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El Día del Padre

Ron Rolheiser (Trad. Carmelo Astiz) -
Nota Explicativa

Aunque ha pasado ya el “Día del Padre”, consideramos esta columna de mucha relevancia, por doble motivo: primero, porque se nos presenta a un hombre como modelo de padre  -y de padre cristiano-;  y segundo, porque su hijo  -nuestro columnista, el P. Ronald  (Ron)-  nos desvela aquí su intimidad filial: su veneración por su padre y la valiosa herencia espiritual recibida de él. Con ello el P. Ron, como sin querer, nos da una clave eficaz para captar mejor sus interesantes e inspiradoras columnas. ¡Que gocéis de su lectura!



¡El Día del Padre! ¿Qué celebras tú si perdiste a tu padre hace tanto tiempo?

Mi padre murió hace treinta y ocho años; yo tenía entonces veinte, y apenas estaba comenzando a apreciar lo que pudiera significar para mí una relación adulta con mi padre. Pero falleció a los sesenta y dos años, y nuestra familia sintió su muerte como una profunda  herida que rozaba sangrante de forma brutal durante tres meses, hasta que nuestra madre, más joven aún que mi padre, también murió.  Y, después de eso, nos quedamos todos  totalmente consternados.

Pero el tiempo cura heridas, y ahora, con todos estos años entremedias, todo lo que respecta a mi padre, incluso su muerte, lo siento agradable y cálido,  y siento que él me otorga una especial bendición. Lo mismo ocurre con respecto a mi madre. Donde hubo herida, hay ahora afecto, cordialidad, calor.

Así que generalmente no extraño ni echo de menos a mi padre, al menos no en la forma en que normalmente extrañamos a alguien a quien amamos de verdad. En cierto modo ya no le necesito.  En  los pocos años en que lo tuve (y lo gocé) me transmitió lo que me tenía que transmitir, y ahora sé que, haga yo lo que haga, bueno o malo, él “se entera” y es consciente de ello. Esto produce cierto temor también, y me pregunto si algunas veces no parpadeará nervioso al ver mi vida “desde allá”.

Al recordarle hoy, “Día del Padre”, me doy cuenta, más que nunca, que tuve gran suerte. Él fue verdaderamente un buen padre, y de una forma no tan evidente de inmediato.

Jesús estaba una vez hablando a una muchedumbre cuando una mujer alzó la voz y  felicitó a su madre diciendo: “¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!”  Jesús no negó que tuviera una madre maravillosa, pero añadió que su madre era estupenda no tanto por haberle dado a luz biológicamente, sino especialmente por haberle engendrado a una vida a un  nivel más profundo”.  Lo mismo pudiera decirse de mi padre. Su paternidad fue más que biológica.

El aspecto externo de su vida no era extraordinario, aunque tendía a tener una agenda bastante repleta. Además de ser labrador, estaba intensamente involucrado en la iglesia y en la comunidad civil.  Gran parte de su vida trabajó por su partido político favorito, durante muchos años fue  concejal del municipio, y de vez en cuando tuvo su asiento en las juntas de la escuela y del hospital. Una vez se postuló para cargo público, para Presidente del Concejo del pueblo  (algo parecido a alcalde rural) y perdió. Fue un duro golpe para él. Recuerdo su decepción, aun cuando intentaba poner al mal tiempo buena cara.  No le hirió tanto el hecho de perder  -de todos modos, no le entusiasmaba mucho el trabajo-, sino el hecho de saber que la comunidad local prefería a otro antes que a él. Todos tenemos nuestro punto de orgullo.

Además de eso, entrenó muchos años el equipo local de béisbol. Le gustaba ese trabajo, pero, dada la política local, a veces eso venía a ser más un acto de maniobra política (qué hijos de qué padres lograban jugar y quiénes no) que una agradable distracción del trabajo pesado y  de la rutina diaria. Pero de esa afición de mi padre heredé yo un amor vitalicio por el béisbol, y me habría  encantado  haber tenido alguna vez  la oportunidad de ir con él a algún partido de liga mayor.

Pero lo que le hacía sobresalir como padre era su integridad  personal y su obstinada, inflexible, intransigente vena moral. Para mi padre, no cabían  excusas para el compromiso moral, para recibir compensación justo porque estabas cansado, o confundido, o en una situación extremadamente tentadora. No permitía excepciones, ni para ti ni para sí mismo. Su auténtico esfuerzo de vida, para él, era dar la talla en fe y en conducta moral. No servía de nada el protestar que, después de todo, eras humano y no se podía esperar que fueras perfecto. Su respuesta implacable: “No es nada extraordinario ser humano. ¡Todo el mundo lo es! Yo querría que alguien me mostrase algo divino!”

Nos dejó bien claro, a todos sus hijos, que nuestras vidas no nos pertenecen, que Dios nos da una vocación y que esa vocación consiste en entregar nuestras vidas, aun a costa de gran sacrificio.  Yo nunca he vivido a la perfección esa su orientación, pero su voz dentro de mí me ha empujado siempre en esa dirección.

Él era una voz moral  potente, firme, de la que no te podías escapar fácilmente. Pero nunca coaccionó, ni se volvió antipático o violento, o hipertenso. La presión procedía de sí mismo  -de quién y de lo que él era-;  y de eso heredé yo  -creo-  más de lo que yo quería. En medio de  aquella firmeza moral, él era también un hombre reticente y circunspecto; difícilmente bailaba, y si lo hacía no era precisamente con mucha facilidad o soltura.
Siento ahora su talante (como herencia) en mi propia vida, en mi cuerpo, en mis huesos,  en mis indecisiones, a veces en mi excesiva timidez, y a veces también en mi incapacidad para poder abandonarme a la vida de una forma relajada y saludable.

Pero así era él y así soy yo, para lo bueno y para lo malo. Él era mi padre y yo llevo conmigo cantidad de su ADN, tanto del biológico como del otro.

Y treinta y ocho años después de su muerte, voy andando por la vida lleno de gratitud por ese ADN, tanto por sus puntos fuertes como por sus inhibiciones. 
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