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El estudio del evangelio.

Manolo Barco -
    Hoy presentamos una manera peculiar de adentrarse en la Palabra. Se llama Estudio de Evangelio. Tiene su origen en la experiencia espiritual de Antonio Chevrier. Lleva la marca de un barrio pobre de Lyon. Consiste en leer el Evangelio desde la vida y la realidad de los pobres y la vida y realidad de éstos desde el Evangelio.

ORIGEN DEL ESTUDIO DE EVANGELIO

La noche de Navidad del año 1856 Antonio Chevrier, sacerdote lionés encargado de la parroquia de San Andrés, la pasó junto al pesebre meditando el misterio de la Encarnación en el primer capítulo de S. Juan. De esa noche él mismo nos dice: «Fue durante una noche en la que yo hacía Hora Santa cuando tuve tan grandes luces sobre la pobreza que, de ahí en adelante, mi vida quedó marcada». Habla de esa noche como la noche de su «conversión» y cómo, a partir de esa gracia, «decidí seguir a Jesucristo más de cerca».

Después de esa experiencia, lo vemos después introducirse en el barrio de la Guillotiére, el más pobre de Lyon, con el fin de anunciar la Buena Noticia a su población. Esa noche le ayudó a entender mejor también la pobreza real en la que vivían aquellas personas de la Guillotiére. Su intención era colaborar más eficazmente en el trabajo misionero de Jesucristo. Una colaboración que se concretará en la entrega radical al ejercicio del ministerio sacerdotal entre los pobres de aquel barrio.

Pero para seguir alimentando esta gracia recibida, Antonio Chevrier dedicará todos los días muchas horas a orar el Evangelio desde la vida y realidad de los pobres con el fin de conocer mejor a Jesucristo y darlo a conocer a los pobres.

El objetivo del Estudio de Evangelio (EE) es «conocer a Jesucristo para darlo a conocer». Él es nuestro sólo y único maestro. Hacemos Estudio de Evangelio para entrar en comunión con el Señor hasta que Cristo sea formado en nosotros (cf Gal. 4,9), pues no podemos «poner otro cimiento que el que ha sido puesto, Jesucristo.» (1 Cor 3, 11). Buscamos poder decir con el apóstol: «Mi vivir es Cristo» (Fil 1, 21).

Sentir atracción por Jesucristo

No podemos hacer EE si no experimentamos en nosotros una cierta atracción por Jesucristo. Esa atracción es una gracia que Dios ha colocado en nuestros corazones y que hemos de cultivar. Por eso hacemos EE, no con un afán voluntarista, sino como respuesta a una gracia. Esa atracción es como un pequeño soplo divino que nos I impulsa, «que viene de arriba», que nos ilumina y que nos hace intuir la grandeza del Verbo de Dios manifestado en lo pequeño, en un pesebre, en un trozo de pan, en unos maderos cruzados entregando la vida por] los hombres.

Un atractivo cordial

Podemos estudiar las Escrituras con la inteligencia de la razón para controlar el proceso y significado de su origen y de su mensaje. Este es un estudio noble e indispensable, tal como se practica en la exégesis.

Pero en el EE buscamos otra cosa. Se trata de utilizar la inteligencia del
corazón cómo entrar en comunión con Aquel que nos amó y se entregó por nosotros. Queremos conocerle en su objetividad subjetiva para entregarnos a Él, para dejarnos poseer por Él, para que Él determine mi existencia. No son contrapuestas la inteligencia de la razón y la del corazón. Pero en el EE damos prioridad a la inteligencia del corazón.

Lo que cuenta en la inteligencia del corazón es la simplicidad del corazón, la rectitud del ojo y del oído que acoge sin discutir ni defenderse del Otro. Es la simplicidad del niño que escudriña, penetra, investiga y acoge con gozo y sin miedo.
La inteligencia del corazón busca nombrar al Otro, descubrir su rostro desde la experiencia. Esto supone un esfuerzo de penetración que se hace a través de los detalles del Otro, de los gestos del Otro, de la palabra del Otro. Un aspecto más de la inteligencia del corazón es que nunca ha terminado de conocer. El j corazón busca entrar en la intimidad del Otro. Al mismo tiempo siente que esa intimidad le desborda y supera.

