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¿Dónde estaba dios aquellos dias?

Juan Manuel Lozano Nieto. -

¿Wo war Gott in diesen Tagen? Hemos preferido citar las palabras de Benedicto XVI en su alemán, que suponemos original, y no en el italiano oficial de su mensaje leído en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. ¿Dónde estaba Dios aquellos días? La pregunta del papa no era directamente sobre Dios, aunque acabara siéndolo, que bien sabía el papa que Dios estaba como siempre donde sólo podía estar: en su infinita simplicidad. Nada es lugar de Dios, aunque sumáramos todos los universos sucesivos, aunque esos universos sí sean el lugar desde donde la inteligencia y el corazón puedan partir en su itinerario hacia Dios.

Foto - AP

1. La espiritualidad judía.

La pregunta era sobre el sentido que aquellos hechos monstruosos podían tener para la fe en Dios. Habíamos escrito “a la luz de la fe”, pero lo hemos borrado, porque aquí la fe se revela no como luz sino (Juan de la Cruz dixit) como tiniebla, no como respuesta, sino como interrogante.
Benedicto XVI no hacía más que continuar el lamento iniciado por los espirituales judíos sobre la Shoa, el holocausto. Recordamos en particular a Abraham Joshua Heschel (1907-1972), el grande amigo de Thomas Merton. Heschel fue, como dije en una ocasión a un colega mío rabino, Perelmutter, maestro de todos. Los espirituales judíos, como ahora el papa, se hacían eco de los lamentos de los salmistas.
El papa ha recordado de modo particular el salmo 44 que tras el recuerdo de las gestas antiguas acaba en un lamento colectivo. Sigue este salmo una estructura literaria ya consolidada: recuerdo de las proezas guerreras épicas de Yahweh, lamento colectivo por el presente triste (Sl 68, Sl 108) sin que se atisbe en ellos huella alguna de la ideología deuteronómica: pecado, castigo, grito del pueblo, liberación. Se atisba, sí, en el Sl 44 porque éste viene a decir que esta vez el pueblo no había pecado y sin embargo tantas desgracias habían caído sobre él. Se disolvía el vínculo antiguo entre el sufrimiento y el pecado y por lo mismo el concepto de sufrimiento como castigo. Ello se explica porque el salmo 44 fue escrito en un momento en que el pueblo estaba desolado, a raíz de la muerte del rey Josías, reformador de la religión común (2R 23,20 – 24,39 o tal vez durante la persecución de Antioco Epifanes contra los judíos fieles a su religión (alr. 175 aC). Nótese sin embargo que desde el exilio Israel había venido desarrollando el tema del justo que sufre.
Es en este lamento colectivo donde el salmista arroja sobre nosotros, dos veces, casi al comienzo y al final del lamento aquella imagen que en Auschwitz-Birkenau debía resultar escalofriante:
    12 Tittnénu kitseôn ma’akal
    23 gejshabénu ktseôn tibjah.
    12 nos has convertido en ovejas de matadero…
    23 nos tienen por ovejas de matadero…

2. El escándalo.

Independientemente de todo esto, el interrogante viene a recaer sobre Dios mismo. Traduzcámoslo: ¿Cómo puede Dios permitir tales horrores?
Es la pregunta que se hacen muchos cuando se les desploma su mundo por una desgracia familiar. Se lo oímos personalmente a una madre americana, cuya hija fue violada y asesinada por uno que andaba a caza de otros para matarlos (a serial killer) o por una madre, muy cerca de aquí, cuyo hijo, oficial que iba de vacaciones desde Galicia con un compañero, cayó en el canal que costea el Guadalquivir y ambos murieron ahogados. ¿Por qué Dios ha permitido esto, me preguntaba? Ocurrió porque, a causa de una concatenación de causas, (mal psíquico que da lugar a un mal moral, en el primer caso, factores físicos de cansancio extremo en el otro) tenía que acontecer. Claro que esto no consuela a nadie.
Y a aquellas madres acompañadas de una niña rubita con un pequeño mechón, ralo, en la cabeza con las que en Seattle subíamos en el mismo ascensor de la clínica, esperando un transplante de médula, ¿podíamos consolarlas recordándoles que la leucemia era tal vez debido a genes que les habían transmitido los suyos? Estoy seguro que alguna madre se preguntaba a pesar de todo lo mismo: ¿por qué ha permitido Dios esto a mi nena?

