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Economía global y moral católica

José Vico Peinado, cmf -
    Con el siguiente título original: Denaro e Paradiso. L’economia globale e il mondo cattolico, se publicó, en 2004, este libro, en Edizioni Piemme de Casale Monferrato, en Italia, con un prefacio del Cardenal G. B. Re. En el 2008, ediciones Cristiandad, publicó la obra, traducida -sin mucha precisión en el uso de los signos de puntuación castellanos- por Lázaro Sanz, con un Prologo a la edición castellana de Alfredo Sáenz, Consejero delegado y Vicepresidente segundo de BSCH. Después de otro prólogo de los autores y una breve introducción, se llega al cuerpo de la obra, que está compuesto por cinco capítulos: “La economía”, “El capitalismo”, “La globalización”, “Economía y ética” y “Conclusión”. Los autores –un intelectual (más bien periodista) y un banquero- se reconocen deudores de otros significativos “expertos” -entre los que se cita (p.20) a R. Sirico, M. Novak, D. Antiseri, F. Felice, F. Hayek, J. L. Illanes y G. B. Guzzetti- y “acreditados guías espirituales”, como san Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, y don Luigi Giussani, fundador y guía de Comunión y Liberación (p. 146).

    El libro, en sí mismo considerado, me parece de escaso rigor, con bastantes afirmaciones chocantes y reiterativas, y pocas fundamentaciones. Se mira el capitalismo con ojos de novia enamorada: sin que tenga defectos concretos reseñables. Un capitalismo que, globalizado o no, es neutro y puede ser asumido desde una visión católica de la vida, sin ningún problema y con muchas ventajas. Ventajas, claro está, para quienes lo gozan y no lo sufren. Si se mira la realidad del capitalismo desde la óptica vital de los capitalistas, ni se atisba que pueda haber  víctimas, que vengan provocadas  por éstos o parecidos planteamientos ideológicos. Gracias a Dios no es la única manera de mirar. Hay quien mira, pisando el barro y acercándose al mundo que lo habita: el de las víctimas, ¡que sí que existen! A ellas no se las puede tratar como si fueran despreciable basura. Hay que tratarlas con respeto, justicia y amor personal y estructural. Por humanidad. Y también porque el seguimiento de Jesús y la misión de la Iglesia implica algo más que el desprendimiento afectivo y el buen comportamiento personal individual. Implica tomar en serio la opción por los pobres, teniendo en cuenta, no sólo el pecado personal, sino también el estructural.

    El libro lo recomiendo nada más que como material para hacer “mesas redondas” en torno al tema, confrontándolo con la exposición, por ejemplo, de J. Mª. Mardones, Capitalismo y religión. La religión política neoconservadora, Sal Terrae, Santander 1991, donde puede encontrarse una amplia crítica del pensamiento de M. Novak. Probablemente pueda servirnos también para comparar la situación de la economía global y la moral católica antes de la crisis y en medio de ella.

    Hasta aquí la recensión propiamente dicha. Pero no me resigno a no ofrecer algunas “perlas”, que nos ofrecen estos autores. Citaré sus propias palabras, a pesar de ser consciente de que para hacerse cargo del contexto hay que leer el libro entero.
Según ellos, la intención del libro es la de hacer comprender al personal que “la economía, el mercado, el capitalismo y la globalización […] son instrumentos neutros en las manos del hombre” (p. 19), que “no impiden una vida plenamente cristiana” (p. 20), entre otras cosas, porque “la búsqueda de la salvación es personal, la adquisición de méritos es individual” (p, 23). Por otra parte, “la riqueza material por sí misma no hace en absoluto mal si el rico es desprendido y la usa también para hacer el bien” (p. 38). Este rico “no es rico porque ha explotado al prójimo o ha obtenido beneficios ilícitos, sino que es rico porque ha trabajado  bien y ha sido también afortunado” (p. 39). Afortunado hasta el punto de poderse convertir en un pobre evangélico, “ya que el pobre evangélico no es aquel que no tiene dinero sino el que lo tiene y se ha desprendido de él, es decir no lo idolatra, no hace de él un fin al que perseguir por sí mismo” (p. 39).  “En las Sagradas Escrituras los ricos nunca son condenados por ser ricos, sino porque usan mal la riqueza. No se recrimina la capacidad de hacer dinero, sino la incapacidad de hacer uso apropiado del mismo. Así, Epulón es condenado porque no cuida de Lázaro, no porque banquetea con caviar y champán” (p. 145). Habrá que preguntar qué significa “cuidar de Lázaro” y si hasta ahí puede y debe llegar el desprendimiento no sólo afectivo sino también el efectivo.

