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El comienzo del día

Gonzalo Fernandez Sanz -
Levantarse de la cama, salir del sueño y comenzar el día se puede convertir para el cristiano en ocasión para recrearse en el don de la creación, reencontrarse con sus hermanos y experimentar de nuevo el gozo del Bautismo. No hay que hacer nada extraordinario, simplemente dejar que la Palabra ilumine cada uno de los ritos cotidianos del despertar.

Suena el despertador. Se repiten los ritos cotidianos. Levantarse es como volver a nacer cada dia. Cuando el despertador nos tira de la cama, se reproducen las conmociones y dudas del parto: un deseo de permanecer entre las sábanas y un impulso de saltar hacia lo nuevo. Por eso, el levantarse es un test que mide nuestro gusto por la vida, nuestro grado de riesgo y, en definitiva, el calibre de nuestra personalidad. Existe un «arte de levantarse» que condiciona la manera de vivir la ¡ornada. ¿Quién nos impide hacer de los gestos cotidianos un contacto lúcido con la vida? Pocos minutos bastan para empezar el día «de otra manera».

La transición de la noche al día comienza por el oído. «Ex auditu» nace también la fe. El despertador no es un ángel, pero puede convertirse en memoria de un proyecto: «Tu eres mi hijo, yo te he engendrado hoy». En cuanto suena, salta como una liebre la condición de hijo. Y si la sábana prolonga el regazo, Jeremías nos presta sus palabras madrugadoras: «Antes de haberte formado en el seno materno te conocía y antes de que nacieses te tenía consagrado» (1,5). Y para que la identidad filial se acompase con la fraterna, la radio nos da los primeros partes de los hombres hermanos. Así, el Uno y los otros empiezan a andar ¡untos apenas nace el dia.

No hay más remedio que tirarse de la cama y desentumecer la lengua: «Oh Dios, tu eres mi Dios, por ti madrugo». Y se alarga el saludo en forma de anhelo: «Mi alma está sedienta de ti, mi carne tiene ansia de tí, como tierra agostada y sin agua» (Sal 63,2). Para despertares tardos, basta una versión abreviada: «Buenos días, Señor, a tí el primero». Si hay seres humanos próximos también a ellos hay que saludarlos. Pronunciar el nombre de las personas es recrearlas. Al decir un nombre somos Dios en miniatura.

¿Quién nos asegura que el mundo no se ha hundido durante el letargo si no traspasamos los cristales? No deberían transcurrir tres minutos antes de echar una mirada generosa a través de la ventana. Dilatar los pulmones y los ojos para que la realidad penetre nuestro cuadrilátero. Respirar y ver son dos verbos de fácil conjugación mañanera. Es que el comienzo del día es nuestro Génesis. Por eso se juntan el aliento (Gn 1,2) y la luz (Gn 1,3), que son los dos símbolos de la vida que nace.

Cuando vemos el sol que despunta, los tejados de las casas lejanas, las primeras personas que caminan, entonces nos sentimos visitados por la Palabra: «Y vio Dios que estaba bien». Lo mismo dijo después de hacer el cielo y la tierra, las plantas y los animales. Mirar por la ventana es comenzar el día extendiendo un certificado de la bondad de las cosas. Sí falta el rito, si se suprime el génesis doméstico simplemente porque es invierno, es como si se quita el cimiento de una casa. Sin génesis no hay nada.

La ducha es más que un segundo despertador: es un requisito. Es que «el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3,5). Y, mientras nos llueve el agua templada, no cuesta nada acordarse de San Pablo: «Cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte... para vivir una vida nueva» (Rm 6,3-4). Ducharse es como bautizarse cada día. Es reconocer una vocación de gracia y decir un sí tan grande como la hora lo permita.

Después de la ducha, falta un pequeño detalle: hay que gustar algo, que el camino es largo. ¿Qué pasaría si en la mesilla de noche hubiera un papelito con una minidosis de Palabra para cada día? Así, como quien no quiere, notaríamos que llevamos la Palabra dentro, como escrita en las entretelas, y que podemos ir saboreándola durante más de doce horas.
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