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El dinero del trabajo

Ángel Aparicio Rodríguez, cmf -
    «Mano perezosa empobrece, mano laboriosa enriquece», leemos en el libro de los Proverbios (10,4). El trabajo genera riqueza y es fuente de dicha, según lo celebrado por el Salmo 128: «Del trabajo de tus manos comerás, ¡dichoso tú, que todo te irá bien!» (Sal 128,2). El mar de Galilea es el escenario laboral de Pedro y de Andrés, de Santiago y de Juan. El mar de Galilea a veces se muestra excesivamente tacaño con los pescadores. Puede darse el caso de que, tras una larga noche de afán, el mar no entregue ni un pez: «Hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada», confiesa Pedro a Jesús, después de que éste le ordenara que bogara mar a dentro y echara las redes para pescar (Lc 5,4-5). Pedro conoce bien su trabajo. Sabe muy bien que a mediodía no se captura nada, sobre todo si el trabajo durante la noche ha sido estéril. ¡Qué poco puede enseñarle un hombre que no vive del mar ni junto al mar, sino que es de tierra adentro! No obstante (aquí entra en acción la fe de Pedro), puesto que lo manda Jesús, «el jefe», Pedro obedece, pese a que es él mismo «el jefe» (epistátes) de la embarcación. La pesca resulta excepcional (Lc 5,6-7). Copiosa será también la pesca narrada por Juan al final de su evangelio: Pedro y sus compañeros, obedeciendo las órdenes del Señor que está en la orilla del lago, viran la barca a babor y pescan tantos peces cuantas son las especies que pululan por el lago: ciento cincuenta y tres (cf. Jn 21,1-4).

    ¿Significan estas pinceladas que la tarea de Jesús es enseñar a trabajar? ¿Son los discípulos trabajadores de una empresa transnacional? ¡No! Téngase en cuenta este detalle, el trabajo tiene sus resultados porque Pedro obedece las órdenes del «jefe» o del Señor. Añado un detalle más: a partir del primer encuentro con Jesús, Pedro continuará siendo pescador, pero de hombres: serán salvados de la muerte y llevados a la vida al ser recogidos en el Reino como los seguidores de Jesús.

    En consecuencia, no puede sostenerse, como afirma el marxismo, que el único capital del hombre es el trabajo. La mayor riqueza de los pescadores del lago, una vez que han sido llamados por Jesús, ya no es la pesca ni la red, ni siquiera la familia ni el trabajo bien hecho, sino ponerse al servicio del Señor o del Reino. Cierto es que «la mano perezosa empobrece»; pero aquél o aquélla que se obsesiona con el trabajo, ¿será capaz de ver la mano del Señor en el fruto de su trabajo, en la riqueza generada por el trabajo?

    La humanidad ha aprendido a producir, pero no a compartir: a establecer relaciones humanas de gratuidad. «La mano laboriosa enriquece». ¿Para qué queremos nuestra riqueza? La gran riqueza, después de que el Señor nos llamara a seguirle, ya no es el trabajo, sino la capacidad de ayuda a los demás. La dicha unida al trabajo, mencionada antes, tiene un origen más profundo y remoto:

«¡Dichosos los que temen al Señor 
y recorren todos sus caminos! 
Del fruto de tu trabajo comerás, 
¡dichoso tú, que todo te irá bien!»
(Sal 128,1-2).

Obedecer al «jefe» o seguir las órdenes del Señor, como Pedro, o arrancar a nuestros hermanos de la muerte para conducirlos a la vida, ésa es nuestra misión; ése es nuestro trabajo. Las riquezas que arrancamos del fondo del lago tienen una finalidad sublime: ayudar a nuestros hermanos, porque la gran riqueza ya no es el trabajo (que puede esclavizar al hombre y ser alienante), sino la capacidad de ayuda. Hemos dejado las redes y la barca para seguir al Señor.

He hablado hasta ahora de tres riquezas. La primera es el oro y los costosos perfumes regalados al rey perseguido. La segunda, el pan que, por ser gratuito y venido del cielo, ha de ser partido, repartido y compartido: con el pan se alimenta el nuevo cuerpo de Cristo. La tercera es el trabajo: no ha de ser elevado al rango de absoluto alienante, porque lo esencial no es producir sino repartir, ayudar a los hermanos. En el segundo tríptico, titulado «el dinero cristiano», veremos que [además del oro, del pan y del trabajo] el cristiano tiene otro bienes.

Para pensar


Pablo VI denunciaba en la exhortación ya mencionada, «Evangelica Testificatio»: «Vosotros sabréis comprender igualmente el lamento de tantas vidas, arrastradas hacia el torbellino implacable del trabajo para el rendimiento, de la ganancia para el goce, del consumo que, a su vez, obliga a una fatiga a veces inhumana. Un aspecto esencial de vuestra pobreza –continúa diciendo Pablo VI– será, pues, el de atestiguar el sentido humano del trabajo […]. Ganar vuestra vida –afirmaba aún Pablo VI– y la de vuestros hermanos o hermanas, ayudar a los pobres con vuestro trabajo: he ahí los deberes que os incumbe a vosotros» (ET 20).

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