Un atractivo espiritual

Es el Espíritu quien nos impulsa y nos empuja, quien ha colocado en nosotros ese sentimiento de fe. Por eso es un atractivo «gracioso», del orden de la gracia. El conocimiento cordial presupone una relación con el Otro. Ahora bien, la relación vital con Jesús de Nazaret, el Señor, es obra del Espíritu Santo en nosotros. En la fe entramos en una relación vital con el Señor. Por el Espíritu, Jesús se convierte en un interlocutor vivo. Alguien a quien puedo conocer con la inmediatez de la experiencia. Cierto que Jesús me llega a través del testimonio de la comunidad apostólica, pero el Espíritu que testimonia en esta comunidad me hace entrar en contacto con el viviente.
En el EE buscamos ser discípulos y apóstoles conducidos por el Espíritu que animó la vida de Jesús, de los profetas y de los apóstoles. Discípulo es aquel que marcha según el Espíritu, que posee el Espíritu del Maestro. Para conocer a Jesús según el Espíritu hemos de trabajar las actitudes propias de un conocimiento espiritual:
  • A lo largo del EE permanezco pobre y humilde, en el silencio, en la escucha y en la petición... hasta que el misterio se me va iluminando y penetra todas mis entrañas.
  • Hemos de entrar en el interior del Evangelio. Comulgarlo.
  • Se trata de colocarnos a los pies de Jesús con una auténtica actitud de discípulos, con actitud de atención profunda, de acogida, de sencillez, con un corazón de pobres y con sincero deseo de escuchar su palabra y ponerla en práctica.
  • Si lo que nos interesa al hacer EE es descubrir el corazón de Dios, su amor y su voluntad, ésto no se consigue si no es tomándonos el Evangelio como «zarza sagrada», introducirnos en él descalzos, con respeto y sumisión, sabiendo que pisamos tierra sagrada.
  • Mirar el Evangelio con los ojos del corazón, lo mismo que miramos a los seres queridos. Hay un conocimiento de la verdad que solo se adquiere si conocemos con amor.
La humanidad de Jesucristo

El EE nos conduce a la unión y conformidad con el Verbo de Dios. Nos hace entrar en el misterio del Verbo Encarnado y nos ayuda a entender la humanidad. Por eso, con el EE no buscamos tanto el conocimiento de un libro, sino el conocimiento de Alguien con quien entrar en comunión y caminar con Él al encuentro del corazón del hombre.

Hacer el Estudio de Evangelio desde los pobres

En el EE nos unimos al Verbo que viene de Dios para manifestarnos la Verdadera Humanidad y para conducir al Padre a los hijos dispersos. Jesús ha venido a buscar con preferencia a los pobres y a los excluidos y a manifestar el corazón del Padre que quiere hacer justicia a los que el mundo no se la hace. El EE nos capacita para salir con Cristo y como Cristo al encuentro de los pobres. El EE debe permitirnos salir y entrar con la humanidad en la que el Verbo toma carne hacia la casa del Padre.

El Estudio de Evangelio, fuente de misión

Somos llamados a transformar este mundo en Reino de Dios desde las claves de una pedagogía libera-. dora que ayude a conformar el corazón de los hermanos de acuerdo con el proyecto que Dios tiene. En el EE dejamos que el Espíritu forme en nosotros a Jesucristo, y así toda nuestra vida represente al Señor ante aquellos hermanos a los que somos enviadas. Por el EE dejamos que la Palabra Encarnada resuene en el mundo a través de nuestra vida y misión al servicio de los hermanos.

En y con la iglesia

Con el EE se trata de conocer a Alguien a través del testimonio de la comunidad apostólica. El evangelio es el acontecimiento de Jesús, el Cristo. Las Escrituras son, ante todo, el testimonio de un pueblo. Y el Nuevo Testamento es el testimonio de la comunidad apostólica, y, como tal testimonio, debe ser captado.