El dinero es un medio, el hombre es un fin, declaran pomposamente los autores. “La economía es para el hombre, sólo si el hombre es el centro de las opciones, el destinatario final de las consecuencias de las decisiones” (p. 51). Pero no nos engañemos, “la motivación del empresario privado es el beneficio” (p. 54), siendo el trabajo el medio para recabarlo. “La existencia humana no puede prescindir del trabajo y el trabajo ayuda a dar sentido a la propia vida. Pocas cosas dan más significado a la vida que el trabajo. Estudiamos para trabajar, somos educados para trabajar, descansamos para trabajar, nos preocupa cómo trabajar, nos desespera no poder trabajar […] El trabajo es prioritario en los pensamientos del hombre, no es sólo un servicio útil a la familia y a la sociedad, es casi una forma de obsesiva afirmación de sí, de adquisición de poder, o de seguridad o dinero. Esta obsesión está, sin embargo, justificada también por la gran cantidad de costes fijos que el hombre de este siglo se ha impuesto (o se ha visto imponer) y de los que no puede prescindir ya: no se puede reducir el coste por estar en el mundo como el mundo requiere” (p. 26). En otros términos: ¡lo que justifica la importancia del trabajo obsesivo es el consumismo! ¡Pobres de los cesantes!

Pero seguro que los parados se sienten reconfortados por la oración del autor-banquero: “Señor, ayúdanos a comprender. Explícanos que está bien que las empresas se hagan más grandes y se unan entre ellas, porque así, a largo plazo, serán más fuertes. Pero todas estas fusiones anuncian ante todo sacrificios de puestos de trabajo, lo entendemos. Los directivos más apreciados, en esta fase de competencia, son aquellos que saben reducir los costes; las empresas más apreciadas, aquellas que están reduciendo costes. Y los costes, al final, son casi todos salarios. Está bien reducir los costes y mejorar al máximo la competitividad, para la supervivencia de la empresa misma” (p. 148). ¡Qué bien! ¡Aquí se ve claro que la empresa es un medio y el asalariado un fin! ¡La imagen de Dios, el Señor, que tiene quien hace la oración es muy católica! ¡Habría que enseñarla en catequesis!

Pero que no cunda el pánico: “El rico que interesa al catolicismo (es decir, el rico evangélico) es el que posee el Reino de los Cielos, no una considerable cuenta en el banco, aunque las dos cosas no están en contraposición […] La riqueza verdadera y estable es la salvación. La riqueza terrena es sólo un medio y no un fin […] Este es el camino que indica el catolicismo para llegar a ser ricos sin perder en humanidad: considerar la riqueza un medio para hacer el bien” (p. 57). A base de hacer el bien, “el capitalismo ha vencido en casi todos los frentes” (p. 83) al comunismo, al socialismo, al secularismo, etc., etc., pero, si se alían el capitalismo y la ética católica -de donde tomó su origen el capitalismo, como defienden nuestros autores, frente a otros que le dan otros orígenes-, entonces “el capitalismo católico sigue siendo el mejor sistema económico posible” (p. 53). Hay que felicitarse de esta victoria, ya que “sin los efectos benéficos del capitalismo, gran parte de los pobres habría desaparecido, pero por hambre [… En cambio,] Europa, por ejemplo, lograba en el pasado dar de comer a duras penas a algunas decenas de millones de personas. Hoy, centenares de millones viven a lo grande. Y con problemas de sobrepeso. La mortalidad infantil, en un tiempo altísima, hoy esta casi reducida a cero […] El trabajo de los menores no sólo ha desaparecido, sino que está totalmente prohibido por las leyes. El capitalista no ha tardado mucho en darse cuenta de que no le convenía pagar a los trabajadores muy poco: un pobre no compra nada” (p. 63-64). Pero sí puede vender. Mejor dicho, puede venderse. Porque “quien no sabe o no puede competir sólo puede ‘venderse’, y es evidente que quien compra impone sus reglas, incluso éticas” (pp. 92-93).

Esta forma de pensar y de vivir, según los autores, es acorde con el planteamiento eclesial, frente a otras que no lo son. “El Estado social o del bienestar limita las capacidades de los hombres libres para decidir por sí solos, responsablemente, para autodeterminarse. Ello se opone a la doctrina social de la Iglesia, para la cual sólo permitiendo a cada individuo elegir y crear el propio sistema económico que responsabilice a los ciudadanos se realiza la verdadera justicia social” (p. 124) “Es Juan Pablo II con la Centesimus annus el que descubre la importancia de la libertad de mercado y su utilidad para la afirmación del hombre; este papa es el que descubre la bondad del capitalismo y del beneficio” (p. 71). “Se puede decir que también el Papa consideraba la globalización como un instrumento neutral en manos de los hombres” (p. 110).

El mejor de los sistemas posibles no es violento. “No es el ‘sistema’ (capitalista, en el que vivimos) el que ‘mata y asesina’: son, más bien, las circunstancias naturales; el llamado sistema tiene, si acaso, la responsabilidad de tratar de evitarlo y prevenirlo” (p. 97). Lo vuelven a repetir: “Economía, capitalismo, globalización, son instrumentos  por sí mismos neutrales: la valoración de su ‘moralidad’ está en función de quién, cómo y para qué fines los emplea. [Y aunque] la ética es personal, no colectiva” (p. 115), “el problema del subdesarrollo es un problema ante todo religioso. Sería necesario, en primer lugar, mandar misioneros, posiblemente escoltados por cascos azules para evitar que cualquier jefecillo local haga tonterías” (p. 105).
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Comentarios

jose vico peinado muchas gracias jose vico peinado muchas gracias
el 5/12/09
me ha muchas gracias amclarado algunas ideas
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