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Domingo tercero de Adviento

Ciudad Redonda, Ángel Moreno de Buenafuente -

Si en la primera semana de Adviento se nos ha invitado a despertar, a abrir nuestros sentidos para permanece atentos al anuncio de la venida del Salvador, y si en la segunda semana hemos contemplado la belleza, anunciadora de la Buena Noticia, presagio profético de quien es Luz, Paz, Gracia, Perdón y Amor, esta semana, principalmente este tercer domingo, la Liturgia nos inunda con la llamada al regocijo, al gozo, a la alegría, al júbilo y no sólo como experiencia interior, sino también como expresividad externa y pública: “Grita de júbilo”, “Gritad jubilosos”.

(JPG) La razón es que el Señor ha cancelado la condena y que habita en medio de nosotros. San Pablo nos asegura: “Estad siempre alegres, el Señor está cerca”.

Y sin embargo, en el Evangelio se nos presenta un discurso austero y exigente en labios de Juan el Bautista: “El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene, y el que tenga comida, haga lo mismo”.

El contraste no es contradictorio. La llamada de los profetas Sofonías e Isaías no se contrapone a la del Precursor. Por el contrario, por una razón secreta, que la experimentan los que comparten lo que tienen, cuando se da con generosidad surge en las entrañas la experiencia de la verdadera alegría.

A veces deseamos obtener experiencias gratificantes, nos desearemos felicidad en las próximas fechas, y quizá lo que se instala en nosotros es nostalgia, tristeza, vacío... San Pablo nos advierte: “Que vuestra mesura la conozca todo el mundo”. Prueba a plantearte la Navidad compartiendo con los que menos tienen. Vivimos un momento especial en el que la solidaridad es urgente ante el paro y la necesidad de comer.

Con frecuencia escucho testimonios de quienes se han acercado a los pobres de la tierra y reconocen que en medio de una extrema necesidad, no ha faltado la alegría.

El consumo exagerado, el afán de poseer, la falta de control en la comida y bebida, la complacencia sensual, la evasión..., dejan tantas veces el sabor contrario a lo que se desea y se busca, la felicidad.

La llamada a compartir no es moralismo, sino sabiduría. Quien se atreva a seguir las consignas de Juan el Bautista, también comprobará lo que canta Isaías: “Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación”.

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