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El calvario de las aguas: A merced de las inundaciones.

Salvador León Belén, cmf -
También existen los calvarios producidos por los desastres naturales. El último ha sucedido en el mes de noviembre de este año 2005. Ciclones, tormentas tropicales, huracanes devastadores, vientos impetuosos y desbordamientos de los ríos dejan un paisaje desolador, destructivo, roto. El poder de las aguas también deja numerosas inundaciones  y casas hundidas. De nuevo las personas se quedan sin defensa, a la intemperie, sólo con lo puesto y con la tristeza de tener que emigrar a otra zona, volver a levantar su vivienda en un sitio más seguro o mendigar en busca de trabajo, salud y más estabilidad.

La noche del 10 de Agosto San Pedro Sula volvió a ser testigo de un gran vendaval y violentas lluvias que en pocas horas causó gran temor. El aguacero puso una vez más en evidencia la deficiente infraestructura de una ciudad que tampoco sabe solucionar este caos. Fuertes tormentas y un prolongado apagón de luces en varias zonas de la ciudad pusieron en evidencia las muchas deficiencias aún no resueltas. Se vivieron momentos de incertidumbre.

Los desastres que provocan las lluvias saltan a la vista: árboles caídos, aguas que llevan la fuerza de la corriente de un río embravecido, sistemas de alcantarillados quebrados, zonas de la ciudad muy vulneradas. Se vivieron aquel día muchos apuros; algunas familias tuvieron que desalojar sus casas inundadas. Así de caótico resulta en la ciudad. Si así de caótico resulta en la ciudad, nos podemos imaginar lo puede producir  una lluvia tropical en las zonas más pobres, en las aldeas, en los núcleos rurales, en las casas situadas en las montañas, entre los más empobrecidos y desprotegidos. Son muchos los que tienen que soportar este calvario.

Norma Herrera, tiene 45 años y ya respira humedad y cansancio. Su cuerpo ha llevado la cruz de inundaciones, fiebres y tristezas acumuladas. Me cuenta en una entrevista mantenida con ella que nunca se imaginó que la herencia que le dejó su madre se convertiría en la peor pesadilla. Ella ya ha perdido el número de veces que ha buscado entre el lodo algunas de sus pertenencias. La huella del dolor está marcada en su humilde rostro. Con el paso de los años el sufrimiento ha ido aumentando sobre sus espaldas y sus huesos. No es una mujer vencida por el dolor porque siempre ha hecho frente a la adversidad, sabe lo que es ir de comienzo de comienzo, de volver a empezar de cero, una y otra vez. Sabe de resistencias y esperanzas, de hacer frente a la desgracia y no quedarse en mil lamentaciones inútiles. Es de las mujeres que han aprendido, a base de golpes, a ser fuerte y a levantar lo que se ha caído. Su mirada, hoy decaída, y sus manos agrietadas, dan fe de una madre con capacidad de lucha y sacrificio, de enfrentarse al tiempo en todos los tiempos, de gran valor para sacar a toda su numerosa familia adelante. Me confiesa: “es una desgracia ser pobre. No tengo donde llevar a mis hijos. Quiero a mi colonia. No quiero abandonar lo poco que me queda. Cuando teníamos agua hasta la cintura vinieron los políticos y nos dijeron que enviarían a una brigada médica, pero hasta la fecha seguimos esperándola” Esas son las promesas que tantas veces hacen las autoridades, que la mayoría de las veces quedan incumplidas y, que dejan a tantas familias en la frustración y la desesperación.

Cuando a partir de octubre y noviembre  llegan las fuertes lluvias, los desbordamientos, las inundaciones, la evacuación de familias, las incomunicaciones…todo se vuelve negro; el calvario se hace más destructor, la población vive alarmada, se producen deslizamientos de tierra, en la ciudad se quedan anegados, la pavimentación destruida, los vehículos a merced de las aguas, se caen muros de algunos barrios; las casas de madera, que se encuentran en las orillas de los cauces de los ríos, son las primeras en recibir el efecto destructor de este devastador enemigo. Comienza el recuento de pérdidas: camas, cocinas, muebles, y lo que es peor, hay que contabilizar en más de una ocasión las pérdidas de algunas vidas humanas y otras que han desaparecido.

La lluvia agarra casi por sorpresa y arrasa por donde pasa. Como siempre, los más pobres pierden más, se quedan al descubierto. Los sacrificios de unos años quedan arruinados en pocas horas. El drama llega también a todos los campesinos que pierden cientos de cultivos: maíz, plátanos, yuca, arroz… Los campos son también testigos de  la magnitud de este destructor calvario; y los hombres y mujeres que viven el drama que han sufrido sus campos también esperan desesperadamente las ayudas de emergencia que tanto tardan en llegar. Las autoridades correspondientes son capaces de evaluar los daños pero pocas veces son capaces de poner remedios a tantos males.
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