruto de la fe, parte de aquella sabiduría que es don del Espíritu Santo: basta pensar en el humor de santa Teresa de Ávila (1515-1582), san Felipe Neri (1515-1595), santo Tomás Moro (1478-1535), el beato Juan XXIII (1881-1963), G. K. Chesterton (1874-1936)...

¿En qué consiste el sentido del humor? Es la capacidad de darse cuenta de los aspectos cómicos y contradictorios de la vida, y reirse de ellos con una comprensión benévola, una mirada que va más allá, una inteligencia nueva que relativiza lo que tendemos indebidamente a absolutizar. A diferencia de lo puramente cómico, que se alimenta de los absurdos de la vida para divertir y divertirse, y de la ironía, que hiere y destruye (así son la mayor parte de nuestros chistes), el humorismo nace del hecho de darse cuenta de las miserias humanas acompañándolas luego con una actitud de comprensión compasiva y constructiva; divierte, pero sobre todo da que pensar. No es la carcajada descompuesta, sino la sonrisa a veces incluso ancha y sonora. De este modo, una situación seria se vuelve jocosa, y viceversa, creando una atmósfera que acerca a las personas, las comprende y hermana.

Para ello, el humorista necesita haber adquirido una buena dosis de sabiduría humana, fruto de la experiencia, y una notable capacidad de observación, tanto de los demás como de sí mismo. En él se anida una extraordinaria fuerza de soportación y una irrefrenable libertad del ser. No ignora las miserias de la vida, ni se pone ante ellas como juez; sino que las contempla con benignidad y medida, desmitizando toda falsa idolatría. De ahí que el niño y la persona inmadura, cerrada sobre sí misma, sean incapaces de humor. ¡Cuántos sujetos andan por ahí siempre tensos, nerviosos, tomándoselo todo tremendamente en serio, comenzando por sí mismos! Individuos para los cuales cada problema es una tragedia, cada novedad una herejía, cada crítica una calamidad, cada protesta una revolución... El cristiano danés S. Kierkegaard (1813-1855) dedujo que el humorismo era la mayor aproximación de lo humano a lo cristiano. Aunque a alguno le pudiera parecer lo contrario, el humorismo y la fe cristiana van perfectamente de acuerdo, lo cual no quita que haya muchos cristianos que no tengan sentido del humor; en realidad, demuestran no haber llegado todavía a la madurez de su fe.  

Efectivamente, el hombre de fe sonríe ante las pretensiones y la soberbia del dictador y la arrogancia y prepotencia del rico o poderoso de este mundo, porque sabe que son hombres como los otros, y un día no quedará de ellos más que un poco de polvo, igual que del pobre y del oprimido: “...No temas si alguien se enriquece, / cuando crece el boato de su casa. / Que al morir, nada ha de llevarse, / no bajará su boato con él... / El hombre opulento no entiende...” (Sal 49,17-21).  Por eso, Dios es el humorista por excelencia: Él, que es infinito, ha querido someterse a las posibilidades, limitaciones y a veces ridiculeces de nuestro ser humanos, de nuestro creernos dioses (Gen 3,5): “... El que habita en el cielo se ríe...” (Sal 2,4). Efectivamente, “lo plebeyo y despreciable ha escogido Dios; lo que no es para reducir a la nada lo que es” (1Cor 1,28). Contra la trágica arrogancia de Pedro (“Aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré”: Mc 14,31, y sabemos lo que sucedió poco después, no obstante que Cristo le hubiera advertido: Mc 14,66-72), Cristo le responde con sentido del humor, porque ve más allá de la actitud del apóstol, inconsciente de sus límites; le mira con amor y comprensión, con confianza y promesa de perdón: “... Pedro, antes de que hoy cante el gallo habrás negado tres veces que me conoces... Pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos...” (Lc 22,31-34). Como decía el salmista: “... (Dios) conoce de qué estamos hechos, / sabe bien que sólo somos polvo” (Sal 103,14); Él comprende nuestra miseria y nos arropa con su amor y misericordia, ternura e indulgencia paternas -con Su sentido del humor-, porque no olvida nunca que, a pesar de todo, somos sus hijos (cf. Lc 15).

Todo ello permite a los grandes cristianos reirse incluso de sí mismos, desdramatizar y relativizar, mirando las cosas –incluída la propia muerte- desde la fe viva y la esperanza cristiana. Como Tomás Moro que, al subir la escalera crujiente del patíbulo, dijo al guardia: “Por favor, señor lugarteniente, ¿podéis darme una mano para subir seguro? Luego, para bajar, ya me arreglaré yo solo...”; y al verdugo: “Amigo, ¡ánimo!, cumple tu oficio sin temor. Pero, mira que tengo el cuello más bien corto; está atento para golpear recto, para no manchar tu buen nombre...”. El beato Juan XXIII decía poco después de su elección al pontificado: “El Espíritu Santo me ha elegido a mí; se ve que quiere trabajar Él solo. Tengo la sensación de que soy como un saco vacío que el Espíritu Santo llena improvisamente con su fuerza”; y a una religiosa a la que le oyó exclamar: “¡Dios mío, qué gordo es...!”, le respondió con su típica sonrisa campesina: “Hermanita, el cónclave no era un desfile de modelos...”.

Un teólogo nada superficial como Henri de Lubac (1896-1991) citaba el consejo, lleno de sabiduría y humor, de un cenobita anónimo: “Si tu alma está turbada vete a la iglesia, póstrate y reza. Si tu alma continúa todavía turbada, vete a encontrar a tu padre espiritual, siéntate a sus pies y ábrele tu espíritu. Y si tu alma  está siempre turbada, vete a tu celda, acuéstate sobre la estera y duerme...”.

Quizás sea una opinión muy personal; pero, a veces tengo la sensación de que en la Iglesia nos falta una cierta dosis de humor...        

Arrivederci!

J. Rovira, cmf.

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