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El calvario de las infidelidades.

Salvador León Belén, cmf -
¡Qué difícil resulta encontrar parejas y matrimonios que vivan en fidelidad! ¡Con qué facilidad se rompen los compromisos adquiridos en la familia, en el trabajo, entre los amigos! El virus de la infidelidad está generalizado. El antivirus adquiere un alto costo. Este común calvario está metido en muchos hogares. Se convive en él y con él de forma natural pero también sufriente y dolorosa.

Las mujeres, como en tantas otras ocasiones, tienen que soportar actitudes machistas, mentalidades dominantes. Quedan mal paradas, soportan toda clase de males, llevan el peso de la familia, el abandono del esposo o de los esposos, la custodia de los hijos, los trabajos más duros, los gastos de la casa. Pero también tengo que dejar constancia de que algunas de ellas no pueden arrojar piedras contra nadie porque han abandonado sus hogares, han buscado vidas placenteras, han sido infieles, han ido sólo a lo suyo, han creado  separaciones y distancias. Todos somos de barro.

Como sacerdote he tenido que escuchar repetidamente este calvario. La confesión es un momento de verdad y allí todos nos arrepentimos de nuestras malas acciones, lloramos nuestros pecados, buscamos la limpieza de nuestras palabras, de nuestros gestos. A muchas personas se les ha endurecido tanto el corazón que casi han perdido la sensibilidad para obrar el bien y no tienen fuerzas para emprender un camino de vuelta a la verdadera libertad, al amor primero. Con el paso del tiempo, algunas personas son desconocidas para ellas mismas; se han hecho cada vez más de piedra y han olvidado su corazón de carne. Los ropajes que se han ido poniendo les han ido impidiendo ser como verdaderamente fueron en un principio.

 Aunque sea exagerada la afirmación, casi me atrevo a decir que se cambia de pareja como se cambia uno de camisa. Cuando entramos en esta espiral, las relaciones humanas acaban siendo deshumanizadoras. Los más perjudicados son los niños que crecen con todo tipo de carencias afectivas, de ausencias maternas en unas ocasiones, y paternas la mayoría de las veces. Lamentablemente las infidelidades han visitado también la casa de unos buenos amigos con quienes desde el año 1991 he mantenido una sana y prolongada amistad. La pareja después de casi 25 años de vida matrimonial ha perdido el rumbo; se han aguantado más que querido.

La fidelidad no es cuestión de duración en el tiempo, sino de seguir dándose vida el uno al otro. Ellos dejaron de hacerlo. Entraron en el cansancio, los reproches, el ajuste de cuentas, la incomunicación, el afán de conseguir dinero para pagar tantos gastos, la ambición, la búsqueda sin límites de nuevas experiencias, los vacíos afectivos, las compensaciones pasajeras…Al final el callejón sin salida, la ruptura y la separación. Todo se ha venido abajo; lo construido, ha quedado arruinado; lo unido, ahora está desunido; todo lo ganado, se ha perdido. ¡Qué pena he sentido! ¡Qué experiencia tan desagradable tener que ver dos vidas desencajadas! Él está muy triste, hundido, lleno de soledad, arrojado como un perro de su propia casa, emigrado a Copán para iniciar otra andadura, otro trabajo, acogido por una buena familia. Los sentimientos de los hijos confundidos, sin saber a qué y a quién atenerse. Ella: emprendedora, decidida, impulsiva, alegre, comprometida con su comunidad católica, dice que ahora está más liberada, que no le echa de menos, que ya se había acostumbrado a no quererle. El ser humano justo, fiel y bueno ha salido perdiendo. La infidelidad ha salido ganando. ¡Ya nada es igual!
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