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El futuro de los Sacramentos en Europa: belleza, terapia, utopía

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José Cristo Rey García Paredes, cmf - Miércoles, 7 de marzo de 2012

¿Qué futuro tienen los Sacramentos aquí en Europa, cuando se dice que estamos entrando en  un mundo que ha dejado de ser cristiano, religioso y, en consecuencia, ha dejado de ser sacramental y ritual? ¿Tienen futuro los siete sacramentos de la Iglesia –bautismo, confirmación, eucaristía, penitencia, unción de los enfermos, matrimonio y orden ministerial-? O tal vez ¿el Espíritu nos está ofreciendo oportunidades nuevas para dejarnos configurar como Iglesia y proponer a los demás el estilo sacramental y simbólico del siglo XXI, en unas sociedades que algunos definen como “pos-religiosas”?

1. Digamos, ante todo, que el futuro de los sacramentos no depende sólo de nosotros. Ellos son acciones de Dios, a través de las cuales, mantiene y cuida su Alianza con el ser humano y la creación. El Espíritu Santo es el gran actor de la sacramentalidad de la Iglesia (Jn 14,26); y desde Él Jesús resucitado sigue presente en medio de nosotros y actúa (Jn 14,17-18): Él es fiel, que no puede negarse a sí mismo (2 Tim 2,13). Lo tenemos asegurado. Los sacramentos, acciones de Dios y del Señor Jesús en la Iglesia y en el mundo, tienen futuro.  Importante para nosotros es, sin embargo, reconocer dónde está actuando el Espíritu, hacia dónde nos lleva, qué formas de sacramentalidad nos está concediendo; importante es vigilar y orar porque no sabemos por dónde viene el Hijo del Hombre para revitalizar nuestra sacramentalidad y darle futuro.

2. El mundo laico y secular –del que formamos parte- no puede prescindir de la ritualidad, ni del simbolismo. Busca el éxtasis estético, cultiva la religión del amor, ritualiza todos los momentos más importantes de la vida humana, se interesa por aquellos procesos terapéuticos alternativos que pacifican el espíritu, ensanchan la conciencia, permiten superar los traumas y depresiones. La “sociedad civil” se expresa ritualmente, tanto en sus protestas contra la injusticia, en sus lamentaciones contra la desgracia, como en sus manifestaciones de júbilo ante la superación de las dificultades. Y a esta sociedad se le aplican las palabras de Jesús: “El que no está contra nosotros, está por nosotros” (Mc 9,40). Esa ritualidad “secular” crea lazos entre las personas, genera solidaridad y hace posibles las alianzas y los encuentros. Nuestra sociedad no es tan hostil a la sacramentalidad como parece. Nuestros estados que se declaran laicos, defienden así mismo la libertad religiosa de todos los ciudadanos.

3. Jesús nos dice como a la Samaritana en su tiempo (Jn 4, 22-24) que no demos tanta importancia a los lugares de culto, ni a las celebraciones que tienen allí lugar y que convirtamos todo el espacio laico en espacio de nuestra adoración “en espíritu y verdad”. No recluyamos el culto solo en los “centros de culto”. El cuerpo de Jesús es “el templo” (Jn 2,21) y nuestros cuerpos son “templo del Espíritu” (1 Cor 3,16; 1 Ped 2,5). El cuerpo de Jesús es la expresión máxima de la sacramentalidad del mundo, el espacio de la más intensa adoración y culto. ¡Y el cuerpo de Jesús en toda su trayectoria de vida y muerte, de entrega y sacrificio! A ese cuerpo somos incorporados por medio de los sacramentos cristianos, para recibir su Espíritu y orar, adorar “como conviene” (Rom 8,26). Dios nos ha dado un cuerpo para que ofrezcamos el culto debido en él y desde él (Rom 12,1).