3. El sufrimiento de Dios.

Hace ya muchos años que en las clases de espiritualidad en Chicago veníamos reivindicando la imagen. antiaristotélica de un Dios que sufre. ¿Son acaso puro antropomorfismo todos esos lamentos y protestas de Dios por los sufrimientos infligidos a los seres humanos? No lo creemos. Si Dios ama, más aún si Dios es puro amor, Dios sufre.
Naturalmente sufre a modo suyo, único, sin alterar esa su felicidad con que posee todo bien al poseerse a sí mismo. Algo de esto pudo intuir hace ya muchos años un adolescente en una ocasión en que un superior, muy nervioso siempre, le reprochaba con dureza algo falso. Había como en una parte más exterior de su espíritu una viva pena que le provocaba lágrimas en los ojos, sin ruido alguno, pero dentro, mucho más adentro de su espíritu, gozaba de una grande paz y felicidad no alterada por la pena.
Si Dios ama, y es puro amor, sufre a modo suyo sin que se altere su felicidad.

4. La impotencia de Dios.

Estamos muy acostumbrados a atribuir a Dios un poder infinito.
Naturalmente, Dios es infinitamente poderoso. Omnipotente, todo lo puede.
Altíssimo, onnipotente, bon Signore,
Lo cantaba al principio de su Cántico de las Criaturas Francisco de Asís. Exactamente, Dios lo puede todo porque todo bien procede de su amor libérrimo. Lo puede en la raíz, como creador.
Pero precisamente esto hace que Dios, para respetar la autonomía de su creación, se vacíe de su poder. Es la kenosis, el vaciarse a sí mismo que el himno antiguo atribuía a Jesús. Heautòn ekenôsen, se vació, se desnudó.(Flp 2:7).
De la misma manera Dios practica la kenosis, el vaciarse, el desnudarse a sí mismo (de poder) para hacer posible la autonomía de sus criaturas.
Tenemos conciencia de estar usando un lenguaje metafórico, el que la teología se ve obligada a usar cuando toca lo inefable.

5. Dios Creador y la consistencia del mundo.

En realidad Dios no renuncia a nada. Dios es causa a su modo, único, precisamente como creador. Causa prima, lo llama Tomás de Aquino. Dios no aparece pues mezclado en el tejido de las cusas segundas, interviniendo al nivel de las mismas, impidiendo unas, impulsando otras.
Ni impidió las dos grandes guerras mundiales, ni las pandemias. Las causas naturales siguen su curso y los seres humanos ejercen su libertad. No impidió, es claro, ni siquiera las maldades mayores, los genocidios, etc. Se querría que impidiera algunas. ¿Cuáles? ¿Aquellas por los que algunos ruegan, dejando así en manos de una criatura la llave de la historia? ¿Tal vez aquellos por los que no se ruega quedan así abandonados a su suerte? ¡Por Dios! Suena esto a blasfemia contra el amor divino. Nadie queda abandonado porque no se ore por esa persona. A todos y todas envuelve por igual el amor de Dios
La oración, nos dijo Tomás de Aquino, no es para traer la voluntad de Dios a la nuestra, sino para hacernos entrar a nosotros en el querer amoroso de Dios.
¿Y la providencia de Dios? En lo profundo de su ser, Dios ordena todo lo que se hace (Dios Es, nosotros vamos siendo) a su finalidad última que es hacernos participes de la bondad y felicidad de Dios. Mientras tanto, el mundo sigue sus caminos sin convertirse en un Retablo de Maese Dios que mueve escondido sus muñequitos.
A nosotros corresponde inmergirnos en el asombro ante su inmensidad y la riqueza indefinida de su obra.
El asombro ante la existencia es la raíz de la religión.

Sic et non. Sí y no.

Decimos todo esto desde la reflexión teológica. Porque luego la vida parece desmentirnos. Una vez en Roma fuimos llamados a juzgar con otros teólogos una curación de fractura repentina de pelvis sobre la que los médicos, autoridades en su ramo, se habían pronunciado como algo inexplicable “en el estado actual de la ciencia”.
Una monja le metió una estampita bajo la almohada de su fundadora, una monja polaca al parecer fea y algo bigotuda que la enferma creyó hombre. El menor movimiento le causaba dolores insoportables No recuerda si ella misma se encomendó al “santo”. Una madrugada se cayó al cuelo del dormitorio del hospital otra enferma. Sin pensarlo dos veces, la enferma del pelvis roto se levantó y alzó en vilo a la otra anciana. Al realizar lo que había hecho, cayó para atrás desmayada. Por la mañana los rayox X mostraron que no había tal rotura d e pelvis. En el atestado médico se incluían las radiografías de antes, con rotura,, y las de después, nítidas. ¿Milagro? Yo prefería llamarla “”signo” y gracia. Signo del amor de Dios y su presencia en nuestras cuitas. Algo que vivíamos como gracia.
Claro que con ello pasábamos de una reflexión sobre el ser a un modo de vivir el acontecer. Pero esto es legítimo en teología

Juan Manuel Lozano Nieto.
lozheid@yahoo.es

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