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El hombre habitado

Lorenzo Trujillo -

Querido amigo:

 Me invitas a intervenir en la conversación que propones con el título de “¿Para qué sirve un cura?”. Un título muy apropiado para suscitar el interés y la curiosidad. La utilidad es un criterio de discernimiento casi último en nuestra sociedad y, seguramente desde este criterio, se duda muchas veces de que el cura sirva para algo. Pero, una vez puesto el título como provocación, una vez suscitada la curiosidad, habría que rectificar la pregunta misma; es interesada y presupone ya una respuesta poco adecuada: ser cura es un oficio y todo oficio se justifica por su utilidad para el bien común de una sociedad. Es una visión poco acertada: antes que oficio es modo de ser, configuración vital, unción. Entonces, es procedente plantear antes otra pregunta: “¿a quién sirve?”. La persona a quien servimos es la que nos da forma, nos engendra y dibuja; respondiendo al interrogante “a quién sirve”, habremos respondido a la pregunta “quién es”, definitiva cuando se trata de personas. Desde este punto de vista y quizá como contrapunto, me atrevo a proponer un aspecto que quizá ayude a penetrar en el por qué y para qué de la existencia sacerdotal: “el Hombre Habitado”.

     Hay personas que van hablando solas por la calle. Llaman la atención. La palabra dirigida a nadie es uno de los mayores signos de soledad interior, de vacío personal. Se huye de esta soledad por caminos variados y de distinta calidad moral: el ruido, la red, los viajes, la lectura, la solidaridad, las líneas eróticas... El amor en sus distintas formas, pero también la violencia en las relaciones o la adición genital, son conatos de entrar en las personas (aunque sea a saco), de habitar con ellas en su interior. Porque las cosas están unas junto a otras, pero las personas están hechas para vivir unas en otras. Las cosas co-existen, los animales con-viven, las personas in-habitan... en la medida que lo van siendo.

    Hay personas que hablan solas. Y no siempre son desequilibrados. Tras muchos años de vida en común, de conversación sostenida, de silencios compartidos, él o ella marcharon al otro lado. Y ves al que sigue aquí, que comenta, narra, comparte, como si estuviera presente el otro; sobre todo, comenta cosas de los hijos comunes, de los nietos sobrevenidos... El otro está presente en el hueco de su ausencia y en la misión truncada por la muerte pero aun viva. La muerte, al fin y al cabo, no es aniquilación de la persona sino reducción dramática a lo esencial.

     La muerte presupone y afirma al sujeto que la padece; es pasión vaciadora, pero no destrucción; si no hubiera sujeto en la muerte y después de la muerte, tendrían razón quienes dicen que la muerte no existe, porque cuando ella aparece el sujeto ya no es: nadie muere, muere nadie (¿No es el mismo equívoco que creó Ulises frente a Polifemo? Si nadie muere, el nombre de los vivos es también nadie). Y eso no es verdad: muere alguien, alguien padece la muerte. Las personas acompañadas dejaron entrar a alguien en sus vidas y, cuando esto sucede, ese alguien ya no sale: habita para siempre en ellas. Comprendo que todo esto puede sonar a espiritualismo londinense del diecinueve: a médium y guija. Pero no, es otra cosa. Simplemente, hay gente habitada y gente deshabitada. Como las casas, igual.

     Pues bien: entiendo que un cura, antes que todo, es un hombre habitado, y no por cualquiera ni de cualquier modo. Un cura es un pequeño deficitario sacramento vivo de la entrega pastoral del Señor Jesús. Fue elegido como compañero de misión (“para que estuvieran con él”). Ya, desde su bautismo y como todos sus hermanos, ha recibido la visita de la Trinidad Única: es templo vivo del Espíritu y su vida total es oblación y compañía: “Dominus vobiscum”, nos saluda la liturgia. Por eso, todo creyente reza. No reza para buscar a un Dios ausente –si Dios está ausente la oración no sirve para nada–, no reza “para”, sino “porque”: porque Alguien habita en su interior como compañero y amigo. Y ese Alguien está conversando permanentemente con su Compañía Eterna, el Padre y el Espíritu. Por eso, orar es algo sencillo para cierta gente y difícil para otra; por eso no se requiere de técnicas, ni de iniciaciones trabajosas. Orar es entrar en esa conversación que acontece en la subjetividad habitada. Y es habitada si es creyente. Para no rezar hay que hacer violencia de fe. Decía: ya desde su bautismo, como todo bautizado. Pero hay algo muy propio:

     La conversación que habita esta vida es la resonancia de la intercesión eterna del Hijo ante el Padre. El Compañero del alma, en este caso particular, ocupa no la habitación principal, sino el gobierno de la casa; de manera que la convierte en domicilio privado en lugar oficial de acogida y de encuentro: “Et cum spiritu tuo”, reconoce la asamblea. Como ocurrió con la casa de Pedro en Cafarnaúm. La arqueología ha descubierto físicamente que la habitación del Huésped transformó aquella vivienda en iglesia, la vació de privacidad; la aglomeración de enfermos al atardecer y los asaltos al frágil tejado atestiguan que la casa dejó de ser hogar privado y privativo para ser Hogar público y abierto.

     Concibo el cura como “hombre que habla solo”. Como todo cristiano, porque todo cristiano tiene Compañía. Con una diferencia: el bautizado ha recibido al Huésped; el cristiano ordenado ha cedido la vivienda y es huésped del Huésped en el ático de su antigua vivienda... que ya no es suya sino de los amigos del Amigo. El techo de su vivienda está roto y por esa apertura se cuelan los menesterosos... y también la Compañía. La conversación va siempre sobre las ovejas, sobre los hermanos-hijos necesitados. Es una conversación con un solo tema y es una amistad asentada sobre esta única conversación. El Hombre Habitado ha hecho suya la preocupación del Huésped y este dirige la conversación hacia sus intereses pastorales: ¿recuerdas los diálogos entre el Cristo y Don Camilo? “Eso” es lo que tiene de cura aquel espécimen preconciliar hoy en vías de extinción. Pero “eso” no es preconciliar ni está llamado a desaparecer. Son “eso”, el cura es un “agente de pastoral” vacío y estéril; entonces, ciertamente, no sirve para nada.

    Tengo la impresión de que no he sabido explicarme. Atisbo el misterio de la compañía como explicación última de nuestra forma de existencia, de nuestra configuración personal, de nuestra misión traducida en tareas concretas. “Dime quién y cómo te habita y te diré quién eres realmente”.

     Uno es su oración particular. Seguramente algunos lectores pensarán que me dedico a la poesía (atormentando a las Musas) o que esto es “espiritualidad”, o sea, discurso etéreo para consuelo de burgueses acomodados. Yo creo que no; que quien desee saber algo de la verdadera existencia sacerdotal tiene que andar caminos muy diversos a la descripción de los servicios imprescindibles para la comunidad cristiana. Que no se trata de un servicio entre muchos servicios dentro de “una iglesia toda ella ministerial”. Esto es otro asunto. Es un hombre habitado por un Huésped ocupado en una conversación de médico y pastor. Lo demás son desarrollos y matices.

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