He aquí, pues, la primera línea de futuro: desarrollar y explicitar en la Iglesia la sacramentalidad del cuerpo, la religión de nuestros cuerpos como templo. Y nuestros cuerpos conectados con la humanidad y el cosmos. El ser humano laico e indiferente, descubrirá el valor de un culto así planteado. Sentirá la fascinación de esos “nuevos adoradores” en espíritu y verdad, que le permiten descubrir la “otra dimensión” del mundo.  Si nuestra adoración rebasa los límites de nuestros centros de culto, entonces podrá volverse más inter-religiosa, ecuménica, abierta a otras formas de culto a Dios. Influirá también en ellos para que eviten cualquier tentación idolátrica.

4. Hoy contemplamos los siete sacramentos desde la unidad –como al principio-: Jesús como Sacramento primordial, la Iglesia como Sacramento fundacional y a partir la variedad de los sacramentos. Los sacramentos forman un sistema en torno a la Eucaristía, como núcleo. La iglesia no administra, ni distribuye, ni hace sacramentos, ritos, cosas mágicas; ¡eso era lo que se hacía en el viejo sistema, en el viejo templo de Jerusalén! El Sacramento de los Sacramentos es la Alianza de una persona –Jesús- y su comunidad –la Iglesia-. Los siete sacramentos expresan la Alianza de amor entre Dios –a través de su Hijo y su Espíritu- y la comunidad humana. Acontece un sacramento cuando un ser humano es acogido en esta Alianza a través de gestos simbólicos. La Alianza genera un ecosistema, un espacio de vida (biotpo) donde se vive y se respira y desde donde la vida y sus encrucijadas quedan bendecidas. Entrar en la Alianza es disponerse a “escuchar” la Palabra que da vida y orienta, y acoger las múltiples bendiciones del Dios que es Amor.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos ofrece una clave para entender unitariamente los sacramentos: la bendición de Dios (nn.1077-1083). Dios Abbá nos bendice en el Hijo, por el Espíritu; y nos bendice consagrándonos, concediéndonos el Espíritu de su Hijo (Gal 4,6), haciéndonos “hijos en el hijo” (Rom 8,29). Por eso, podemos decir que el sistema sacramental es un sistema de bendición, de consagración continuada de la persona creyente y de su comunidad, aquí y ahora. Lo que nosotros llamamos bautismo, confirmación, eucaristía etc. son acontecimientos de bendición-consagración por parte de Dios y de acogida en la fe personal y comunitaria por parte de los creyentes.

Pero nuestro sistema sacramental no es cerrado, sino abierto. Nuestro Dios dispone de toda la libertad del mundo para bendecir y consagrar, para instaurar o renovar su Alianza, cuando quiera. Cada bendición de Dios -para establecer y alimentar y restaurar la Alianza-, acogida por un ser humano, es “sacramental”. Dios es libre para bendecirnos de mil formas y para hacer presente su bendición en todos los pueblos, en todas las personas, cuando quiera y del modo que quiera. En esta perspectiva ya no interesará tanto el distinguir entre lo que sí es sacramento y lo que no es. Porque “el todo” eclesial está afectado de sacramentalidad; y el todo mundial y cósmico está afectado de Alianza. La Eucaristía, como celebración sacramental central, torna sacramental la realidad en la que acontece (llámese profesión carismática de los consejos evangélicos, envío misionero,  institución del Papa, o servicio a los más pobres y necesitados). La Eucaristía es también el sacramento de todos los sacramentos: en ella el Bautismo-Confirmación mantienen su vitalidad, el Orden y el Matrimonio reviven y se alimentan, la Reconciliación y la Unción se plenifican.

5. Hay tres dimensiones de los sacramentos que los vuelven especialmente atractivos e interesantes en este tiempo: la dimensión estética, terapéutica y utopica.

La dimensión estética: Cuando ante una celebración sacramental exclamamos “¡qué bello! Compartimos el estupor de Dios ante su Creación, al acabar cada día creador. Si bella es la creación, más bello es el Creador. Por eso, el sistema sacramental es acontecimiento de belleza. Dios es bello y la Iglesia lo puede estar escondiendo. Su belleza se transparenta en la transparencia sacrfamental. Los sacramentos son espacios contemplativos,  de deleite y de amor de alianza. Redescubrir la Belleza de Dios a través de las mediaciones, hará surgir ese cristiano del siglo XXI que “o será un místico o no será nada” (Karl Rahner). La mistagogia cristiana se vuelve filocalía, camino hacia la belleza. La catequesis, la pastoral se convierten así en formas nuevas de seducción.
   
