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El agua

Ángel Moreno -

    La noche de Pascua está estrechamente vinculada al simbolismo del agua. Las lecturas de la Creación y del relato de la salida de Egipto, la bendición del agua, la renovación de las promesas bautismales, la aspersión con el agua bendecida son referencias pascuales.

    El agua es vida, regeneración, limpieza, mediación querida por Jesús para incorporarnos a la familia de los hijos de Dios.

    El agua bautismal borra los pecados, lava las manchas, reaviva la fe. En la renovación de las promesas, por las que se manifiesta la adhesión total a Jesucristo y a la Iglesia, se pronuncian las verdades que sostienen la esperanza, llenan de alegría, afianzan la conciencia de la gracia recibida por el don de la fe.

    Agua pascual, agua de vida, agua regeneradora de esperanza, memoria superada de la travesía por el desierto austero, sediento, providente, en el que de la roca brotó agua, como profecía de la entrega total de Cristo, de cuyo costado manó el torrente de agua viva. Y de este torrente nace la esposa, la Iglesia, los dones sacramentales, la entrega total de sí mismo en favor de toda la humanidad. El nuevo Adán aparece como fuente de vida.

    El agua es purificación, gracia necesaria para permanecer en la casa del Señor, para lo que se nos pide el corazón puro y las manos limpias. No podríamos habitar en la casa del Señor sin el auxilio de la misericordia, del agua derramada sobre nuestros corazones que no purifica de todas nuestras inmundicias e idolatrías.

    ¡Que bien suena la promesa del profeta: “Os daré un corazón puro, os infundiré un espíritu nuevo que vuelva vuestro corazón de piedra en corazón de carne, para que guardéis y cumpláis mis preceptos”!

    Por el agua bautismal somos hijos de Dios, redimidos por Cristo, por su sangre y agua derramada, ungidos por el Espíritu Santo, que se cernía por encima de las aguas. Somos miembros de la Iglesia, nacidos en su seno, en la fuente bautismal. Somos perdonados por la gracia de la misericordia, que renueva la gracia bautismal.

    Por el agua recibida, podemos profesar: “Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, hijo único de Dios, nacido de la Virgen María, que padeció, murió, resucitó, ascendió a los cielos y está junto a Dios. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de Vida. Creo en la Iglesia, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados y en la vida eterna”.

    Cada día, como la cierva que busca las fuentes de agua, mi alma te busca, Señor, Dios mío. Tengo sed del Dios vivo. ¿Cuándo llegaré a ver su rostro? “Oh Dios, Tú eres mi Dios, por ti madrugo”.

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