Evidentemente que ésto no anula la necesidad de la exégesis para mejor comprender objetivamente qué es lo que quiere expresar el testimonio del pueblo apostólico y profético. Pero el testimonio de ese pueblo, animado por el Espíritu Santo, desborda la comprensión del mismo testigo. En las Escrituras podemos y debemos reconocer el testimonio que el Espíritu da de Jesús de Nazaret. Y ésto sólo es posible hacerlo con y en la Iglesia, pues en ella y por ella nos llega el Evangelio de la gracia. Y es que la inteligencia de la fe no se adquiere más que entrando en ese «nosotros».

Dios se nos muestra en los detalles del Evangelio

No se trata de hacer una lectura fundamentalista, ni de quedarnos en los detalles exteriores del evangelio que pueden ser recursos catequéticos sin más. Se trata de entrar dentro de él y descubrir la riqueza que tiene en lo pequeño, en los detalles de la vida del Señor, en la profundidad de la cotidianidad de la revelación de Dios en su Verbo. Es descubrir la calidad de lo sencillo, de los gestos del Maestro.

Se trata de entrar en el Evangelio con una profunda atención a todo lo que en el Evangelio nos revela el corazón amoroso de Dios.

Estudio de Evangelio: para que el Evangelio pase a nuestra vida

No hacemos EE como un acto puramente contemplativo para quedarnos en el mero gozo de la contemplación, sino que nos encontramos con Jesucristo para que Él conforme y transforme nuestra vida. El EE nos invita siempre a la conversión. A la conversión de nuestra mente, de nuestros sentimientos profundos, de nuestras aspiraciones, de nuestro corazón, de nuestro obrar. Hemos de estudiar mucho el Evangelio hasta «grabarlo en el corazón».

No hay EE sin oración. Hay muchas formas de hacer oración, pero solo hay una de hacer EE: en la oración. Sin la oración no hay EE. Sin la oración el EE se convierte en un juego o en un trabajo meramente intelectual. Y lo que nos da el conocimiento de Jesucristo no es nuestro esfuerzo, nuestro trabajo, sino el Espíritu Santo que se nos entrega en la oración, en ese encuentro personal con Dios.

pedagogía y metodología del estudio de evangelio
La pedagogía del EE es la pedagogía del encuentro, de la unidad fe-vida, de la contemplación-acción. Los pasos concretos que proponemos para hacer este estudio son los siguientes.

Pasos pedagógicos

Centrarse en lo que objetivamente nos revela el texto:
Importancia de la Exégesis. No hacer decir al texto lo que el texto no dice. Contemplar ahí el misterio revelado del Señor. Ver cómo esa revelación aparece -o no- en la vida:
  • sociedad
  • iglesia
  • personal
Encuentro personal con Jesucristo en la Palabra. Iluminación para nuestra vida.

Metodologías

Dinámicas:
  1. Estudio de Evangelio a partir de un texto concreto:
  2. Crear clima de oración. Invocación al Espíritu.
  3. Leer el texto.
  4. Descubrir la revelación «objetiva» que manifiesta el texto.
  5. Pararse en lo que más nos llama la atención.
  6. Ir contemplando al Señor en lo que dice y hace.
Ver cómo esa experiencia del texto aparece -o no-en la vida:
  • sociedad (personas, grupos, colectivos...)
  • iglesia (personas, instituciones...)
  • personal... Contemplar ahí al Señor.
¿Cómo todo lo anterior ilumina mi vida?

Estudio de Evangelio continuado: Concretar bien la pregunta que queremos hacer al Evangelio. Pregunta «de sentido» que puede surgir de:

  • un interés misionero
  • un acontecimiento, situación o experiencia.
  • algo que nos preocupa personalmente, etc. Elegir un libro de la Biblia (mirar cual puede responder mejor).
  • Se puede pedir orientación a un especialista en Biblia.
  • Nos podemos ayudar de las introducciones que traen las Biblias a cada libro.
  • Podemos buscar en Concordancias o en Diccionarios bíblicos.
  • Se pueden elegir una serie de textos que previamente hayamos seleccionado y traten la cuestión que buscamos, etc.
Comenzar a hacer el Estudio de Evangelio a partir del libro —o textos- elegido. A continuación hay una sugerencia técnica:
  1. Texto
  2. Pequeño comentario.
  3. Hecho de vida.
  4. Contemplación.
  5. Llamadas.
Desconcierto ante la tumba vacia

