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El calvario de la violencia: Ríos de sangre y de desgracias.

Salvador León Belén, cmf -
No hay día que no aparezcan en los periódicos las páginas que cubren las noticias de asesinatos, atropellos, secuestros, robos…La violencia es cotidiana, compañera de camino de los sampedranos y de todo el pueblo hondureño. Todo es violentado, desde las normas de convivencia hasta la vida de las personas. La vida aparece amenazada desde el principio hasta el fin. No hay seguridad pública. Los jóvenes están siendo ejecutados, masacrados, no se investigan las muertes, nunca aparecen los responsables, incluso dentro del mismo presidio se llevan a cabo ejecuciones. Muchos se toman la justicia por cuenta propia.

Dejo constancia de estas noticias recogidas de distintos diarios a lo largo de estos meses. Todas ellas y muchas más, ponen los pelos de punta: “Reo balacea en la cabeza a compañero de celda” “Matan a señora que mantenía su familia lavando y planchando ajeno” “Asesinan vendedor de frutas para robarle” “Detienen a policía por el robo de 1.200 lempiras” “A prisión policía acusado de integrar banda de roba carros” “Pandillero mata a estudiante porque no le dio el móvil” “Un taxista muere a mano de asaltantes” “Capitán del ejército participa en asalto a un cliente del banco” “Encuentran a ex guarda de seguridad muerto” “Policías y pandilleros resultan heridos al enfrentarse a tiros” “Asaltan y matan a taxista en la Lima. El taxista Florencio Hernández de 25 años fue ultimado ayer por la tarde en la colonia Independencia, por tres sujetos que le robaron la tarifa del día y un teléfono celular. El crimen ocurrió a las 6.30 de la tarde, en la calle principal de la referida colonia. Junto al cuerpo la policía encontró varios casquillos de bala. Testigos dijeron que los atacantes eran pandilleros”

Y cuando de la palabra escrita en los periódicos se pasa a la palabra viva y escalofriante de quien te cuenta en primera persona los acontecimientos, que trágicamente ha tenido que soportar, todo adquiere otro tono y otra forma de situarse ante la espiral de la violencia. Las palabras inolvidables con las que una madre se acercó un 16 de Junio a las 18 horas a la sacristía de la catedral para platicar fueron estas: “Padrecito, necesito platicar con usted. Ayer mataron a mi hijo por un celular. Necesito ayuda. No hallo consuelo”. Una vez más me quedé sin palabras. Atónito. Viendo las lágrimas de aquella madre me imaginé las de María viendo a su hijo en la cruz. Se reproducen en la historia el dolor injusto, la muerte absurda, los ríos de sangre que desembocan en desesperación, amargura y desconsuelo. Cuando es arrebatada la vida de un ser querido, ¿qué se puede decir? ¿Cómo se tiene que orar? ¿ A quién hay que reclamar? Hundida y sin fuerzas continuaba su trágica confesión: “su bebé sólo tiene cinco meses y ya se ha quedado sin padre”(…) “Mi hijo era querido por todos los vecinos y por sus compañeros de trabajo. Por llevar el celular a la vista le han quitado la vida”.

Celebrando la eucaristía no pude por menos de fijarme repetidamente en ella. Toda ella era un mar de lágrimas, su rostro parecía estar en otro mundo. En el abrazo de paz sintió todavía más pena, más estremecimiento. Durante nueve días ha estado viniendo a misa por la tarde, hemos vuelto a comunicarnos con algo más de tranquilidad, pero siempre abatida, con mucho dolor, tristeza y desolación. Alguna de esas tardes hemos orado juntos, le hemos pedido a Dios el auxilio necesario para no caer en depresión, para ser aliviados en la angustia. Dios no acepta la violencia, rechaza el mal, la opresión, la muerte, pero no puede hacer nada. Los hombres le hemos atado de pies y manos. A esta madre casi sin vida y a tantas otras personas que están en sombras de muerte se las presento al Señor de la Vida, en la ofrenda de su vida por nosotros, para que tenga piedad y consuele a estas madres como sólo él sabe hacerlo.

Necesito orar. Esta noche todo se hace más oscuro, Señor. ¿Cuándo vendrá tu Reino? ¿Cuándo serán vencidas las desgracias? ¿Cuándo se hará justicia? ¿Cuándo dejaremos los hombres de quitarnos la vida y cuándo aprenderemos a darnos vida? Enséñame a saber estar a pie de cruz, de tantas cruces que pueblan las vidas de tantas personas. Dame el valor y el coraje suficiente para no caer en le desánimo ante tantos males. Déjame que te diga las palabras de tu Madre: mira Jesús “no tienen vino”, no tienen salud, paz, tranquilidad, trabajo, y lo que es peor, mira a esta pobre madre que ya no tiene a su hijo del alma y dale fuerzas. Tú sabes que le han arrebato el amor de su corazón y le han dejado una herida que siempre permanecerá abierta. Acompaña su muerte. Consuela con tu palabra. Hazte presente como Resurrección y Vida en medio de la no vida. Líbranos de tantos miedos. Nos urge la paz. Necesitamos tu salvación. ¡Ven, Señor! ¡Ven, Señor!

