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El combustible del hambre.

Rebelión -

 La Unión Europea pretende que hasta 2010 los países miembros añadan el 5,75% de biodiesel en sus combustibles tradicionales, y para 2020 el 20%. Los Estados Unidos también decidieron sustituir el 10% de su gasolina con etanol para 2010. Bajo estas “ecológicas” decisiones, insistencias, hay un nuevo y rentable mercado, en el que las grandes energéticas, biotecnológicas y químicas ya tomaron posiciones de monopolio futuro, y un miedo terrible a una crisis del petróleo que ya se huele, pues las reservas podrían agotarse en 50 años.

(JPG)  Por otro lado, los Estados Unidos tratan también de apartarse de su dependencia del petróleo de países del “eje del mal”, como Venezuela y esos del Oriente que ellos mismos desestabilizan diariamente, tratando de proponer a gobiernos neoliberales como el brasileño una especie de OPEP de los biocombustibles, como afirma Eric Holtz-Giménez en Le Monde Diplomatique de junio. Geopolítica pura.

 Los biocombustibles –menos engañoso es agrocombustibles– proceden de plantaciones de cereales, caña de azúcar y palma aceitera, entre otras, por lo que las necesidades de superficie agraria para cumplir esos objetivos son impresionantes. Muchos científicos dicen que la Unión Europea debería movilizar el 70% de sus tierras de cultivo y los Estados Unidos el 121%. Más del que legalmente –sin invasiones militares– tiene. Como prescindir de tierras para producir alimentos de personas y animales es imposible, la solución será la de siempre, el Sur. Pensarán que allá abajo la gente está acostumbrada al hambre, a la explotación en las plantaciones, a engrosar las listas de refugiados por las invasiones de transnacionales paramilitarizadas y a los desastres ambientales.

 Nuevo engaño pues para los de aquí arriba. A lo mejor es cierto que los agrocombustibles a producir en Europa podrían valorizar tierras inmovilizadas por la política agraria común, y también convertir a labradores que producen excedente de alimentos –paradojas de lo global– en agricultores energéticos. Pero sabiendo de la codicia de este capitalismo que nos aturde, la cosa no va a parar ahí, y el riesgo para la soberanía alimentaria de los habitantes del planeta, que no somos sólo nosotros, para el acceso a los alimentos –demostrado esto ya con las subidas del precio del maíz en México– o para los bosques tropicales horroriza. Agrocombustibles sí, pero en las manos de los labradores y de la sostenibilidad de las explotaciones, no de las empresas. Para lo del CO2, por ahora sólo nos quedan ahorro y eficiencia.

  • Manoel Santos. Director de www.altermundo.org y del suplemento en prensa Altermundo, de Galicia Hoxe.
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