La dimensión terapéutica: hoy se pone de relieve la fuerza sanadora de la palabra, de los gestos, de los ritos, de los símbolos y se descubre cómo esa fuerza transformadora está presente en los sacramentos. Comenzamos nuestras celebraciones reconociendo nuestros pecados, nuestra debilidad, nuestra implicación posible en las redes del mal o del Maligno. No celebramos los sacramentos desde una falsa superioridad farisáica, sino desde nuestra condición debilitada y enferma. “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos” (Mc 2,17); y cabría también decir: “no tienen necesidad de los sacramentos los justos, sino los pecadores”. La fuerza terapéutica de los sacramentos se manifiesta ya en la re-integración “misericordiosa” que comportan, al repetir la conducta histórica de Jesús. Deseamos vernos libres de males espirituales o corporales, psíquicos o psicológicos. Hoy la gente se somete fácilmente a terapias de todo tipo, busca su bienestar y quiere liberarse de sus depresiones o demonios interiores. Entender la sacramentalidad cristiana como un sistema simbólico y ritual, como procesos de iniciación (Bautismo-Confirmación y primera Eucaristía), de re-iniciación y progresiva curación (Reconciliación),  abre el horizonte para redescubrir su fuerza terapéutica. Los sacramentos cristianos son acciones de Jesús, el Señor, nuestro contemporáneo en nosotros: a través de esas acciones rituales el Espíritu de Jesús nos impregna, nos unge, nos habilita para superar las amenazas del mal. Nuestra comprensión integral de la realidad, y no dualista, nos hace ver que los sacramentos son espacios de curación, de exorcismo, de superación del mal.  La repetición ritual, la gestualidad ritual, en comunidad ritual, tiene en sí misma también una fuerza terapéutica multidimensional.
   
La dimensión utópica: el sistema sacramental no solo nos conecta con el pasado de nuestra fe (memorial), o con el presente del acontecimiento de la bendición-consagración (representación), sino también con la bendición futura de la vida eterna, del Reino en su plenitud, de la nueva Jerusalén (profecía y Apocalipsis). Una comunidad sin objetivos, pierde la pasión; un camino sin meta, no resulta interesante. Una Iglesia sin escatologíca y apocalíptica se mundaniza y se vuelve idolátrica. El Dios de la Alianza que se hace presente en nuestros sacramentos –como su Hijo Jesús y el Espíritu- viene del futuro, de la Jerusalén celeste: ¡está en el cielo! Los sacramentos son, por eso, “anticipación”, “garantía” y “pre-gustación” del futuro de Dios. En los sacramentos tiene lugar lo que todavía no tiene lugar en nuestro mundo. Nos es concedido el pan del mañana en el “hoy” de nuestra historia; viene el Reino del mañana; somos agraciados con la liberación definitiva del mal y con el perdón de los pecados.  Son “el ya sí pero todavía no”, anticipado, celebrado. El sistema sacramental genera una comunidad de peregrinos, de personas que contemplan la historia desde el final compasivo y misericordioso de Dios. La sacramentalidad se vive más desde el nuevo Templo, que desde el viejo templo; más desde la nueva Jerusalén que desde la vieja Jerusalén. Los aquí vencidos celebran su “victoria última”, “los aquí crucificados celebran su resurrección”. La liturgia apocalíptica demuestra que el Dios de la Bendición no se olvida y hace justicia y crea un mundo nuevo.

Estamos en un momento oportuno para “disfrutar” del rico sistema sacramental de la Iglesia y para “hacer la experiencia” más bella, sanadora y soñadora que un ser humano pueda imaginar. ¡Esos son los Sacramentos de Jesús y de su Iglesia! ¡Los símbolos de la Alianza que nunca acaba!

 


Extraído  de Ecología del Espíritu

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Maria Montaña Maria Montaña
el 10/3/12
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