Así de salvaje y de destructor se vuelve el ser humano cuando pierde toda conciencia y se vuelve loco por las cosas, por lo puramente material. ¿Cómo actuar en estas ocasiones? ¿Cuántas vidas quedan aún por destruir por tantas cosas inútiles: ajuste de cuentas, celos, enemistades, objetos materiales, equivocaciones, un poco de dinero…? ¿Cómo pueden tener algunos el “puro placer” de matar? ¿Qué ha pasado por esas mentes y por esas vidas? La deshumanización se ha hecho evidente. Lo confirma la ola grande de asesinatos, secuestros y malos tratos. La gran mayoría de los asesinatos se hacen con armas de fuego y casi todos ellos son impunes. Se habla también de la ejecución de adolescentes de la calle hechas por elementos de la policía nacional. Existen grupos no identificados que se dedican a eliminar jóvenes por el simple hecho de estar tatuados.

Existe una cultura de la muerte que los medios de comunicación propagan dando a todas las noticias irracionales un enfoque morboso y llamativo. La mentalidad se hace agresiva, desesperanzadora. Se pierden los valores y se extiende la epidemia del crimen, sin amparo de ninguna justicia. Se ofrecen tarifas bien cuantificadas según el daño que se vaya a realizar. El enfermizo placer de matar está acabando con esta sociedad y está vistiendo de luto a muchas familias. El miedo se está apoderando de las personas. Se ha llegado al extremo más brutal: guerras de pandillas. No se sabe quién será la víctima pero existe la seguridad de que hoy mismo alguien morirá violentamente.

Dentro de este calvario también hay que contar con el negocio ilegal de armas en el que hay mucha gente involucrada y cada cual acampa por sus fueros con total libertad. Este mal embrutece la conciencia, incluso la anula. Lo peor de todo es que la gente cae en una actitud de derrota, fracaso, fatalidad y ven que todo esto no tiene solución y nadie podrá detener esta espiral. Las noticias siguen mostrándonos esta mostrenca realidad: “dos bolos matan a joven vendedor de frutas” “Matan en la Colonia La Planeta al jefe de la Mara 18” “El director del Centro hospitalario, doctor Danilo Cruz, informó que durante el viernes, sábado y domingo se recibieron un total de 242 pacientes. De todas las personas que se atendieron durante el fin de semana, sólo una fue intervenida por enfermedad natural, el resto fue producto de la violencia”. Este rosario se hace imparable. Cuando la violencia ha entrado en tantas casas y destruido a tantas personas no es extraño que se alimente un sentimiento de venganza, odio y destrucción. El deseo de revancha está a flor de piel. La gente está cansada de política y de políticos, de firmas y de discursos, de enfrentamientos y de incumplimientos; quieren soluciones y respuestas que nunca llegan. A los pobres siempre les toca seguir esperando.

La paz nunca nacerá espontáneamente, tampoco va a aparecer por el simple paso del tiempo. Han seguido creciendo los ríos de sangre y de desgracias. El juego fatal del egoísmo ha ganado hasta hoy la partida a la convivencia pacífica. Han sido muchas las vidas que ya han sido desgarradas y destruidas por la violencia. En este calvario como en tantos otros, la Iglesia católica es la que más se “moja”, da la cara, es más creíble, no se “lava las manos”, goza de más reconocimiento social y autoridad moral, se pregunta repetidamente: “¿Cuántas nuevas tragedias tendremos que lamentar para que se actúe eficazmente?”. La denuncia se hace explícita, valiente y arriesga. La prueba de ello la tenemos en el comunicado que el 14 de Julio de 2005, Monseñor Ángel Garachana hizo ante los medios, volviendo a denunciar la falta de responsabilidad ante la masacre ocurrida en el penal de S. Pedro donde murieron 107 jóvenes calcinados. El comunicado “PORQUE AMAMOS Y SUFRIMOS; ESPERAMOS JUSTICIA” no gustó en las altas instancias del gobierno y muy pronto presentaron sus quejas y tomaron parte en el asunto. Extraigo algunas palabras pronunciadas por el obispo en la rueda de prensa que dio a las 10 horas, en la sala de reuniones del obispado.