Bllas salieron huyendo del sepulcro, pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas, y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo... »(Mc 16,1-8).
El final del evangelio según Marcos es así de abrupto. No acaba, como los otros, con apariciones del Resucitado ni con envío de éste a los Doce ni con palabras de consuelo o de ánimo. Hasta tal punto debió resultar chocante para las primeras comunidades que se le añadió, más tarde, un final más acorde con el de los otros evangelios.
Pero nosotros vamos a detenernos en el final primitivo y a tratar de desentrañar lo que encierra para nosotros por debajo de su aparente extrañeza.
En primer lugar, encontramos a unas mujeres «miróforas», es decir, portadoras de perfumes, que madrugan para ir a embalsamar el cuerpo de Jesús. La alusión al «primer día de la semana» y a la «salida del sol» acompañan su aparición en escena sumergiéndolas en un universo de nuevas significaciones: estamos en el comienzo de la nueva creación y la luz del Resucitado las envuelve en su resplandor.
Son conscientes del tamaño de la piedra y de su imposibilidad de moverla, pero eso no es un obstáculo en su determinación de ir a embalsamar el cuerpo de Jesús.
El joven sentado al lado derecho y vestido con una túnica blanca les dice: «No temáis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado, no está aquí. Ved el lugar donde lo pusieron».
Los títulos que se dan a Jesús: «Nazareno» y «Crucificado» nos remiten necesariamente al primer capítulo de Marcos: «Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios» (Me 1,1) y nos hacen comprender algo del «proyecto teológico» del evangelista: los dos títulos del comienzo se van llenando de un contenido sorprendente según va avanzando su libro y el lector/catecúmeno va aprendiendo con asombro que el modo concreto elegido por el Padre para su Cristo y su Hijo no es el del triunfo, la gloria, el poderío o el resplandor luminoso sino la oscura condición de un nazareno tenido por «uno de tantos» y el destino trágico de una muerte en cruz.
Al llegar al final del evangelio de Marcos ya nadie puede engañarse: para reconocer al Cristo Hijo de Dios hay que bajar y no subir, hay que contar con el fracaso y con el dolor, hay que hacer callar a muchas imágenes falsas de Dios para abrirse a la que se nos revela en aquel galileo crucificado fuera de las murallas de Je-rusalén.
Por eso el final convoca a una cita en Galilea: «Id a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de vosotros a Galilea: allí le veréis, como os dijo». Cada seguidor del Cristo Hijo de Dios tendrá, a su vez, que dar contenido a su condición de discípulo en la Galilea de su vida, tendrá que ir verificando la autenticidad de su seguimiento en el esfuerzo por ir acompasando su camino al de aquél que pasó haciendo el bien y no rehuyendo ningún quebrantamiento ni ninguna dolencia, sino haciéndose próximo a todo ello para sanarlo cargándolo sobre sí.
El temor de las mujeres y su silencio se convierten así en un-«cortejo adecuado» para el itinerario al que se invita al cristiano: ir a Galilea no es fácil y puede inspirar temor porque ahora ya sabemos cuál fue el final del que recorrió sus ciudades y sus caminos. Y lo que importa no es hablar sino seguir con atención el rastro de sus huellas.
Pero el anuncio encierra una promesa que es ya, de por sí, la mejor noticia: el que ya no se deja encerrar por la noche de sepulcro, ha tomado la delantera y espera en Galilea a los que quieran reunirse con él. Allí le verán.
Un romance castellano nos pone en la onda de cómo entender esas palabras:
«Sólo digo mi canción a aquel que conmigo va...»
Sólo encuentra al Resucitado el que se decide a encontrar al Crucificado. Sólo conoce a Jesús el que camina a su lado intentando hacer lo que él hizo. Sólo le re-conoce quien va «teniendo parte con él» en el lavar los pies, servir a los hermanos y partir con ellos el pan.
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