“La violencia, la muerte, aniquilar vidas,…se ha convertido en algo cotidiano, común, inserto en el diario vivir. La realidad de las cárceles está también infectada de violencia, muerte y tragedia. Los muertos en nuestras cárceles son, en su mayoría, población joven, pertenecientes a pandillas o maras y también en su mayor parte con su proceso judicial sin resolver(…) ¿Conoceremos algún día la verdad de lo que ocurre tras los muros? ¿Qué hay detrás de toda la realidad penitenciaria, sino el pecado estructural?
(…) Las soluciones que el estado nos presenta son represivas y sectarias. ¿Qué hemos ganado con tanta muerte y represión? La vida es un DON, el regalo que recibimos de Dios y un valor supremo. Una sociedad que pierde el respeto a la vida ha perdido lo esencial de su ser, ha destruido su humanidad. La vida es el principal valor que debe respetar y cuidar una sociedad; y el Estado es el garante de ella.

La persona es ante todo IMAGEN de Dios y bajo ninguna justificación debe ser humillada, ultrajada o aniquilada, ya sea por acción, o por omisión mediante la negligencia, la indiferencia, o el dejar pasar. La muerte de nuestros hermanos también nos acusa a todos desde nuestra realidad de conformismo, no solo debemos de cuestionar al gobierno, sino nuestra responsabilidad social y nuestro compromiso de fe. La dignidad de la persona, de todas las personas, independientemente de las acciones que cometan, es el pilar fundamental de la convivencia y del respeto humano.

Con motivo de la muerte en el Centro Penal Sampedrano de 107 internos pertenecientes a la MS (Mayo 2004) nos pronunciábamos en nuestra carta “Con dolor clamamos por la verdad y por la paz” y manifestábamos: “No nos compete la investigación directa de las causas del incendio y de la muerte de los presos. Pero sí tenemos el derecho y el deber de pedir, más aún de exigir una investigación profesional objetiva y transparente. Nos preocupa también el silencio total de las autoridades sobre otras muertes ocurridas en los centros penales del país. Estos acontecimientos han dejado en entredicho la seriedad del estado a la hora de impartir la justicia que debe ser igual para todos. En caso contrario, quedamos expuestos a la dictadura, a la impunidad de los culpables”.

Ha pasado más de un año, el sistema judicial hondureño no encuentra responsabilidad alguna en la muerte de estos privados de libertad y la realidad penitenciaria no ha cambiado, a pesar de las promesas que estas muertes provocaron en nuestros gobernantes. (…) Se agotaron los recursos internos, no hay responsabilidad de nadie. ¿Debemos fiarnos solamente de las investigaciones en el país, cuando el mismo Presidente de la República pide ayuda al FBI para investigar la corrupción?

Con ellos, con los familiares de las víctimas del Centro Penal sampedrano, estamos solicitando a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que presente ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos la demanda al estado de Honduras por la muerte de los privados de libertad que, lejos de rehabilitar, ni siquiera ha logrado mantener con el Don de la Vida.

No buscamos el enfrentamiento con el Estado, con ninguno de sus poderes, tampoco con ningún gobernante. Pero es preciso que el dolor y la muerte se conviertan en fuente de cambio profundo. Tantos muertos y tanto dolor no pueden ser en vano. Es preciso detenerse a pensar con el corazón y tomar decisiones radicales que reviertan en cambios profundos de nuestra realidad. El Estado tiene la obligación de garantizar la VIDA, además de la rehabilitación de los Privados de Libertad y por ello es urgente y necesario que se efectúen cambios en el sistema penitenciario.

La dimensión misionera de la Iglesia “servidora de los pobres” encuentra en la caridad, en el amor que lleva hasta la justicia, la fuerza para afrontar los desafíos históricos instalados en las injusticias. No podemos permitir que la muerte, la impunidad, se adueñen de la realidad de nuestro país, no podemos quedar impasibles. Porque amamos y sufrimos, esperamos y nos ponemos manos a la obra en la construcción de una sociedad más justa, solidaria y pacífica. Con la colaboración honesta y responsable de todos, una Honduras distinta es posible”.

La Prensa se hace eco del comunicado y un día después aparece en uno de sus titulares : “La Iglesia puede denunciar al Estado. Para la Fiscalía de los Derechos Humanos, la Iglesia católica está en su derecho de interponer una denuncia en contra del estado ante la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos, con sede en Washington. (…) Tres instituciones de la Iglesia católica, Cáritas de San Pedro Sula, pastoral Penitenciaria y el Equipo de Organización, Investigación y Comunicación de la Compañía de Jesús en Honduras, interpusieron la acción ante la Cidh (…) El proceso judicial se encuentra estancado, ya que el Poder Judicial no resuelve aún un recurso de amparo que interpuso la Fiscalía en contra del sobreseimiento”

También Rómulo Emiliani, Obispo auxiliar de la Diócesis habla en voz alta: “ queremos hacer constar que nos duele como Iglesia contemplar el baño irracional de sangre, que con una violencia demoníaca, se ensaña sobre todo en los jóvenes que ponen la mayor parte de los muertos. Policías, pandilleros, estudiantes, obreros y campesinos mueren todos los días asesinados en el país”.
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